Capítulo 28
La señora de sombra
Fue Seraphine, y tenía nueve años, y lo dijo en la merienda como quien comenta el tiempo.
- Hoy he visto a la señora de sombra en el jardín.
La criada que servía se detuvo con la tetera en el aire. Odalys, que tenía seis, siguió comiendo. Damian, desde el otro extremo de la mesa, sintió que se le vaciaba el pecho.
- ¿Qué señora, cariño?
- La que está siempre.
Seraphine se encogió de hombros, más interesada en el bizcocho. La del árbol torcido. A veces está en el jardín. Hoy estaba al lado del banco de piedra mirando la ventana de arriba.
- Seraphine, mírame. ¿La ves ahora?
- No. Solo a veces.
La niña levantó la vista por fin y puso cara de fastidio. No hace nada, padre. Solo mira. Es aburrida.
Isadora, que tenía diez y estaba sentada a su lado, dejó la cuchara.
- ¿Cómo va vestida?
- No va vestida.
Seraphine lo pensó, con el ceño fruncido, buscando la palabra. Es como si la ropa y ella fueran lo mismo. Y cambia. Si la miras fijo, cambia.
El silencio en el comedor se volvió tan espeso que la criada dejó la tetera y salió sin que nadie se lo pidiera.
Aquella noche, Damian subió al cuarto de las niñas. Seraphine dormía boca abajo, despatarrada, con la muñeca vendada de la última caída. Isadora estaba despierta, sentada en su cama, esperándole.
- La ve de verdad - dijo la niña, en voz muy baja. No se lo está inventando. Se lo he preguntado tres veces distintas y contesta lo mismo.
- Lo sé.
- Yo no la veo.
Y por primera vez desde el desayuno de hacía un año, a Isadora Ravenmoor le tembló la voz. Padre, ¿por qué la ve ella y yo no?
Damian se sentó en el borde de la cama. Fuera, más allá del cristal, la línea de árboles retorcidos era una franja negra sobre un cielo apenas menos negro.
- No lo sé.
- Dime la verdad.
- Es la verdad. No lo sé.
Le apartó el pelo de la cara. Y si te sirve de algo, Isadora, creo que es la primera cosa de todo esto que Nyx tampoco esperaba.
Se quedó con ella hasta que se durmió, y después bajó, y se sirvió una copa, y se quedó de pie junto a la ventana del despacho hasta que amaneció, dándole vueltas a una sola idea con la insistencia con la que la lengua vuelve a un diente roto.
El trato hablaba de reclamar.
En ningún momento, en veinte años, en ninguna de aquellas conversaciones entre los árboles, había dicho Nyx una sola palabra sobre mirar.