Capítulo 27
La pregunta de Isadora
Isadora Ravenmoor tenía nueve años la primera vez que lo preguntó, y Damian se acordaría toda su vida de que estaban desayunando.
- Padre. ¿Por qué miras siempre esos árboles?
La cuchara se le quedó a medio camino. En la mesa había cinco niñas más, dos criadas sirviendo y una jarra de leche, y Damian pensó, en el medio segundo que tenía, todas las respuestas de un hombre razonable: que no miraba nada, que era una costumbre, que se lo contaría cuando fuera mayor.
Y después se acordó de una cuna, de una promesa que se había hecho a sí mismo con dos niñas dormidas dentro, y de una mujer a la que había mentido en un jardín diciéndole que un jardín florece solo si alguien le presta atención.
- Terminad de desayunar - dijo a las otras. Isadora, tú ven conmigo.
Fueron al despacho. Él la sentó en la silla grande, donde los pies no le llegaban al suelo, y se sentó enfrente, en la de las visitas.
Y se lo contó.
Tardó una hora. Se lo contó todo: el techo que goteaba, la noche de lluvia, la figura entre los troncos, el trato.
Se lo contó con las palabras de una niña de nueve años pero sin quitarle una sola pieza, incluida la parte en la que su madre se muere y la parte en la que él sabía y no dijo nada. Sobre todo esa parte.
Isadora escuchó sin moverse.
- ¿Entonces yo me tengo que ir? - dijo al final. ¿A los veintiuno?
- Sí.
- ¿Y las otras?
- También.
- ¿Y no se puede arreglar?
- No.
A Damian le costó un esfuerzo físico no suavizarlo. Lo he intentado durante nueve años. Tu madre lo intentó. Rossmery lo intentó hasta el último día. No se puede.
Isadora se quedó mirando el escritorio un rato largo, con las cejas juntas, y Damian esperó el llanto con el corazón en la boca y las manos preparadas.
No llegó.
- Está bien - dijo la niña.
- …¿Está bien?
- Tengo doce años todavía.
Se bajó de la silla, se alisó la falda con las dos manos y lo miró desde abajo con una serenidad de anciana. Doce años son muchos, padre. Y ahora ya lo sé, que es mejor que no saberlo.
Llegó a la puerta y se paró.
- A Seraphine se lo cuento yo.
- Isadora, no…
- Yo.
No lo dijo como una niña. Lo dijo como quien cierra una discusión.
- Tú se lo cuentas a las demás cuando les toque. Pero a Seraphine se lo cuento yo, porque tú se lo vas a contar llorando y ella se va a asustar de tu cara y no de lo que le digas.
Salió y cerró la puerta.
Damian Ravenmoor se quedó sentado en la silla de las visitas de su propio despacho, con las manos sobre las rodillas, comprendiendo con una mezcla insoportable de orgullo y de espanto que acababa de entregarle el peso entero de su familia a una niña de nueve años,
y que la niña lo había levantado sin despeinarse.