Capítulo 26
El invierno de las fiebres
Las fiebres llegaron al pueblo en febrero con un tratante de lana que venía del norte, y en tres semanas se habían llevado a cuatro personas.
En la Casa Ravenmoor no enfermó nadie. Nunca enfermaba nadie: los criados llevaban veinte años comentándolo entre ellos con una mezcla de orgullo y de incomodidad, y la gente del pueblo lo comentaba de otra manera.
Artemia empezó a toser el primero de marzo.
- Es el frío de la despensa - dijo, sirviendo el desayuno. Ese cuarto tiene una corriente que llevo dos años diciendo que hay que tapar.
El día cinco no bajó a desayunar.
El siete, Damian mandó llamar a un médico de la capital y pagó el triple por que viniera en el día. El hombre estuvo veinte minutos arriba, bajó, se lavó las manos en la palangana del vestíbulo mucho más rato del necesario y no quiso sentarse.
- Es la misma que hay en el pueblo, milord.
- Aquí no entra eso.
El médico levantó la vista, y Damian vio en su cara la expresión exacta de un hombre que ha oído un rumor y acaba de decidir que es verdad.
- Pues aquí ha entrado.
Artemia Whitlow murió el diecinueve de marzo, a las cuatro de la madrugada, con Damian sentado a un lado de la cama e Isadora, que tenía nueve años y se había negado terminantemente a irse a dormir, sentada al otro.
Estuvo lúcida hasta casi el final. Repasó con Damian, con la voz destrozada, tres asuntos de la contabilidad de la casa que le preocupaban.
Preguntó si se había pagado ya el trimestre a su familia de la costa.
Le pidió que subieran a Thalia un momento, y luego que se la llevaran enseguida porque no quería que la niña se acordara de aquello.
A Selene no la pidió. Damian tardó años en entender por qué, y cuando lo entendió no se lo dijo a nadie: Selene tenía dos años y era la segunda, y Artemia no quiso mirarla.
Lo último que dijo fue para Isadora.
- Niña.
- Estoy aquí, señora.
- Tú sabes lo de los árboles.
Damian se irguió en la silla. Isadora no se movió.
- Sí, señora.
- Ya me parecía a mí.
Artemia cerró los ojos.
- Pues entonces escúchame, que tu padre es buen hombre pero es blando y a ti te va a tocar. No dejes que ninguna de tus hermanas llegue a ese sitio sin saber contar. Ni sin saber leer un contrato. Los tratos se pierden en las letras pequeñas, no en el valor.
Isadora Ravenmoor asintió con una gravedad de adulta.
- Sí, señora.
Fue la única conversación de verdad que tuvieron en tres años, y Damian, que había prometido que sus hijas creerían que su madrastra estaba enamorada de él, comprendió aquella madrugada que acababa de heredar una promesa mucho más difícil: que a Artemia Whitlow,
que no había pedido nada para sí misma en toda su vida, alguien tenía que recordarla como algo más que un renglón en la contabilidad de un pacto.