Capítulo 25
Thalia y selene
Thalia nació al año siguiente, gritando, y Selene dos años después, en silencio absoluto, tanto que la partera tuvo que darle la vuelta y sacudirla para que respirase.
Y Artemia Whitlow no se murió.
Pasó una semana. Pasaron dos. Damian, que llevaba nueve meses durmiendo mal y las últimas tres noches sin dormir nada, empezó a bajar a desayunar; a la cuarta semana se descubrió a sí mismo riéndose de algo con Halton en el pasillo y se paró en seco, avergonzado, como si le hubieran pillado robando.
- Va a vivir - le dijo a la tía Prudence, en voz muy baja, sin atreverse del todo a la frase.
- Eso parece.
- ¿Por qué?
- Y yo qué sé, sobrino.
La anciana se sirvió más vino. Igual esa mujer es más dura que las otras dos. Igual el trato tenía un número y ya lo ha alcanzado. O igual es que nunca hubo tal regla y llevas tú diez años construyendo una superstición con dos casualidades.
Al mes y medio, Artemia le pidió a Damian que la acompañara a dar un paseo, que era algo que no habían hecho nunca.
Caminaron hacia el este.
Damian se dio cuenta demasiado tarde, cuando ya se veía la línea oscura de los árboles retorcidos recortada contra el cielo de noviembre.
- Artemia.
- Fui hace tres semanas - dijo ella, sin detenerse. De noche. Sola. Quería verlo con mis propios ojos antes de decidir si le creía a usted o no.
- ¿Que fuiste al…?
- Estuvo muy amable.
Artemia se paró por fin, a unos cien pasos del límite, y se ajusto el chal. Se lo pregunté directamente. Le pregunté cuánto me tocaba pagar a mí. Qué se llevaba de mí a cambio de mis hijas.
El corazón de Damian golpeaba de una forma que le llegaba a la garganta.
- ¿Y qué te dijo?
- Nada.
Artemia miró los árboles.
- Me dijo: «nada, señora». Se lo repetí de tres maneras distintas, milord, porque pensé que no me había entendido.
Y a la tercera me contestó con una paciencia que todavía me dura en el estómago.
Me dijo: «no hay nada suyo en este trato. Usted no firmó. Usted no es parte. Usted es el sitio por donde pasan».
El viento venía del este y no traía ningún olor.
- Me lo dijo sin ninguna crueldad - siguió Artemia. Ese es el problema. Si me lo hubiera dicho con crueldad podría odiarla. Me lo dijo como quien le explica a una mujer que se ha equivocado de puerta.
Se quedaron los dos quietos, mirando la línea de árboles, y Damian comprendió con un espanto retrasado y enorme que su mujer llevaba tres semanas cargando con aquello a solas y sirviendo el desayuno cada mañana.
- Artemia. Escúchame. Tú no eres…
- No, milord. No haga eso.
Se giró hacia él, y tenía los ojos completamente secos. No me consuele. Lo que ella dijo es exactamente cierto y usted lo sabe: no me eligió a mí, eligió una mujer, y si en la costa hubiera habido otra con hermanos hambrientos estaríamos ahora mismo teniendo otra conversación distinta con otra cara.
- Eso no es…
- Lo único que le pido - le cortó ella, y por primera vez en dos años de matrimonio levantó la voz - es que a mis hijas no se lo cuente nunca.
Ni a Thalia ni a Selene. Que crezcan creyendo que su madre estaba enamorada de su padre.
Es una mentira barata y no le va a costar a usted nada, y es lo único que voy a pedirle en toda mi vida.
Damian se lo prometió.
Y lo cumplió, y fue la única promesa de todas las que hizo aquellos años que no le trajo más que paz, hasta que muchos años después, en el epílogo de todo aquello, descubrió que Selene lo había sabido siempre.