Capítulo 24
Artemia
La trajo la tía Prudence dos años después, en un carruaje alquilado, y la presentó en el vestíbulo con la misma delicadeza con la que se deja un saco de grano en el suelo.
- Artemia Whitlow. Treinta y un años, hija segunda de una casa arruinada de la costa, cuatro hermanos pequeños y un padre que ya no se levanta. Sabe llevar una casa, sabe números y no llora en público.
La anciana se quitó los guantes. Se lo he contado todo. Absolutamente todo, Damian, así que ahórrate la escena de la biblioteca.
Damian miró a la mujer que tenía delante. Alta, seca, con un vestido de viaje remendado con un cuidado que hablaba mejor de ella que cualquier carta de presentación.
- ¿Todo?
- El pacto. Las hijas. Los veintiún años.
Artemia habló por primera vez, y tenía la voz baja de las personas que han aprendido a no molestar. Y sus dos esposas, milord. Y cómo murieron las dos.
- ¿Y ha venido igualmente.
- He venido porque tengo cuatro hermanos que no comen todos los días.
No lo dijo con reproche. Lo dijo como quien lee una cifra en un libro de cuentas. Y porque usted no me va a pedir que le quiera.
Damian se quedó callado.
- Perdóneme la franqueza. Es la única cosa que traigo de sobra.
Artemia dejó el bolso en el suelo. He estado prometida dos veces.
La primera se rompió cuando mi padre perdió el negocio; la segunda, cuando ese hombre supo lo de mis hermanos.
Tengo treinta y un años y he entendido perfectamente qué clase de trato me está ofreciendo su tía, y el trato es este: yo le doy a usted hijas y una casa en orden, y usted le da a mi familia un apellido y una renta. Lo demás no está en el contrato.
- Puede morirse.
- Milord.
Y por primera vez algo se le movió detrás de la cara. Me voy a morir de todas formas. La diferencia es si mis hermanos comen antes o después.
Se casaron cinco semanas más tarde. No hubo capilla, ni vestido, ni tía Prudence bufando en el banco: firmaron ante un notario de la capital un martes por la mañana y volvieron a casa por separado, cada uno en su carruaje, porque los dos habían llegado a la misma conclusión sin decírselo.
Damian nunca la quiso. Es importante decirlo con esa crudeza, porque él se pasó después muchos años intentando decírselo a sí mismo con palabras más suaves y ninguna era verdad.
La respetó, eso sí, casi desde el primer mes, y con el tiempo llegó a algo parecido al afecto que se le tiene a un socio honrado.
Artemia enderezó las cuentas de la casa en un trimestre.
Consiguió que Isadora, que tenía nueve años y una desconfianza de anciana, la tratara con una cortesía fría que en aquella niña era casi un abrazo.
No tocó una sola cosa de Elara ni de Rossmery; ni un mueble, ni un cuadro, ni el cajón de la biblioteca donde seguían, sin abrir, seis cartas debajo del atlas.
Y por las noches, cuando Damian se quedaba mirando el techo, era plenamente consciente de que la mujer que dormía a su lado estaba haciendo cuentas también.