Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

MargueritE

Marguerite nació dos años y cuatro meses después que su hermana, en una tarde de octubre, y todo lo que podía salir bien salió bien.

Fue un parto rápido. La niña lloró enseguida. Rossmery pidió agua, se rió de algo que dijo la partera, sostuvo a su segunda hija contra el pecho y comentó, con la voz ronca de esfuerzo, que aquella tenía las orejas de su padre y que lo sentía muchísimo por ella.

Damian, de pie junto a la cama, empezó a permitirse creer.

Duró cuarenta minutos.

Fue tan lento que después le costaría explicarlo: no hubo gritos, ni carreras, ni manos desesperadas moviéndose sobre el cuerpo de su mujer.

Rossmery se fue quedando pálida del modo en que se apaga una habitación cuando alguien va cerrando postigos, uno por uno, sin prisa.

La partera dejó de hablar. Después dejó de mirarle a él.

- Damian.

- Estoy aquí.

- Ya lo sé, no seas idiota, si te tengo agarrado.

Rossmery cerró los ojos un segundo. Escúchame, que tengo poco rato y he preparado esto.

- No has preparado nada.

- He preparado seis cartas. - Abrió los ojos. Están en el cajón de abajo de la mesa grande de la biblioteca, debajo del atlas. Seis. Una para cada niña.

- Rossmery, hay cuatro niñas.

- Hay cuatro. - Y le sostuvo la mirada con una firmeza tranquila que él tardaría años en perdonarle.

Damian, habrá seis. Lo he calculado, lo he leído y lo he pensado más veces de las que te imaginas, y creo que sabes tan bien como yo que este trato no se cierra en cuatro.

Van a ser seis. Y a las seis les he escrito una carta que abrirán a los veinte años, un año antes de que les toque, ni un día más tarde, ¿me oyes?

- Te odio.

- Ya. - Sonrió. Es mutuo, esta tarde.

La partera dijo algo desde el otro lado de la cama. Ninguno de los dos la escuchó.

- No mires a la esquina - dijo Rossmery de pronto.

Damian se quedó helado.

- ¿Qué?

- Que no mires. Llevas veinte minutos mirando la esquina de la habitación cada vez que crees que no me doy cuenta, y no está ahí, Damian. He mirado yo también. No hay nada.

Le apretó la mano con lo que le quedaba. No dejes que te robe también esto. Esto es mío.

Y esa fue la diferencia, la única que importaba, la que Damian tardaría el resto de su vida en ser capaz de decir en voz alta: que Elara se había muerto sin saber, y que Rossmery Vale se murió sabiéndolo todo, discutiendo hasta el final, y sin concederle a Nyx ni la esquina de la habitación.