Capítulo 20
Una boda sin invitados
Se casaron en septiembre, sin invitados, en la misma capilla y con un vestido que Rossmery se negó a que le hicieran nuevo.
- Tengo uno gris que está perfectamente.
- Es un vestido de trabajo.
- Es un vestido con el que he leído cuatrocientos libros sobre las cosas que van a intentar matarme. Se viene a la boda.
La tía Prudence, que había hecho el viaje desde la costa para la ceremonia, la miró caminar por el pasillo central con el gris puesto y soltó un bufido que en cualquier otra persona habría sido una carcajada.
- Esta me gusta más que la anterior - le dijo a Damian, sin bajar la voz lo suficiente. Y quería mucho a la anterior.
Los dos años que siguieron fueron buenos, y Damian los vivió del modo en que se vive con un cuchillo apoyado en la nuca: contando.
Contaba los meses. Contaba, sin querer, cada vez que Rossmery se levantaba mareada por la mañana, y se odiaba por el cálculo inmediato y frío que le hacía la cabeza antes de que le diera tiempo a alegrarse de nada.
Contaba las noches que ella se quedaba en la biblioteca hasta tarde, porque no había dejado de buscar; se había casado con él y no había dejado de buscar ni una semana, y de todas las cosas que Damian llegó a quererle, aquella fue la primera.
Isadora la llamó «Rossmery» durante ocho meses y después, un día, sin ceremonia ninguna, dejó de llamarla nada y empezó a hablarle desde la puerta como se le habla a alguien que ya está en la habitación.
Seraphine, que no había conocido a nadie más, no tuvo ese problema.
- No quiero que me digan madre - dijo Rossmery una noche, cepillándose el pelo frente al espejo. A ninguna de las dos, Rossmery, estará bien.
- Madre tuvieron una. Se llamaba Elara y curaba animales y me habría caído bien.
Dejó el cepillo.
- Yo soy otra cosa, continúo, todavía no sé cuál, pero otra cosa, y no pienso robarle la palabra a una mujer que no puede discutírmelo.
En marzo del tercer año, Rossmery entró en el despacho, cerró la puerta a su espalda y se quedó de pie delante del escritorio hasta que Damian levantó la vista.
No hizo falta que dijera nada.
- ¿Cuánto? —preguntó él.
- Cuatro meses, más o menos.
Su voz sonó firme. Las manos, apoyadas en el respaldo de la silla, no lo estaban.
- Damian. Mírame. Lo sabía. Lo sabía cuando dije que sí, lo sabía en la capilla y lo sé ahora, y no voy a permitir que pongas esa cara durante los próximos cinco meses, porque me la sé y no la aguanto.
- ¿Qué cara.
- La de estar en mi funeral con seis meses de adelanto.