Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Esta vez antes

Trabajaron juntos catorce meses.

Ella se instaló en el ala este, en las habitaciones que habían sido la enfermería de Elara y que nadie había vuelto a abrir, y Damian tardó tres semanas en poder entrar allí sin que se le cerrara la garganta.

Rossmery lo notó, por supuesto, lo notaba todo y no dijo nada, que fue exactamente lo que hacía falta.

Leyeron. Eso fue casi todo lo que hicieron durante catorce meses: leer.

Volúmenes en cuatro lenguas, dos de las cuales Damian no conocía y ella traducía en voz alta a media tarde con los pies sobre un taburete y una manta encima; tratados de frontera, inventarios de parroquia, cartas de obispos alarmados,

un manual de agrimensor de hacía dos siglos que dedicaba once páginas a explicar por qué las tierras Ravenmoor estaban mal medidas y ninguna a explicar por qué el agrimensor había dejado el oficio inmediatamente después.

No encontraron nada. Esa fue la conclusión de catorce meses: que los pactos como el suyo aparecían en los libros con la misma frecuencia con la que aparecen los naufragios, y siempre contados por gente de tierra firme.

Lo que sí encontraron fue una costumbre.

Cenar tarde. Discutir sobre cosas que no importaban.

Que ella se quedara dormida en el sillón de la biblioteca con un tomo abierto sobre el pecho y que él le echara la manta por encima sin despertarla y se quedara después de pie en el pasillo, con la vela apagada, odiándose con una eficiencia notable.

Se lo contó en junio, en el jardín, de golpe y sin preámbulo, porque llevaba once días buscando una forma delicada de hacerlo y había comprendido por fin que no existía.

Se lo contó todo: la noche de lluvia, el trato, la mano fría, las hijas, los veintiún años. Elara. La sombra en la esquina del cuarto. Lo que le había dicho Nyx mientras la partera se giraba hacia él llorando.

Rossmery lo escuchó de pie, sin interrumpirle una sola vez, y cuando él terminó se quedó callada tanto rato que Damian creyó, con una calma extraña, que había hecho lo correcto y que aquello iba a costarle exactamente lo que debía costarle.

- Damian.

- No hace falta que digas nada. Mañana pediré que preparen el carruaje y…

- Damian. - Rossmery levantó una mano. ¿Me estás contando esto porque quieres que me vaya, o porque quieres que me quede y necesitas que lo sepa antes?

Él abrió la boca. La cerró.

- Ya. - Ella asintió, casi para sí misma. Eso me parecía.

- Si te quedas, y si esto sigue, y si algún día hay hijas… - La voz se le rompió por la mitad. Te va a matar. A ella la mató.

- Puede. - Rossmery se sentó en el banco de piedra, muy despacio, y se miró las manos.

O puede que Elara muriera de parto como mueren tres mujeres de cada cien en este país, con pacto o sin él, y que tú lleves tres años cargando con una culpa que ni siquiera te corresponde.

No lo sabes. No podemos saberlo, y ya he leído bastante como para decirte que no vamos a averiguarlo nunca.

- ¿Y aun así te quedarías?

Ella tardó en contestar. Cuando lo hizo, no lo miró a él, sino a la ventana iluminada del piso de arriba, donde una niña de casi cuatro años se negaba a dormirse.

- Mi padre lleva dos años mirando una pared.

Yo he pasado seis catalogando la vida de otro hombre.

- Se encogió de hombros. Tú al menos me estás ofreciendo algo que da miedo.

Damian Ravenmoor había mentido a una mujer para conseguirla y la había perdido de todos modos. Aquella tarde, en un banco de piedra, con la verdad entera encima de la mesa por primera vez en su vida, descubrió que decirla no le quitaba ni un gramo del miedo.

Solo se lo repartía entre dos.