Capítulo 17
rossmery
Las cartas las había escrito bajo el nombre de Edmund Ravel, que era el apellido de su madre y una mentira lo bastante torpe como para no engañar a nadie que se molestara en comprobarla.
Escribió a once estudiosos de textos antiguos en la capital y en la costa.
Preguntaba, con la prudencia de quien teme parecer loco, por pactos, fronteras, entidades y precios; decía ser un caballero con una curiosidad de anticuario y dinero suficiente para satisfacerla.
Nueve no contestaron nunca. Uno contestó pidiendo dinero por adelantado y desapareció con él.
El undécimo contestó en marzo, y la carta no la firmaba el estudioso.
«Señor Ravel: mi padre lleva dos años sin poder sostener una pluma. Contesto yo, que soy quien ha catalogado su biblioteca y quien la conoce mejor que él desde hace bastante más tiempo del que a él le gustaría admitir.
Tengo cuatro volúmenes que responden a lo que usted pregunta y una advertencia que no me ha pedido: las tres personas que me han escrito esta misma carta en los últimos seis años estaban las tres asustadas, y ninguna de ellas era anticuaria. R. Vale.»
Damian leyó la carta cuatro veces. Después escribió una respuesta que rompió, y otra que también rompió, y a la tercera se dio por vencido y escribió la verdad: que no se llamaba Ravel, que no era anticuario y que sí, que estaba asustado.
Rossmery Vale llegó en abril con dos baúles de libros, el pelo recogido de cualquier manera y la costumbre irritante de contestar a las preguntas medio segundo antes de que uno terminara de formularlas.
- Usted es el hombre que escribe cartas falsas - dijo, en el vestíbulo, sin soltar la caja que llevaba.
- Le advierto que mi padre tampoco firmaba con su nombre cuando era joven, así que no voy a juzgarle. ¿Dónde pongo esto? Pesa.
- ¿No va a preguntarme por qué mentí?
- Ya me lo ha contado usted en la última carta, y con bastante más honestidad de la que era prudente.
Dejó la caja en el suelo con un golpe seco y se enderezó, frotándose los riñones. Lo que sí voy a preguntarle es por qué tiene una hija de dos años tirando de mi falda desde hace un minuto entero sin que usted se dé cuenta.
Damian bajó la vista. Isadora, agarrada a la tela gris con las dos manos, miraba a la desconocida con una concentración feroz.
- Esta es Isadora.
- Ya veo.
Rossmery se agachó hasta ponerse a su altura, sin remilgos, con las rodillas en el suelo de mármol. Buenas tardes. Tengo libros con dibujos de cosas muy feas. ¿Te gustan las cosas feas?
Isadora, que en dos años no había dicho más de nueve palabras seguidas y ninguna a un extraño, asintió con una gravedad de juez.
Y Damian, de pie en su propio vestíbulo, con el abrigo aún puesto y el corazón golpeándole las costillas de una forma que llevaba dos años sin sentir y que reconoció al instante con algo muy parecido al horror, pensó una sola cosa, con toda claridad, antes de tener tiempo de defenderse de ella:
No….
Otra vez no.