Capítulo 16
El año sin nombre
Del año que siguió a la muerte de Elara, Damian conservaría después muy pocas cosas, y ninguna en orden.
Recordaba el frío del pasillo. Recordaba haber aprendido a sostener a dos niñas a la vez, una en cada brazo, y que Seraphine solo dejaba de llorar si le apoyaba la cabeza justo debajo de la clavícula, y que ese descubrimiento, tan pequeño, tan idiota, le había hecho llorar a él una noche entera.
Recordaba a Halton entrando cada mañana a las siete, sin llamar, a abrir las cortinas de una habitación en la que Damian llevaba tres días sin encender la chimenea.
Recordaba, sobre todo, el silencio. La casa tenía dieciocho criados otra vez, el jardín florecía sin que nadie lo tocara, las cosechas eran las mejores de la región, y nada de aquello hacía ningún ruido.
- Se está usted quedando en los huesos, milord.
- Como.
- Le veo comer. No es lo mismo.
La tía Prudence se quedó siete meses aquel año, más tiempo del que había pasado bajo aquel techo en cuatro décadas, y no dijo ni una sola vez que lo sentía.
Decía otras cosas. Decía «esa niña necesita que le hables, no que la mires».
Decía «hoy hace sol, sácalas». Un día de marzo, mientras Isadora daba sus primeros pasos tambaleantes por la alfombra del salón, dijo:
- No fue Nyx.
Damian levantó la vista.
- Te vi la cara aquella noche, sobrino. Y te la he visto todos los días desde entonces. Estás convencido de que ella la mató.
La anciana no apartó los ojos de la niña.
Y quizá tengas razón. Pero también podría ser que Elara muriera porque las mujeres mueren de parto todos los días, en todas las casas, sin que haya ningún pacto de por medio.
Y no vas a saberlo nunca. Ese es el verdadero castigo del trato que hiciste: no que te quite cosas, sino que ya no puedas saber cuáles te habría quitado la vida de todos modos.
Damian tardó mucho tiempo en perdonarle aquella frase, y todavía más en darse cuenta de que era lo más piadoso que nadie le había dicho.
Fue Halton, en diciembre, quien lo dijo por fin. Llevaba semanas rondándolo, empezando frases que no terminaba, y una noche, mientras recogía la bandeja intacta de la cena, se plantó.
- Esta casa necesita una señora, milord.
- Esta casa tuvo una señora.
- Y esas niñas necesitan una madre, que es distinto y más urgente. - Halton no se movió.
- Llevo treinta y un años en esta familia. He enterrado a su abuelo, a su padre y a su esposa. No pienso enterrarle a usted también por dejarse morir de pie en un comedor caliente.
- Halton….
- Milord….
- Si me caso otra vez, la mato.
El mayordomo se quedó muy quieto, con la bandeja en las manos, y por primera vez en treinta y un años no encontró absolutamente nada que responder.