Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

El precio que nadie nombró

Elara dio a luz nueve meses después, en una madrugada de finales de invierno que Damian recordaría, por el resto de su vida, dividida limpiamente en dos: el antes y el después.

El parto fue más difícil que el de Isadora. La partera, una mujer de manos expertas que había atendido decenas de nacimientos en la región, empezó a moverse con una urgencia que Damian reconoció, con el pánico creciendo en su pecho, como algo que no debería estar sucediendo.

- Algo va mal - le dijo Halton, que esperaba junto a él en el pasillo, la voz temblando de una forma que Damian nunca había escuchado en su mayordomo de toda la vida.

Damian entró a la habitación contra las protestas de la partera, y encontró a Elara pálida, cubierta de sudor, respirando con un esfuerzo que le partió el corazón en el acto.

- Damian - dijo ella, entre contracciones, encontrando su mano y aferrándose a ella con una fuerza que él no sabía que le quedaba. Si algo me pasa…

- No va a pasarte nada.

- Damian. Escúchame. - Sus ojos, a pesar del dolor, tenían una claridad terrible. Si algo me pasa, prométeme que vas a cuidar a las niñas. A las dos. Que no vas a dejar que el miedo o la culpa te alejen de ellas.

- Elara, no….

- Prométemelo.

- Lo prometo. - Las palabras le salieron rotas. Pero no va a pasar nada. Vas a estar bien. Vamos a estar bien las dos.

Ella sonrió, débilmente, y por un momento pareció creerle, o al menos quiso creerle lo suficiente como para dejar de discutir y concentrar toda su energía restante en el parto.

Seraphine Ravenmoor nació poco después del amanecer, con los mismos pulmones fuertes de su hermana mayor y un mechón de cabello que, incluso recién nacida, ya mostraba un tono más cobrizo que el de Isadora.

Por un momento, un momento que Damian atesoraría el resto de su vida, incluso rodeado de todo lo que vino después, Elara sostuvo a su segunda hija contra el pecho, con lágrimas de agotamiento y alegría mezclándose en su rostro pálido, y murmuró su nombre como una bendición.

Y entonces, mientras la partera se ocupaba de la niña, Elara cerró los ojos, y su respiración, que había sido trabajosa pero constante durante todo el parto, empezó a fallar.

- ¡Algo está mal! - gritó la partera, y el pánico que siguió fue el peor momento de la vida de Damian: gritos, órdenes, manos moviéndose con desesperación sobre el cuerpo de su esposa mientras él se quedaba paralizado en la puerta,

sosteniendo a Seraphine sin saber en qué momento se la habían puesto en los brazos, incapaz de hacer nada más que mirar.

Por un instante, solo un instante, tan breve que después Damian se preguntaría si lo había imaginado por completo, vio una sombra en la esquina de la habitación, quieta, observando, con un brillo en el centro de donde deberían estar los ojos que Damian reconoció de inmediato,

con una furia que nunca antes había sentido en su vida.

- ¡NO! - rugió, con Seraphine todavía en sus brazos, dando un paso hacia la sombra. ¡Este no era el trato! ¡Dijiste que no le pasaría nada a ella, dijiste!

- Nunca dije eso, Lord Ravenmoor.

La voz de Nyx, tan calmada como siempre, cortó a través del caos de la habitación como si nadie más pudiera escucharla, y Damian comprendió, con una desesperación que le quemó la garganta, que era verdad: nadie más en la habitación parecía notar la sombra en la esquina.

Nunca prometí que tu esposa saldría ilesa de esto.

Solo prometí prosperidad, y protección para tus tierras, y un trato para tus hijas.

El precio de traer más vida al mundo del lado de acá del Velo, cuando tanto se ha tomado prestado del lado de allá, nunca fue algo que yo controlara del todo.

- ¿Entonces quién? - La voz de Damian se quebró por completo. - ¿Quién decide esto, si no eres tú?

Pero la sombra ya se desvanecía, y las últimas palabras de Nyx llegaron casi como un susurro, justo cuando la partera, con el rostro cubierto de lágrimas, se giró hacia Damian con la noticia que él ya sabía, en el fondo del pecho, antes de que ella la dijera en voz alta.

- El precio verdadero, Lord Ravenmoor, nunca lo pagan solo las hijas que reclamo. Algún día lo entenderás completo. Por ahora, solo llora a tu esposa. Se lo ha ganado.