Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Lo que se pregunta en las tabernas

Volvió en otoño, como había prometido, y esta vez no llevaba la carpeta.

Damian lo recibió en el jardín porque Elara estaba dentro con Isadora y no quería a aquel hombre bajo el mismo techo que su hija. Fincher paseó entre los parterres nuevos con las manos a la espalda, admirando las flores con una atención que a Damian le pareció, por un momento, casi sincera.

- He estado en el pueblo - dijo. Cuatro días. En la taberna, sobre todo, que es donde la gente cobra en cerveza lo que no confesaría por dinero.

- Fincher.

- Sabía usted que le llaman «el afortunado».

No con cariño, milord, si me permite. Se detuvo ante un rosal.

También me contaron que su abuelo tuvo una racha idéntica, hará cincuenta años.

Prosperidad de la nada. Y luego lo perdió todo en las mesas de la capital en menos de dos inviernos, que es una forma muy rápida de perder algo que a uno no le costó nada ganar. ¿Le suena?

- Mi abuelo era un jugador.

- Su abuelo era un hombre que devolvió algo. - Fincher se giró. Hay una diferencia, y no es pequeña.

Damian no contestó.

- Y luego está el bosque. -Fincher señaló con la barbilla la línea oscura del este, y su voz cambió: perdió el filo profesional y se volvió, por primera vez, la voz de un hombre.

Nadie del pueblo va allí. Nadie. Ni los cazadores, ni los niños, ni los borrachos, y créame que los borrachos van a todas partes.

Pregunté por qué y dieciséis personas me dieron dieciséis respuestas distintas, todas malas, y ninguna de ellas me miró a los ojos al darla.

- Le agradecería que se marchara.

- Yo también tuve una casa que se caía, milord.

Lo dijo sin dramatismo, del mismo modo en que había leído las cifras de su libro de cuentas, y por eso Damian tardó un segundo entero en entender lo que acababa de escuchar.

- En Kentworth. La de mi padre. Se la quedó un hombre como yo, hace veintiocho años, y fue justo, porque los papeles estaban en regla y yo mismo he hecho lo propio doscientas veces desde entonces sin perder el sueño.

Fincher se puso el sombrero. No he venido a cobrarle nada, Lord Ravenmoor. He venido a preguntarle una sola cosa, y le juro por lo poco que me queda que si me la responde no vuelve usted a verme en la vida.

Damian supo lo que venía. Lo supo con la misma certeza fría con la que había sabido, aquella primera noche entre los árboles, que volvería.

- ¿Qué hay ahí dentro?

Y Damian, que llevaba dos años mintiéndole a su mujer para protegerla, comprendió de golpe que aquella era la primera vez que una mentira suya iba a proteger a un desconocido.

- Árboles - dijo. No hay nada ahí dentro más que árboles.

Fincher lo miró un momento largo. Después asintió, muy despacio, con la expresión de un hombre que acaba de recibir exactamente la respuesta que esperaba y que sabe, además, leer las que no se dan.

- Gracias, milord. Ha sido usted muy amable.

Damian lo vio alejarse por el camino de grava y sintió un alivio tan grande que le flojearon las rodillas, y años después, cuando ya no quedara nada que hacer al respecto, recordaría ese alivio con una vergüenza que no se le pasaría nunca.