Capítulo 11
Lo que la tía Prudence sabía
La tía Prudence llegó sin avisar, como solía hacer todo en su vida, un mes después del nacimiento de Isadora, con un baúl demasiado pequeño para la cantidad de opiniones que pensaba compartir durante su estancia.
Era la hermana menor del abuelo de Damian, una mujer de edad indefinida y ojos que parecían haber visto demasiado como para sorprenderse fácilmente, y llevaba décadas viviendo sola en una casa pequeña cerca de la costa, alejada de la familia por razones que nadie explicaba del todo y que Damian,
de niño, había asumido simplemente como una de las excentricidades de los Ravenmoor.
- Así que es cierto - dijo la tía Prudence, la primera noche, mientras cenaban los tres Damian, Elara y ella en el comedor restaurado. La casa prosperó de la nada. Las deudas desaparecieron. Y ahora hay una niña.
- Tía, si has venido a…
- He venido porque sentí el cambio, Damian. -Su voz no dejaba lugar a discusión. Los que vivimos cerca del Velo lo sentimos, aunque no queramos. Un cambio así, tan repentino, tan completo… no ocurre solo. Alguien pagó un precio, o está a punto de pagarlo.
Elara, que hasta entonces había escuchado en silencio con Isadora dormida en sus brazos, miró a Damian con una expresión que él no supo leer del todo: no era sorpresa, exactamente. Era más bien la confirmación lenta de algo que ya sospechaba.
- Tía Prudence - dijo Elara, con calma, ¿qué sabe usted del Velo?
- Más de lo que cualquier persona sensata debería saber.
La anciana se sirvió más vino, sin prisa.
- Mi hermano, el abuelo de Damian, también hizo un trato, hace muchos años, con una entidad, creo, o con algo parecido.
Perdió más de lo que ganó. La fortuna que despilfarró en las mesas de juego no era solo mala suerte, niña.
Era el precio empezando a cobrarse por adelantado, de la única forma en que él sabía perderlo todo.
Damian sintió que la sangre se le helaba.
- Eso no tiene nada que ver con….
- ¿No? - La tía Prudence lo miró directamente, y por primera vez desde su llegada, su expresión perdió todo rastro de ironía.
- Damian. Mírame a los ojos y dime que no has hecho un trato con algo del otro lado del Velo.
El silencio que siguió fue la respuesta más honesta que Damian había dado en meses.
- Dios santo - susurró la tía Prudence, y por primera vez en la memoria de Damian, sonó verdaderamente asustada. - ¿Qué prometiste?
Fue Elara quien respondió, con una voz tan tranquila que asustó a Damian más que cualquier grito.
- Creo que es hora de que me lo cuentes todo, Damian. Ahora mismo. Sin más silencios.
Y esa noche, por fin, con la tía Prudence como testigo silenciosa y su hija dormida entre sus brazos, Damian le contó a su esposa todo lo que había hecho para salvarlos: el Velo, Nyx, el trato, el precio que apenas empezaba a entender del todo.
Elara lo escuchó sin interrumpir, con el rostro cada vez más pálido, y cuando Damian terminó, se quedó en silencio un largo rato antes de hablar.
- Nuestra hija - dijo finalmente. Isadora. ¿Qué le va a pasar exactamente?
- A los veintiún años… será reclamada. Por alguien del otro lado. No sé más que eso, Elara. Nyx nunca me dijo más que eso.
- ¿Y si tenemos más hijas?
Damian no respondió, pero su silencio fue respuesta suficiente, y vio en el rostro de Elara algo que nunca antes había visto: no ira, aunque tenía todo el derecho a sentirla.
Miedo. Un miedo profundo y silencioso que ella intentó, sin lograrlo del todo, ocultar por el bien de la niña dormida entre sus brazos.
- Deberíamos haberlo sabido antes de casarnos, dijo, muy bajo. Deberías habérmelo dicho.
- Lo sé. La voz de Damian se quebró. Lo siento, Elara. Lo siento más de lo que puedo decir.
- Lo sé que lo sientes.
Ella lo miró, y a pesar de todo, a pesar del miedo y de la traición silenciosa que sentía, había algo en sus ojos que seguía siendo amor, aunque ahora mezclado con algo más oscuro. Pero sentirlo no deshace el trato, Damian. Y ahora tenemos que encontrar la forma de vivir con él.