Capítulo 10
isadora
Isadora Ravenmoor nació una madrugada de primavera, después de una noche entera de trabajo de parto que dejó a Damian caminando de un extremo a otro del pasillo hasta gastar, literalmente, un surco visible en la alfombra.
Cuando por fin le permitieron entrar, encontró a Elara agotada pero radiante, sosteniendo contra el pecho a una niña diminuta de cabello oscuro y unos pulmones sorprendentemente fuertes para su tamaño.
- Es perfecta - susurró Elara, y Damian, mirando a su hija por primera vez, sintió una oleada de amor tan intensa que por un momento logró ahogar por completo el miedo que llevaba meses acumulando en el fondo del pecho.
- Isadora - dijo, el nombre que habían elegido juntos meses atrás. Bienvenida, Isadora.
Los días siguientes al nacimiento fueron, contra todo lo que Damian había temido, tranquilos.
No hubo ninguna señal, ninguna visita nocturna, ninguna manifestación de la sombra entre los árboles.
La vida en la Casa Ravenmoor continuó como si Isadora fuera simplemente lo que parecía ser: una niña sana, amada, nacida en una familia próspera que había tenido, según creía la mayoría de la región, una racha de suerte inusualmente buena.
Damian empezó, poco a poco, a permitirse creer que quizás el trato con Nyx había sido menos terrible de lo que su miedo le había hecho imaginar.
Veintiún años era mucho tiempo. Quizás encontraría, en esos años, alguna forma de romper el pacto, o de negociar términos distintos, o la esperanza más silenciosa y menos admitida de todas, quizás Nyx simplemente se olvidaría, con el paso de las décadas,
de una promesa hecha a un hombre desesperado en una noche de lluvia.
Fue Elara quien, sin saberlo, sembró la primera semilla real de duda.
- Damian, dijo Elara - Estaban en el jardín, con Isadora dormida en sus brazos, unas semanas después del nacimiento.
- Hay algo que quiero preguntarte, y quiero que me respondas con honestidad.
El corazón de Damian se detuvo un instante.
- Lo que quieras.
- Cuando Isadora nació… por un momento, justo después, antes de que llorara por primera vez, sentí algo en la habitación.
Una presencia. Como si alguien más hubiera entrado a observarla.
- Elara lo miró fijamente. La partera dijo que no había nadie.
Tú dijiste que no habías visto nada. Pero yo lo sentí, Damian.
Con la misma certeza con que sentí sus primeros movimientos dentro de mí.
Damian abrió la boca, y por segunda vez en su matrimonio, sintió la verdad completa subir hasta el borde de sus labios.
Y por segunda vez, el miedo ganó.
- Quizás fue solo el cansancio - dijo. El parto es agotador, Elara. La mente hace cosas extrañas cuando el cuerpo está tan exhausto.
Elara lo miró un largo momento, con Isadora dormida y ajena entre sus brazos, y algo en su expresión le dijo a Damian, con una claridad que no necesitó palabras, que ella sabía que le estaba mintiendo.
Que llevaba meses sabiéndolo, en realidad, y que había elegido, por amor o por paciencia o por ambas cosas, no presionarlo más de lo que ya lo había hecho.
- Está bien, dijo finalmente, con una suavidad que dolía más que cualquier reproche. Confío en ti, Damian.
Fueron las palabras más generosas que él había recibido en toda su vida, y también, aunque no lo sabría hasta mucho después, las que más caro le costarían no haber merecido del todo.