Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Las primeras señales

El primer año de matrimonio fue, casi sin excepción, el más feliz que Damian había conocido.

La Casa Ravenmoor prosperó de formas que empezaron a atraer atención en la región: cosechas que superaban las de cualquier tierra vecina, un ganado que nunca enfermaba, una reputación que se restauró con una velocidad que algunos vecinos comentaban, entre susurros, como poco natural.

Damian aprendió a sonreír y cambiar de tema cuando alguien mencionaba lo “afortunado” que había sido últimamente.

Elara, por su parte, convirtió gran parte del ala este restaurada en algo parecido a una pequeña enfermería, donde seguía practicando lo que su padre le había enseñado, ahora con acceso a hierbas y remedios que antes no podía costear.

La gente del pueblo, que al principio dudaba en acercarse a la esposa de un noble, terminó por acudir a ella con la misma confianza con que antes acudían a su padre, atraídos por una habilidad que no tenía nada que ver con magia ni con pactos, solo con manos hábiles y un conocimiento honesto.

- Eres feliz aquí - le dijo Damian una noche, no como pregunta sino como una observación que necesitaba confirmar.

- Lo soy. - Elara levantó la vista de las hierbas que estaba clasificando sobre la mesa. Aunque a veces…

- ¿A veces qué?

Ella dudó, buscando las palabras.

- A veces siento que esta casa respira de una forma que no debería. Como si estuviera viva de una manera que no es solo piedra y madera. Se rió, incómoda consigo misma. Suena una tontería dicho en voz alta.

- No suena una tontería - dijo Damian, con más seriedad de la que pretendía, y ella lo miró con esa curiosidad suya que parecía capaz de ver más de lo que él le mostraba.

- Damian. - Su voz se volvió más suave, más cuidadosa.

- Si alguna vez hay algo que necesites contarme, algo que estés cargando solo… quiero que sepas que puedes contarme.

Fue el momento más cerca que estuvo, en todo su matrimonio, de decírselo todo.

Sintió las palabras subir por su garganta, hice un trato, Elara, con algo que vive del otro lado del Velo, y no sé todavía qué precio tendremos que pagar por esta felicidad y las sintió también morir ahí, atrapadas por un miedo que no lograba nombrar del todo:

miedo a que ella lo mirara distinto después de saberlo, miedo a que la felicidad que habían construido juntos se sintiera, retroactivamente, menos real.

- No hay nada que contar - mintió, y odió cada palabra mientras las decía. Solo estaba pensando en lo afortunado que soy de tenerte.

Elara lo miró un momento más, como si no terminara de creerle del todo, y después dejó que el tema se disolviera entre ellos, como tantas veces antes.

Esa noche, después de que ella se durmiera, Damian caminó solo hasta la ventana de su habitación y miró hacia el límite de sus tierras, hacia la línea oscura de árboles retorcidos que apenas se distinguía bajo la luna.

Por un instante, le pareció ver una silueta entre ellos, quieta, observando la casa con la misma paciencia con la que había esperado su regreso, semanas atrás.

No volvió a caminar hacia el Velo esa noche. Pero supo, con una certeza fría que se instaló en su estómago, que Nyx no se había olvidado de él, ni del trato, ni del precio que todavía faltaba por cobrarse.