Capítulo 8
Bodas de ceniza y luna
Se casaron en otoño, bajo un cielo que por una vez no amenazaba lluvia, en la capilla familiar que llevaba generaciones sin ver una boda porque llevaba generaciones sin haber suficiente dinero para celebrar una como correspondía.
Elara llegó por el pasillo central con un vestido sencillo que ella misma había insistido en elegir por encima de las opciones más lujosas que Damian le había ofrecido “no necesito parecer alguien que no soy, Damian, ni siquiera el día de mi boda” y él pensó, viéndola caminar hacia él,
que jamás en su vida había visto nada tan hermoso como esa sencillez deliberada, esa negativa suya a dejarse cambiar por el apellido que estaba a punto de tomar.
El padre de Elara, un hombre de manos ásperas y ojos amables que se había ganado el respeto de Damian mucho antes de la boda por la forma en que hablaba de su hija, con orgullo, nunca con posesión,
la entregó con una bendición murmurada que sonó más sincera que cualquier ceremonia formal que Damian hubiera presenciado antes en su círculo social.
Esa noche, después de que los últimos invitados se marcharan y la mansión quedara en silencio por primera vez en semanas, Damian y Elara se quedaron solos en las habitaciones que ahora compartirían, con las velas bajas y el resto del mundo, por fin, del otro lado de la puerta.
No hace falta describir cada detalle de esa noche para saber que fue tierna, y torpe en los momentos justos, y llena de una intimidad que ninguno de los dos había compartido con nadie más antes.
Hubo risas bajas cuando algo no salió como ninguno esperaba.
Hubo silencios que no necesitaban palabras.
Hubo, sobre todo, la sensación para ambos, aunque ninguno lo dijera en voz alta de haber encontrado a alguien con quien el resto de la vida parecía, por primera vez, algo que valía la pena vivir con calma en lugar de sobrevivir con prisa.
Más tarde, con Elara dormida contra su hombro y la luna entrando por la ventana en una franja plateada sobre las sábanas, Damian se quedó despierto mirando el techo ese techo que ya no goteaba, que ya no tenía ninguna fisura y pensó,
por primera vez desde la noche en que había estrechado la mano fría de Nyx, en el precio que todavía no conocía del todo.
Cada hija que engendres deberá ser reclamada.
Miró a Elara dormir, la curva de su hombro desnudo bajo la luz de la luna, la forma en que incluso dormida fruncía ligeramente el ceño como si estuviera resolviendo algún problema en sueños, y sintió, por primera vez, el peso completo de lo que había aceptado sin preguntar lo suficiente.
Se dijo que tal vez no tendrían hijas. Se dijo que tal vez, si las tenían, encontraría una forma de proteger a sus hijas de un trato que él mismo había firmado en su nombre antes de que existieran.
Se equivocaba en ambas cosas, aunque tardaría años en descubrirlo del todo.