Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

cortejo

La prosperidad llegó de formas que Damian no supo explicar y que prefirió, con una cobardía silenciosa, no examinar demasiado de cerca.

Los acreedores de la capital dejaron de escribir cartas amenazantes, aunque él nunca envió el dinero que les debía; simplemente, un día, las deudas ya no existían en ningún registro.

Las tierras que llevaban años sin dar buena cosecha empezaron a producir como si la tierra misma hubiera decidido, de golpe, perdonar años de descuido.

El techo dejó de gotear en todas partes de la casa, no solo en el ala este, y una mañana Halton encontró, sin explicación alguna, suficiente oro en la caja fuerte familiar como para contratar de nuevo al personal completo que la mansión había perdido a lo largo de los años.

- Milord - le dijo Halton, con una expresión que era de alivio y otra parte algo parecido al recelo, ¿debería preguntar de dónde ha salido todo esto?

- No - respondió Damian, y Halton, que llevaba treinta años sirviendo a la familia y sabía reconocer cuándo una pregunta no tenía respuesta segura, no volvió a preguntarlo.

Con la casa restaurada y las tierras floreciendo de nuevo, Damian pudo por fin cortejar a Elara con la dignidad que sentía que ella merecía, en lugar de la desesperación disimulada de los meses anteriores.

La llevó a cenar en un comedor que ya no tenía manchas de humedad en las paredes.

Le mostró jardines que, sin que él supiera explicar cómo, habían vuelto a florecer de la noche a la mañana.

- Es raro - comentó Elara una tarde, mientras caminaban entre las nuevas flores del jardín. La última vez que estuve aquí, hace apenas unos meses, este jardín parecía a punto de morir. Ahora parece que llevara años floreciendo así.

- Tal vez solo necesitaba a alguien que le prestara atención - dijo Damian, y odió lo fácil que le resultó la mentira, lo natural que sonó en su propia voz.

Elara lo miró con esa curiosidad suya que él ya empezaba a reconocer, la que parecía capaz de ver más de lo que la gente le mostraba.

- A veces hablas como si guardaras un secreto, Damian Ravenmoor.

- Todos guardamos alguno.

- Sí - dijo ella, después de un silencio. Supongo que sí.

No insistió. Y él, cobardemente, agradeció que no lo hiciera, aunque en el fondo de su pecho —el mismo lugar donde guardaba el recuerdo de unos ojos sin blanco visible y una voz que sonaba como si hubiera estado siempre ahí, esperando— sabía que ese silencio compartido no era paz.

Era, apenas, una tregua.

Le pidió matrimonio tres semanas después, en el mismo jardín restaurado, con un anillo que había pertenecido a su abuela y que Nyx, de alguna forma que Damian prefirió no cuestionar, había hecho aparecer de nuevo entre las joyas familiares que él creía vendidas hacía años.

Elara dijo que sí, con los ojos brillantes y las manos, esas manos que sabían curar animales y romper barro y sostener rocas con la misma firmeza temblando ligeramente al aceptar el anillo.

Damian nunca le contó lo que había hecho para poder ofrecerle ese jardín, esa casa, ese anillo. Se dijo que era para protegerla. Con el tiempo, aprendería que las mentiras que uno se dice a sí mismo para justificar el silencio suelen ser las que más caro se pagan.