Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

El hombre que no Olvidaba una deuda

Richard Fincher llegó a la Casa Ravenmoor un miércoles de febrero, cuatro meses después de que las deudas de Damian dejaran de existir, y lo hizo del modo en que hacía todo: sin avisar, sin levantar la voz y con una carpeta de cuero bajo el brazo.

- Milord. Se quitó el sombrero en el vestíbulo restaurado y miró el techo, las molduras, la escalera encerada, con la atención minuciosa de quien tasa. Qué reformas tan oportunas.

- No recuerdo haberle invitado.

- No lo hizo. Tampoco recuerdo yo haber perdonado once mil libras, y sin embargo aquí estamos los dos, rodeados de cosas que no recordamos haber hecho.

Damian sintió el primer aguijonazo de algo frío en la nuca y lo disimuló ofreciéndole asiento.

Fincher no se sentó. Abrió la carpeta sobre la mesa del recibidor, con cuidado, como si dentro hubiera algo vivo, y giró el libro de cuentas para que Damian pudiera leerlo del derecho.

- Aquí.

Un dedo amarillo de tabaco sobre una página.

Enero del año pasado. Ravenmoor, once mil doscientas cuarenta libras, con fecha de vencimiento y todo.

Y aquí. Pasó la hoja. Febrero. Nada. Ni el saldo, ni la anotación, ni la nota de cobro que yo mismo escribí de mi puño y letra, milord, y que recuerdo haber escrito porque me quemé el dedo con la vela mientras la lacraba.

Levantó la mano y le enseñó una cicatriz pequeña y brillante en el pulgar. La quemadura sigue aquí. La deuda no.

- Los libros de cuentas se equivocan.

- Los libros de cuentas se equivocan, sí. Los míos no, pero concedámoslo.

Fincher cerró la carpeta. Lo que no se equivoca es el banco de la capital, que tampoco tiene el asiento.

Ni mi socio, que no recuerda al deudor. Ni el juzgado, donde había un expediente abierto a su nombre que ahora es una carpeta vacía con una cinta alrededor.

Todos se equivocaron a la vez, milord, el mismo mes, en la misma dirección.

Y todos menos yo se olvidaron de haberse equivocado.

Damian abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, y descubrió que no tenía nada que ofrecerle a aquel hombre salvo dinero, que era precisamente lo único que Fincher no parecía haber venido a buscar.

- Le pagaré - dijo al fin. - Ahora mismo, en oro, las once mil doscientas cuarenta.

Y por primera vez desde que había entrado en la casa, Richard Fincher sonrió.

- Milord, si me paga usted una deuda que no existe en ningún papel del reino, ¿qué cree que me estaría confirmando exactamente?

Se puso el sombrero. En la puerta se detuvo, sin volverse del todo.

- Tengo cincuenta y dos años y he prestado dinero durante treinta. Es un oficio aburrido, milord, se lo aseguro. Uno pasa la vida deseando que ocurra algo que no esté anotado. - Se caló el ala.

- Volveré.

Damian se quedó de pie en el vestíbulo mucho después de que el ruido del carruaje se apagara en el camino, mirando la mesa donde había estado la carpeta, con la sensación exacta de un hombre que se ha limpiado la sangre de las manos y descubre que el suelo sigue manchado.