Capítulo 5
El precio de un nombre
Los meses siguientes fueron los más felices que Damian podía recordar, y también, aunque no lo admitiría hasta mucho después, los más peligrosos.
Volvió a ver a Elara con una frecuencia que empezó siendo casual y terminó siendo deliberada: una excusa para pasar por la casa de los Baltimore, una invitación a caminar por los campos,
una tarde entera aprendiendo con más torpeza de la que hubiera querido admitir a distinguir qué planta servía para la fiebre y cuál para el dolor de huesos, solo por el placer de escucharla explicar.
Ella no sabía nada del Velo, ni de Nyx, ni de la sombra que esperaba entre los árboles retorcidos con una paciencia que Damian sospechaba no era infinita, sin importar lo que ella misma hubiera dicho.
Pero las deudas no desaparecieron porque él hubiera encontrado algo de felicidad.
Al contrario: llegó una carta de un acreedor de la capital, más dura que las anteriores, con una fecha límite marcada en tinta roja, y esa misma noche, después de leerla tres veces sin que las palabras cambiaran, Damian volvió a caminar hacia el Velo.
Nyx lo esperaba, como siempre.
- Has tardado - dijo, sin acritud, casi con curiosidad. Y hueles distinto. A jabón de lavanda y a algo verde. ¿Has encontrado algo que quieres conservar, Lord Ravenmoor?
- Eso no te incumbe.
- Todo lo que sucede en tus tierras me incumbe, en cierto sentido.
Nyx se acercó, y esta vez había algo casi divertido en su voz.
- ¿Vas a pedirle matrimonio?
Damian no respondió, lo cual fue, por supuesto, respuesta suficiente.
- Entonces tienes una decisión más urgente que tomar de lo que pensabas, continuó Nyx.
Porque si aceptas mi trato después de casarte, cada hija que ella te dé estará atada al pacto.
Si te casas con ella sabiendo lo que yo te ofrezco y decides no aceptarlo, tu casa seguirá cayéndose a pedazos a su alrededor, y ella lo verá, año tras año, sin poder hacer nada para evitarlo.
- ¿Me estás dando un consejo o una amenaza?
- Te estoy dando información. Lo que hagas con ella es asunto tuyo.
Nyx ladeó la cabeza. Pero el acreedor de la capital no va a esperar a que decidas, Lord Ravenmoor. Esa carta que llevas en el bolsillo del abrigo tiene una fecha, y la fecha se acerca.
Damian cerró los ojos. Pensó en el techo goteando sobre la habitación donde algún día, si tenía suerte, dormiría con Elara.
Pensó en Halton sugiriendo vender el ala este, y después la casa entera.
Pensó en el rostro de Elara riendo con barro hasta las rodillas, y en cuánto más fácil sería esa risa si no tuviera que preocuparse por si el techo de su futura casa se le caía encima.
Se dijo a sí mismo que lo hacía por ella.
Se dijo que las hijas que Nyx pedía eran solo una posibilidad lejana, abstracta, algo que quizás nunca llegaría a suceder.
Se dijo muchas cosas esa noche, entre los árboles retorcidos, y todas ellas eran formas distintas de no decir la verdad completa: que tenía miedo, y que el miedo lo estaba empujando hacia una puerta que después no podría volver a cerrar.
- Acepto - dijo, finalmente.
Nyx sonrió, esa sonrisa que no era del todo una sonrisa.
- Entonces bienvenido a la Casa Ravenmoor restaurada, Lord Ravenmoor. Que la disfrutes.
No hubo sangre, ni contratos escritos, ni ninguna de las ceremonias oscuras que Damian, en el fondo de su mente asustada, había imaginado. Solo un apretón de manos , la de Nyx fría como el mármol de una tumba y una sensación, al soltarla, de que algo en el aire mismo de sus tierras había cambiado.
Cuando volvió a la mansión esa noche, el cuenco de latón del ala este ya no tenía agua en él. La fisura del techo había desaparecido.