Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Elara

Damian conoció a Elara Baltimore once días después, en circunstancias tan ordinarias que después le parecería casi cruel: una rueda rota en el camino que llevaba al pueblo, la lluvia cayendo con la misma cadencia obstinada de siempre,

y una mujer joven bajando de un carruaje averiado con la falda ya empapada y una expresión que no era de pánico sino de irritación pura.

- No se quede ahí mirando, milord, le dijo, sin saber ni preguntarle quién era, simplemente asumiendo por su ropa que tenía manos capaces de ayudar. - Ayúdeme a sacar esta rueda del lodo antes de que se hunda más.

Damian, que no recordaba la última vez que alguien le había dado una orden directa sin la palabra “por favor” tres veces antes, se encontró bajando de su propio caballo y hundiendo las manos en el barro junto a ella sin pensarlo demasiado.

- Soy Elara - dijo ella, mientras luchaban juntos con la rueda. Baltimore. Vivimos a las afueras del pueblo, mi padre y yo. Él cura animales; yo, cuando me deja, curo lo que él no sabe curar.

- Damian Ravenmoor.

Ella se detuvo un segundo, con el barro hasta los codos, y lo miró de una forma que él no supo interpretar del todo: no con el respeto forzado que solía recibir por su apellido, ni con la lástima disimulada que a veces recibía por el estado conocido de sus finanzas. Solo curiosidad genuina.

- ¿El de la mansión junto al Velo?

- El mismo.

- Debe ser raro vivir tan cerca de eso.

- Uno se acostumbra, mintió Damian, y algo en la forma en que lo dijo debió delatarlo, porque Elara soltó una risa breve, sorprendida, antes de volver a concentrarse en la rueda.

Terminaron de sacarla juntos, empapados y cubiertos de barro hasta las rodillas, y cuando el carruaje por fin pudo seguir su camino, Damian se ofreció con una torpeza que no sentía desde que era mucho más joven a escoltarla el resto del trayecto hasta su casa.

Ella aceptó, y hablaron durante todo el camino sobre nada en particular: los animales que su padre trataba, las plantas que ella cultivaba para hacer remedios, un comentario mordaz de Elara sobre la vanidad de los nobles que él encontró, para su propia sorpresa,

tremendamente divertido en vez de ofensivo.

Cuando por fin llegaron a la pequeña casa de los Baltimore, Elara se bajó del caballo sin esperar su ayuda otra cosa que él no estaba acostumbrado a que hicieran las mujeres de su círculo social y lo miró desde el suelo con las mejillas todavía sonrojadas por el frío y el esfuerzo.

- Gracias por el barro compartido, Lord Ravenmoor.

- Ha sido un placer inesperado, señorita Baltimore.

- Elara.

- Elara - repitió él, y algo en su pecho, algo que llevaba meses cerrado bajo el peso de las cartas de acreedores y el goteo constante del techo, se abrió apenas un poco.

Esa noche, por primera vez en semanas, Damian no caminó hacia el Velo.

Se quedó despierto pensando en una mujer con barro hasta las rodillas y una risa que no le debía nada a su apellido ni a su fortuna, y por unas horas, casi logró olvidar que había una sombra esperándolo entre los árboles,

dispuesta a darle todo lo que quería a cambio de un precio que todavía no conocía del todo.