Capítulo 2
El límite del Velo
Los árboles del Velo no crecían como los demás árboles. Se torcían hacia arriba en espirales lentas, como si algo los hubiera hecho crecer más rápido de lo natural y luego se hubiera olvidado de terminar el trabajo con cuidado. Ninguna hoja caía de ellos en otoño. Ningún pájaro anidaba en sus ramas.
Damian se detuvo a diez pasos de la línea de árboles, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y el corazón latiéndole más rápido de lo que quería admitir.
- No deberías estar tan cerca - dijo una voz.
No venía de ningún lugar en particular. No era un susurro ni un grito; sonaba como si hubiera estado ahí todo el tiempo, en el fondo de su oído, esperando a que él por fin escuchara.
Damian giró sobre sí mismo, buscando una figura entre los árboles, y la encontró: una silueta apoyada contra el tronco más retorcido de todos, envuelta en algo que no era exactamente ropa ni exactamente sombra, sino ambas cosas a la vez,
cambiando de forma cada vez que él intentaba fijar la mirada en un detalle concreto.
- ¿Quién eres? - preguntó, con más firmeza de la que sentía.
- Alguien que ha visto a muchos hombres como tú pararse justo donde estás parado.
La figura se apartó del árbol y dio un paso hacia él, aunque el paso no pareció acortar realmente la distancia entre ambos. Hombres con una casa que se cae a pedazos y un nombre que ya no vale lo que valía. Hombres desesperados que salen a caminar de noche diciéndose que solo necesitan aire.
Damian sintió que se le secaba la boca.
- Si has venido a robarme, llegas tarde. No queda nada que robar.
Algo que podría haber sido una risa, baja, sin humor real en ella salió de la figura.
- No quiero tus monedas, Lord Ravenmoor. Sé exactamente cuántas te quedan. Sería una grosería quitarte las últimas tres.
- Entonces, ¿qué quieres?
- Nada, todavía.
La figura se detuvo justo en el límite donde la luz de la luna dejaba de alcanzar, de modo que Damian nunca llegó a ver un rostro completo, solo el brillo de unos ojos que no parpadeaban con la frecuencia con que deberían.
Pero tú quieres algo. Lo he visto en la forma en que caminaste hasta aquí sin darte cuenta de a dónde ibas.
Quieres que el techo deje de gotear. Quieres que el nombre Ravenmoor vuelva a significar algo.
Quieres, sobre todo, dejar de sentir que le has fallado a cada persona que lleva tu apellido, viva o muerta.
Cada palabra le clavó algo en el pecho, porque cada palabra era verdad.
- Y tú puedes darme eso - dijo Damian, sin que sonara del todo a pregunta.
- Puedo. La figura ladeó la cabeza. - La pregunta que deberías hacerte no es si puedo. Es si estás dispuesto a pagar lo que cuesta.
- ¿Y cuánto cuesta?
- Todavía no. Fue casi amable, la forma en que lo dijo. - No esta noche. Esta noche solo quería que supieras que existo, y que estaré aquí cuando decidas volver. Porque volverás, Lord Ravenmoor. Los hombres desesperados siempre vuelven.
Y entonces, sin que Damian pudiera decir exactamente cómo, la figura ya no estaba, y él se encontró solo frente a la línea de árboles retorcidos, con el corazón golpeándole las costillas y una certeza fría instalándose en su estómago: había tenido razón. Volvería.