Casa Ravenmoor: El Pacto (Casa Ravenmoor 1)
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Capítulo 1
La ruina de los Ravenmoor
La mansión llevaba goteando desde antes de que Damian naciera.
No era una metáfora. El techo del ala este tenía una fisura del tamaño de un puño, y cuando llovía, que en aquella región llovía siempre, el agua caía en una cadencia lenta y precisa sobre el mismo cuenco de latón que su abuelo había puesto ahí cuarenta años atrás.
Nadie lo había arreglado. Nadie tenía el dinero para arreglarlo.
Damian Ravenmoor tenía veintiséis años, un título que ya no significaba nada fuera de los límites de sus propias tierras, y una pila de cartas de acreedores sobre el escritorio que crecía cada mes como algo vivo.
- Podríamos vender el ala este - dijo Halton, el mayordomo, la única persona que quedaba en la casa además de dos criadas y un jardinero que ya casi no tenía jardín que cuidar. Nadie la usa. Está cayéndose de todos modos.
- No se puede vender un ala de una casa, Halton.
- Se puede vender la casa entera, milord. Es lo que yo haría, si me lo permite decir.
Damian no le permitió decirlo, aunque en el fondo sabía que Halton tenía razón.
La Casa Ravenmoor había sido, generaciones atrás, una de las familias más prósperas de la región: tierras fértiles, un título respetado, un nombre que abría puertas.
Ahora era una fachada de piedra gris sosteniendo un interior de deudas y habitaciones cerradas con llave para que nadie viera cuánto faltaba dentro de ellas.
Su padre había apostado la mitad de la fortuna familiar en inversiones que nunca dieron fruto.
Su abuelo había apostado la otra mitad, literalmente, en las mesas de juego de la capital.
A Damian solo le había quedado el título, las tierras que nadie quería comprar porque estaban demasiado cerca del Velo, y una responsabilidad que sentía como una soga alrededor del cuello cada mañana al despertar.
El Velo. Ahí estaba el verdadero problema, más allá del dinero.
Las tierras Ravenmoor lindaban con la frontera entre el mundo conocido y lo que había del otro lado, un límite que la gente de la región nombraba en susurros y evitaba después del anochecer.
Nadie compraba tierras junto al Velo. Nadie quería vivir tan cerca de algo que no podía explicarse ni controlarse.
Esa noche, como tantas otras, Damian se quedó despierto revisando números que no cuadraban de ninguna manera, sin importar cuántas veces los sumara.
La vela se consumía. El cuenco de latón seguía goteando en el ala este.
Y en algún momento, cuando ya no pudo seguir mirando las cifras sin sentir que algo dentro de él se quebraba, se puso el abrigo y salió a caminar.
No pensaba ir hacia el Velo. Se dijo eso a sí mismo mientras caminaba. Solo necesitaba aire, despejar la cabeza, alejarse de las paredes que goteaban y las cartas que se acumulaban.
Pero sus pies conocían el camino mejor que su mente admitía, y para cuando se dio cuenta de dónde estaba, ya podía ver la línea de árboles retorcidos que marcaba el límite de sus tierras y el principio de algo más.