Cartas Sobre la Mesa CAPÍTULO 08Jaque Mate
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CAPÍTULO 08Jaque Mate

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En el instante en que el revólver de Maurício Brandão escupió una llamarada naranja contra la llovizna gris del piso cincuenta y dos, no hubo cálculos tácticos en mi cabeza. No hubo análisis de riesgos ni protocolos de evacuación.

Solo existía una orden absoluta y primaria: mantener con vida a Valentina.

Me arrojé como un escudo humano en la trayectoria del proyectil. Sentí una quemadura atroz rasgarme la carne del bíceps izquierdo: la bala perforó la tela térmica de mi manga, abriendo un surco profundo antes de rebotar contra la estructura de hierro con un chasquido estridente.

El impacto me echó el brazo hacia atrás, pero el dolor físico quedó ahogado de inmediato por el rugido atronador de mi propia furia.

Brandão intentó amartillar el arma para disparar de nuevo.

No tuvo la menor oportunidad.

Me abalancé sobre él con la velocidad demoledora de un alud. Antes de que pudiera apretar el gatillo, le propiné una patada frontal que le quebró la muñeca. El revólver plateado salió despedido, describiendo un arco sobre la plataforma antes de precipitarse al vacío.

En un movimiento continuo y sin frenar la inercia, agarré a Brandão por las solapas de su traje empapado y lo estampé contra el hormigón de la pista.

El golpe le vació los pulmones con un gemido sordo.

Le clavé la rodilla en el centro de la espalda y le retorcí el brazo derecho en una llave articular que le inmovilizó el hombro como una prensa de acero.

— Se acabó, Brandão — le gruñí al oído con voz de tormenta contenida, mientras la sangre caliente de mi herida goteaba sobre su traje. — No hay más faroles. No hay más sobornos. Acabas de perderlo todo.

Brandão pataleó inútilmente contra el suelo, escupiendo maldiciones y ahogándose en los charcos que se formaban en el pavimento.

— ¡Gabriel! — El grito de Valentina rasgó el viento.

Giré la cabeza y la vi corriendo hacia mí. Cayó de rodillas en el agua a mi lado, tomándome el rostro entre sus manos temblorosas con una desesperación tan pura que borró cualquier atisbo de dolor en mi brazo. Sus ojos dorados se abrieron de par en par al ver mi manga ensangrentada.

— ¡Te han disparado por mi culpa! — sollozó, intentando frenar la hemorragia con la tela de su propia cazadora. — ¿Por qué has hecho eso, idiota arrogante? ¡Podías haber muerto!

A pesar de la lluvia que nos empapaba y del caos que nos rodeaba, esbocé una sonrisa tranquila. Levanté mi mano derecha sana y le acaricié la mejilla, retirando una lágrima mezclada con agua de lluvia.

— Ya te lo dije una vez, Valentina — murmuré con voz ronca y profunda. — Prefiero comerme diez balas en el pecho antes de que nadie te toque un solo pelo. Ahora eres toda mi vida.

Las compuertas dobles del helipuerto cedieron con un golpe seco.

Ocho agentes tácticos de la Policía Federal, con chalecos balísticos pesados, fusiles de asalto y pasamontañas negros, tomaron la pista en formación de abanico, liderados por la comisaria Marcela Albuquerque.

Al mismo tiempo, un helicóptero policial se cernió sobre el edificio, proyectando un foco de búsqueda que iluminó la plataforma como si fuera mediodía.

— ¡Policía Federal! ¡Armas al suelo! — ordenó Albuquerque por el megáfono.

Solté a Brandão solo cuando dos agentes asumieron la custodia, cerrándole los grilletes de acero reforzado en las muñecas y levantándolo del suelo sin miramientos.

— Maurício Brandão, queda detenido por delitos contra el sistema financiero, blanqueo internacional de capitales, intento de homicidio y crimen organizado — anunció la comisaria, exhibiendo la orden judicial mientras Brandão era escoltado escaleras abajo entre los agentes.

Viktor y el otro escolta fueron evacuados en camillas poco después. La tormenta empezaba a amainar sobre la torre, dejando una brisa marina limpia y el sonido distante de las sirenas en la avenida costera.

La comisaria Albuquerque se acercó, examinando mi brazo con respeto profesional.

— Magnífica reducción, D’Ávila. El juez federal acaba de ordenar la incautación de todos los bienes y el bloqueo de doscientos cincuenta millones vinculados a Brandão. El Grand Mirage está limpio. Ahora ve a que te curen ese brazo antes de que tu auditora nos demande por negligencia laboral.

Tres horas más tarde, la calma y el sosiego reinaban de nuevo en el ático presidencial del piso cincuenta.

Estaba sentado en un sillón de cuero, con el torso desnudo, mientras una médica del equipo de emergencias del hotel terminaba de suturar la herida de mi bíceps con ocho puntos limpios. El disparo solo había desgarrado el tejido superficial, sin tocar hueso ni arterias principales.

En cuanto la médica recogió su instrumental y abandonó la suite con indicaciones de reposo, Valentina echó el cerrojo y caminó hacia mí.

Se había duchado y vestía unos pantalones de vestir oscuros y una camisa de seda marfil, pero sus ojos conservaban la fiereza protectora de quien acaba de atravesar el fuego.

Se arrodilló entre mis piernas, apoyando las manos en mis rodillas, y rozó con infinita delicadeza la gasa estéril de mi brazo.

— ¿Te duele mucho todavía? — preguntó en un susurro dulce.

Le enredé los dedos en el pelo, atrayéndola suavemente hacia arriba hasta que sus labios quedaron a milímetros de los míos.

— El dolor desapareció en cuanto cruzaste esa puerta, Valentina — respondí, rozando mi nariz con la suya. — Pero si quieres seguir mirándome con esa ternura culpable, puedo hacerme el convaleciente un par de semanas más.

Valentina soltó una risa emocionada y me dio un golpe cariñoso en el hombro sano antes de besarme con devoción, un beso largo, profundo y curativo que me hizo estremecer entero.

— Mañana por la mañana tenemos la rueda de prensa con el consejo y los periodistas en el Gran Auditorio — recordó cuando nos separamos para respirar. — La directiva quiere presentar el informe forense para calmar a Wall Street y presentar la nueva estructura.

La miré a los ojos, sintiendo un orgullo inmenso en el pecho.

— Y tú estarás a mi lado, señorita Rios. Como la mujer más brillante de este país.

La mañana siguiente en el Gran Auditorio del Grand Mirage fue un acontecimiento que la costa no olvidaría jamás.

Más de doscientos periodistas de economía, cadenas de televisión internacionales y analistas financieros abarrotaban las butacas de terciopelo azul.

En el estrado, bajo pantallas de LED que proyectaban el emblema dorado del resort, los miembros del consejo de administración y los accionistas ocupaban sus asientos.

Yo vestía un traje gris marengo de Savile Row que disimulaba a la perfección el vendaje de mi brazo. A mi lado, deslumbrante con un vestido negro clásico y tacones de aguja, Valentina irradiaba una presencia regia y sofisticada.

El presidente interino del consejo concluyó su intervención entre aplausos ensordecedores:

— Gracias a la labor conjunta de nuestra división de seguridad corporativa y a la extraordinaria pericia forense de la consultora sénior Valentina Rios, la trama criminal para saquear doscientos veinticuatro millones de dólares ha quedado desarticulada antes de la apertura de los mercados europeos.

Todos los activos han sido recuperados, Maurício Brandão está en prisión y nuestra fusión internacional queda formalmente garantizada con la máxima nota de integridad institucional.

Los aplausos resonaron en la sala, y decenas de reporteros levantaron la mano pidiendo turno de palabra.

El presidente me cedió el atril principal frente a los micrófonos.

Me ajusté la corbata y caminé hacia el centro del escenario. Los flashes de las cámaras estallaban sin descanso en un mar de destellos blancos.

— ¡Señor D’Ávila! — gritó un corresponsal de una cadena económica de São Paulo.

— ¡Corren rumores insistentes sobre un romance apasionado entre usted y la señorita Rios en las suites del complejo durante el torneo de baccarat!

¿Todo formaba parte de una operación secreta de infiltración?

¿Fue un farol calculado para engañar a Brandão?

Un silencio expectante inundó el auditorio. Los consejeros me miraron con tensión diplomática, aguardando la respuesta protocolaria, fría y comedida de un veterano director de seguridad.

Miré los micrófonos. Luego, giré la cabeza hacia el lateral del escenario y busqué a Valentina.

Me miraba con una chispa divertida en los ojos y los labios entreabiertos, deseando ver cómo el imperturbable comandante Gabriel D’Ávila salía airoso de semejante aprieto ante la prensa internacional.

Tomé aire, me aparté del atril y apagué el micrófono.

Bajé los escalones del escenario y caminé con paso decidido hacia Valentina, ignorando los murmullos de asombro que comenzaron a estallar en las primeras filas de periodistas.

Me detuve ante ella. Sin pedir permiso, sin que me importaran las doscientas cámaras disparando en ráfaga y sin darle la menor importancia al manual corporativo, deslicé mi mano firme alrededor de su cintura y la atraje con fuerza contra mi pecho.

Valentina soltó un suspiro ahogado, pero sus ojos brillaron con una alegría incontenible.

Con mi mano libre, le sostuve la barbilla con dulzura y acerqué mi rostro.

La besé.

Fue un beso apasionado, cinematográfico, ardiente y sincero, que rompió todas las normas protocolarias de la historia del complejo.

Mis labios tomaron los suyos con una entrega protectora que hizo contener el aliento a todo el auditorio durante unos segundos gloriosos, antes de que una marea de flashes convirtiera el escenario en un resplandor blanco ininterrumpido.

Cuando finalmente me aparté, Valentina tenía las mejillas encendidas, la respiración entrecortada y una sonrisa deslumbrante que iluminaba todo mi universo.

Manteniendo mi brazo firme alrededor de su cintura, me volví hacia los periodistas y señalé el atril, con mi voz resonando clara y rotunda en toda la sala:

— El único farol de toda mi vida fue fingir que no estaba locamente enamorado de esta mujer desde el primer segundo en que entró en este hotel. El caso de fraude está cerrado. Pero Valentina Rios es la única apuesta de la que jamás me retiraré.

El Gran Auditorio estalló en una ovación atronadora de aplausos, vítores y felicitaciones.

Los accionistas se pusieron en pie para aplaudir, los flashes brillaron como fuegos artificiales y, mientras el país entero contemplaba nuestra victoria en directo por televisión, estreché a Valentina contra mi pecho sabiendo, con absoluta certeza, que habíamos dado jaque mate al destino.