Cartas Sobre la Mesa CAPÍTULO 07Emboscada en el Helipuerto
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CAPÍTULO 07Emboscada en el Helipuerto

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El aire en el piso cincuenta y dos del Grand Mirage sabía a metal oxidado por la altitud y a la violencia descarnada de una tormenta marina a punto de estallar.

El viento aullaba a través de las celosías de acero de la torre sur con rachas de más de setenta kilómetros por hora, haciendo vibrar las planchas de la plataforma bajo mis botas.

Sobre nuestras cabezas, las turbinas de un helicóptero bimotor Bell 429 rugían ensordecedoras, con las palas de fibra de carbono hendiendo el cielo plomizo como guadañas colosales.

Apreté la empuñadura de la pistola subcompacta que Gabriel me había entregado, manteniendo el dedo índice extendido a lo largo del armazón tal como me habían enseñado en los cursos de tiro defensivo.

Tenía los sentidos hiperalerta: cada crujido metálico, cada gota de lluvia helada que me golpeaba el rostro y el hedor del queroseno quemado quedaban grabados en mi mente con precisión milimétrica.

Gabriel avanzaba dos pasos por delante, moviéndose agazapado con la soltura de quien ha nacido para el combate bajo fuego enemigo.

Llevaba la Glock levantada a la altura de los ojos, los hombros tensos bajo su camiseta oscura y la furia en sus ojos grises lista para aniquilar cualquier obstáculo que se interpusiera en nuestro camino.

— ¡Está en la plataforma superior! — gritó Gabriel por encima del rugido de los motores, señalando la escalera de acero que subía hacia la pista de aterrizaje. — ¡Cabeza abajo!

Cruzamos la compuerta de presurización y salimos a la pasarela exterior.

Fue entonces cuando estalló el primer fogonazo.

Una ráfaga de subfusil impactó contra la barandilla de hierro a escasos centímetros de mi hombro, levantando chispas y esquirlas de pintura que me quemaron la manga.

Un tirador encapuchado, apostado tras los depósitos de combustible de reserva, disparaba en ráfagas cortas para cubrir el embarque de Brandão.

La reacción de Gabriel fue fulminante.

Sin vacilar un segundo, se lanzó hacia adelante en el instante exacto en que el tirador corregía el encare.

Dos disparos secos y amortiguados de la Glock de Gabriel silenciaron el viento: el primero dio en el hombro del atacante y el segundo arrancó el arma de sus manos contra la reja.

El hombre cayó hacia atrás, neutralizado antes de entender de dónde venía el contraataque.

Pero antes de que Gabriel pudiera tomar la escalera principal, el segundo escolta de Brandão arrojó un bote de humo y aturdimiento en mitad de la pasarela.

La detonación fue un estruendo blanco y cegador.

La onda de choque me arrojó contra el muro de hormigón, sacándome el aire de los pulmones mientras una densa nube de humo químico gris borraba el espacio entre Gabriel y yo.

El zumbido en mis oídos ahogó sus advertencias, y solo alcancé a ver su silueta corpulenta bloqueada momentáneamente por la estructura rota.

Fue en ese segundo de ceguera cuando la trampa se cerró.

Una mano brutal se cerró alrededor de mi muñeca derecha, retorciéndome la articulación con saña hasta que la pistola cayó de mis dedos entumecidos sobre la rejilla de metal. Un tirón violento me sacó de la humareda y me estampó de bruces contra Maurício Brandão.

El consejero ya no parecía el magnate sofisticado que fumaba puros en el Salón Dorado.

Llevaba el traje empapado de lluvia y sudor, el pelo canoso pegado a la frente y los ojos desorbitados por una desesperación asesina.

Bajo el brazo izquierdo apretaba el maletín de cuero con los discos de seguridad; con la mano derecha me encañonaba la sien con un revólver plateado.

Detrás de él, Viktor — su matón principal, una mole con el rostro marcado por cicatrices — cubría la retirada con una automática.

— La heredera del campo... — escupió Brandão, salpicándome de lluvia mientras me clavaba los dedos en la carne con odio ciego.

— ¡Debí saberlo en cuanto te sentaste a mirar mis fichas con esa sonrisa estúpida!

¡Eres la rata de los accionistas! ¡Tú pinchaste mis servidores y congelaste mis cuentas en Suiza!

El dolor en mi muñeca era agudo, pero la rabia que me subió por la garganta lo eclipsó por completo. Me negué a retroceder. Le clavé los ojos con todo el desprecio que albergaba mi alma.

— Tu imperio se ha derrumbado, Brandão — le espeté con voz firme a pesar de la lluvia.

— La Policía Federal está en el vestíbulo.

Tus cuentas en Panamá, Belice y Caimán han sido intervenidas por orden judicial.

¡Estás en la ruina, estás acabado y vas a pudrirte en una celda de máxima seguridad el resto de tus días!

Una mueca deformó el rostro de Brandão. Apretó el cañón de acero contra mi cabeza.

— Puede que me tengan acorralado, desgraciada, ¡pero tú te subes a ese helicóptero conmigo ahora mismo!

— chilló por encima del viento de las hélices.

— ¡Eres mi salvoconducto para cruzar la frontera!

¡Si intentan derribarme, te vuelo los sesos y tiro tu cadáver al Atlántico! ¡Muévela hacia la cabina, Viktor!

El gigante Viktor estiró sus manazas para agarrarme por el cuello y arrastrarme por la escalera como a una muñeca de trapo.

Pensaban que era una contable indefensa que solo sabía mirar balances.

Cometieron el peor error de sus vidas.

En el instante en que Viktor se inclinó para sujetarme, bajé mi centro de gravedad. Girando las caderas con toda la fuerza de mi cuerpo, descargué un codazo ascendente directo al plexo solar de Brandão.

El aire salió de los pulmones del consejero en una arcada seca. Sus dedos aflojaron mi muñeca durante una fracción de segundo, el tiempo justo que necesitaba. Sin dudarlo, lancé una patada lateral con la punta reforzada de mi bota contra la rodilla izquierda de Viktor.

El chasquido del ligamento partiéndose sonó nítido sobre el metal. Viktor rugió de dolor y cayó sobre una rodilla.

Brandão se tambaleó hacia atrás, perdiendo el equilibrio.

El maletín de cuero se le escurrió de los brazos y reventó contra el suelo mojado; impulsados por el torbellino de aire del rotor, cientos de documentos, hojas de cálculo y dos discos duros salieron disparados por los aires,

dispersándose como hojas secas en el cielo tormentoso de Balneário Camboriú.

— ¡Mis archivos! ¡No! — aulló Brandão fuera de sí, arrastrándose por el suelo para atrapar los papeles que se perdían en el mar.

Pero la victoria tuvo un precio inmediato.

Viktor, poseído por una furia homicida, logró incorporarse sobre la pierna sana. Sacó de su cinto un cuchillo táctico de combate — una hoja negra curvada de veinte centímetros — y se abalanzó sobre mí, cortando el aire en dirección a mi cuello.

Estaba desarmada. Acorralada contra la barandilla, sin espacio para esquivar el golpe.

Entonces el cielo se vino abajo.

Una figura emergió de la cortina de humo con la fuerza devastadora de un tren de mercancías.

Gabriel D’Ávila no disparó. Convirtió su propio cuerpo en un proyectil de impacto puro. Chocó contra Viktor con los hombros, y el estruendo de los dos colosos colisionando resonó en la estructura como un choque automovilístico a alta velocidad.

El cuchillo de combate salió volando de la mano del mercenario, perdiéndose en el abismo de cincuenta pisos.

Gabriel no le concedió ni un respiro. Sus ojos plateados ya no eran los de un ejecutivo; eran los de un depredador enfurecido cuya única obsesión era despedazar a quien se había atrevido a amenazar a la mujer que amaba.

Con una ferocidad clínica y aterradora, Gabriel sujetó la cabeza del matón con ambas manos y le propinó un rodillazo brutal en la mandíbula.

El sonido del hueso quebrando fue seguido por dos ganchos devastadores a la sien.

Viktor se desplomó inconsciente en el suelo con el peso inerte de un saco de plomo.

Gabriel se giró despacio. Su pecho subía y bajaba con violencia, tenía los nudillos ensangrentados y el pelo empapado pegado a la frente.

Sus ojos buscaron los míos entre la lluvia.

— ¿Estás bien? — bramó, con su voz cortando el zumbido de las turbinas.

— ¡Estoy entera, Gabriel! — grité de vuelta, temblando por la descarga de adrenalina.

Pero antes de que pudiera dar un paso hacia mí, un movimiento histérico a nuestra espalda rompió el momento.

Maurício Brandão, de rodillas en el suelo, levantó el revólver plateado con ambas manos temblorosas. El cañón osciló entre Gabriel y yo, con los ojos del traidor inyectados en sangre.

— ¡Si yo me hundo, ustedes se queman conmigo en el infierno! — chilló Brandão, con el dedo curvándose sobre el gatillo, apuntando directamente a mi pecho.

El tiempo se detuvo.

Vi el fogonazo naranja iluminar la lluvia.

Pero antes de que la bala pudiera recorrer la distancia que nos separaba, la muralla viva de Gabriel D’Ávila ya se había interpuesto entre el disparo y mi cuerpo.