Cartas Sobre la Mesa CAPÍTULO 04Infiltración en la Madrugada
44%

CAPÍTULO 04Infiltración en la Madrugada

♦ ♦ ♦

A las dos y cuarenta y cinco de la madrugada, el complejo del Grand Mirage era un coloso dormido bajo el manto denso de la bruma costera.

Las risas embriagadas de la alta sociedad habían desaparecido de los salones dorados, las arañas estaban apagadas y solo el zumbido monótono del aire acondicionado y el embate del Atlántico contra los espigones de la bahía cortaban la frialdad de la noche.

En la sala del ático presidencial, el brillo de las sedas y los diamantes había dado paso a la disciplina implacable de la preparación táctica.

Me había quitado el esmoquin y llevaba pantalones de combate antidesgarro negros, botas tácticas de suela silenciosa y una camiseta térmica oscura y ceñida que marcaba cada músculo de mi torso.

En el pecho ajusté el arnés con mi Glock 19 con silenciador de titanio y dos cargadores adicionales.

En la mesa de centro de mármol negro, alineé el decodificador de pulsos y tres memorias cifradas de grado militar.

Escuché pasos amortiguados y levanté la vista.

Valentina acababa de salir del segundo vestidor.

Había cambiado el deslumbrante vestido esmeralda por unos pantalones tácticos ceñidos que dibujaban las curvas de sus piernas largas, una camiseta negra de cuello alto y guantes de tiro sin dedos.

Llevaba el pelo recogido en una trenza prieta que dejaba la línea limpia de su garganta al descubierto.

No llevaba ni una gota de maquillaje, pero la intensidad de sus ojos oscuros en la penumbra brillaba con una determinación tan gélida que me cortó la respiración.

— No me mires como si estuvieras esperando que me tropiece con mis propias botas, Gabriel — murmuró ella, cogiendo una de las memorias cifradas y encajándola en su muñequera.

— Hice simulaciones de extracción con instructores de inteligencia en Múnich.

Sé moverme en la oscuridad sin hacer vibrar el suelo.

Me acerqué a ella con pasos silenciosos, deteniéndome a medio metro de su silueta.

— Un aula en Múnich no es la entreplanta de un magnate que contrata mercenarios serbios para limpiar sus huellas, Valentina — respondí en voz baja y pausada, ajustando la trabilla de su antebrazo.

Mis dedos rozaron la piel suave de su muñeca, notando el latido rápido y firme bajo su piel.

— En cuanto crucemos la puerta de servicio, no te apartas más de dos pasos de mí.

Si la situación se tuerce, tu única tarea es correr hacia las escaleras de incendios mientras yo contengo el perímetro. ¿Entendido?

Valentina levantó la barbilla, sosteniéndome la mirada con su habitual chispa desafiante.

— Yo no abandono a mis compañeros en territorio hostil, director. Si caes, te saco a rastras aunque tenga que arrastrar tus noventa kilos por los conductos de ventilación.

Una sonrisa oscura curvó mis labios. Había un coraje indómito en esa mujer que me desarmaba y, al mismo tiempo, despertaba en mí un instinto protector feroz que llevaba años dormido.

— Esperemos que no tengas que poner a prueba la fuerza de tus brazos, señorita Rios — susurré, abriendo la puerta blindada de servicio. — Hora de cazar.

El descenso fue una lección de sigilo militar. Evitamos los ascensores con lectores biométricos y bajamos por las escaleras de emergencia hasta los túneles de mantenimiento del cuadrante norte, donde los sensores térmicos habían sido puenteados por mi algoritmo en la central de seguridad.

En cada tramo, en cada escalón que descendíamos en el silencio espectral del edificio, sentía a Valentina pegada a mi espalda. Se movía como una sombra: pisadas ligeras, respiración acompasada, leyendo mis señas como si lleváramos toda la vida operando juntos.

A las tres y cuarto, alcanzamos la puerta de servicio que daba acceso a la entreplanta del cuarto piso.

Deslicé la sonda óptica de fibra de vidrio bajo la rendija metálica. En el monitor diminuto de mi palma, el pasillo de moqueta estaba desierto. Dos cámaras giraban en intervalos de cuarenta segundos.

— Cuarenta segundos de punto ciego en la cámara dos — susurré contra la oreja de Valentina. — El despacho privado de Brandão está al fondo a la derecha, tras las puertas de cristal esmerilado con teclado numérico.

— El módulo de bypass está listo — respondió ella en un murmullo imperceptible, sosteniendo el cable plano con conector magnético. — Necesito tres minutos de conexión limpia para clonar el disco y romper la clave privada.

— Tendrás tus tres minutos.

Abrí la puerta sin hacer el más mínimo ruido.

Nos deslizamos por el pasillo en un movimiento limpio y sincronizado, cruzando el área de barrido dentro de la ventana calculada.

En la puerta de Brandão, inserté el dispositivo de pulso electromagnético en la cerradura y accioné la inversión de polaridad.

El chasquido del electroimán cediendo sonó seco en el silencio de la madrugada.

Entramos en el despacho y cerré la puerta tras de nosotros, asegurando el cerrojo interior. El espacio olía a cuero curtido, caoba y al tabaco dulce de los puros de Brandão.

Valentina no vaciló ni un instante. Se deslizó tras el escritorio, se arrodilló ante el bastidor del servidor y acopló la sonda al bus de datos principal. La pantalla de su unidad se iluminó en un verde esmeralda brillante, volcando líneas infinitas de código hexadecimal.

— Conexión establecida — susurró, con los dedos volando sobre el teclado portátil. — Rompiendo el cortafuegos SHA-256... Diez segundos.

Me quedé de espaldas a ella, apostado junto al ventanal que daba a la marina en sombras, con la mano derecha apoyada en la culata de la Glock. Mis ojos escaneaban el cristal esmerilado hacia el pasillo, con todos los sentidos en alerta máxima.

— Veinte por ciento — avisó ella, con la respiración contenida por la tensión.

— He localizado las particiones ocultas.

Sociedades fantasma en Belice y Panamá...

Desvíos cruzados con los fondos del casino...

Gabriel, es mucho peor de lo que creíamos.

No son solo doscientos millones. Hay una segunda transferencia de cien millones programada para las cuatro de la mañana, en cuanto cuadren las apuestas de la noche.

— Quiere vaciar la tesorería antes de que la auditoría internacional intervenga la semana que viene — gruñí, apretando la mandíbula. — ¿Cuánto falta para completar la descarga con sus firmas digitales?

— Sesenta y cinco por ciento... Cuarenta segundos más...

De pronto, el canal cifrado en mi oído emitió un pitido rítmico y urgente.

Tres sombras se recortaron tras el cristal esmerilado del pasillo exterior.

— Tenemos compañía — susurré tensando el cuerpo, quitando el seguro del arma con un clic sordo. — La escolta privada de Brandão. Tres hombres armados con subfusiles compactos.

— ¡Ochenta y cinco por ciento! — siseó Valentina con voz tensa. — ¡No puedo cortar la transmisión o se corromperán los paquetes de datos! ¡Quince segundos!

El sonido de botas pesadas sobre la moqueta se acercaba a toda prisa. El haz de una linterna táctica barrió la puerta del despacho.

— Noventa y dos por ciento... Noventa y ocho... ¡Listo! — Valentina desconectó el cable con un tirón certero y se guardó la memoria en el bolsillo.

El picaporte exterior giró con violencia. Alguien empujó el cristal encontrándose con el pestillo manual.

— ¿Qué demonios? La oficina del doctor Brandão debería estar abierta para la limpieza — gruñó una voz áspera en español al otro lado. — Pide la tarjeta maestra al supervisor.

— Espera, he oído algo dentro — cortó otra voz. — Apártate. Voy a reventar la cerradura.

No había tiempo para alcanzar las ventanas ni el falso techo.

Agarré a Valentina por el antebrazo y la empujé hacia el rincón más oscuro del despacho, donde un estrecho armario metálico de chapa perforada alojaba los mazos de fibra óptica.

La metí dentro del minúsculo espacio y entré de inmediato tras ella, tirando de la portezuela hasta que el pestillo encajó sin hacer ruido.

El espacio interior medía menos de un metro cuadrado.

Para caber entre los conductos de ventilación y los cables, nuestros cuerpos quedaron pegados sin un milímetro de separación.

Valentina estaba de espaldas contra la pared de hormigón, y mi torso musculoso quedó aplastado directamente contra sus pechos, con mis caderas inmovilizando las suyas.

Para evitar que respirara con fuerza o se moviera, pasé mi brazo izquierdo alrededor de su cintura, apretándola contra mí, mientras mi mano derecha apuntaba la Glock hacia las perforaciones del metal, listo para abrir fuego si nos descubrían.

La puerta del despacho se abrió de golpe con un estruendo de madera y cristales rotos.

Los haces de las linternas inundaron la habitación, cortando la penumbra con movimientos erráticos. Dos pares de botas pesadas pisaron los cristales a escasos dos metros de donde estábamos agazapados.

Dentro del armario, el aire se volvió sofocante y ardiente.

El aliento agitado de Valentina chocaba contra la curva de mi cuello, y cada exhalación suya enviaba una descarga eléctrica que me quemaba bajo la piel.

Sus manos enfundadas en guantes estaban apoyadas de lleno contra mi pecho, sus dedos aferrándose a mi camiseta térmica, sintiendo el martilleo ensordecedor de mi propio corazón desbocado.

Podía sentir cada curva de su cuerpo moldeada contra el mío: la línea de sus caderas, la presión suave de su pecho subiendo y bajando contra el mío, el aroma embriagador a vainilla y adrenalina pura que emanaba de su cuello a milímetros de mi boca.

Sus ojos buscaron los míos a través de las rendijas de luz. Había miedo en ellos, sí, pero bajo ese miedo ardía algo mucho más salvaje e incontrolable: una tensión voraz que amenazaba con devorarnos a los dos.

Acerqué mi rostro al suyo, rozando con mis labios la piel suave de su sien.

— No te muevas — susurré con un soplo imperceptible, rozando su pelo. — Deja que se marchen.

Valentina tragó saliva. La curva de su garganta se movió contra mi clavícula.

En vez de apartarse, ladeó ligeramente la cabeza, dejando que su respiración caliente chocara contra la comisura de mis labios.

La cercanía física era una tortura insoportable que superaba cualquier peligro de tiroteo.

Si esos guardias no se largaban en treinta segundos, no estaba seguro de poder mantener las manos quietas.

— La mesa está revuelta, pero el servidor parece entero — comentó uno de los guardias junto a nuestro escondite. — Habrá sido algún limpiador intentando robar puros. Avisemos al jefe en el casino y doblemos la guardia en el ático.

— Venga, vámonos. No me gusta este sitio a oscuras — refunfuñó el otro.

Las pisadas se alejaron por el pasillo. La puerta exterior se cerró, el cerrojo encajó y un silencio absoluto volvió a reinar en el despacho.

Se habían marchado. Estábamos a salvo.

Pero dentro del estrecho armario de cables, ninguno de los dos se movió.

Las manos de Valentina no se apartaron de mi pecho. Al contrario: sus dedos se deslizaron hacia arriba, acariciando la tensión de mis hombros hasta enredarse en la base de mi nuca.

Bajé la mirada, contemplando su boca entreabierta en la oscuridad, húmeda y apetecible, a escasos milímetros de la mía. Toda la disciplina militar que creía poseer, todas las reglas profesionales y la línea imaginaria que había marcado en el ático saltaron por los aires como cristal hecho añicos.

— Gabriel... — murmuró ella con voz entrecortada, en un susurro que sonaba a súplica y a desafío a partes iguales.

Apreté los dedos en su cintura, atrayendo sus caderas todavía más contra las mías, sintiendo cómo el calor de su cuerpo derretía las últimas barreras de mi cordura.

— Si nos quedamos aquí dentro diez segundos más, Valentina — gruñí con voz ronca de puro deseo, rozando sus labios al hablar —, nos olvidamos de la auditoría, nos olvidamos de Brandão y quemamos este resort entero hasta los cimientos.

Sus ojos brillaron en la oscuridad con un fulgor ardiente y temerario.

— Pues sácame de aquí, Gabriel — susurró ella, rozando mi boca en un contacto eléctrico que casi me hizo perder el control. — Porque si vamos a arder, quiero estar en lo más alto de esa torre contigo.

Solté un suspiro entrecortado, empujé la portezuela de metal y la saqué, entrelazando mis dedos con los suyos con fuerza mientras echábamos a correr hacia las sombras de las escaleras.

Habíamos ganado la extracción de los datos, pero la verdadera batalla — la que libraban mi control y la obsesión incontrolable que sentía por Valentina Rios — acababa de perderse irremediablemente.