LOLA
El juez acababa de reconocer la paternidad de Faysal sobre Mohammed y, tal y como le había prometido Silverio a Lola, la patria potestad había pasado a ser compartida, aunque la custodia seguía siendo de Lola, que hasta la mayoría de edad de su hijo estaría en posesión de su pasaporte.
El magistrado también había estipulado una pensión alimenticia (de hecho Lola ya la había empezado a recibir en su cuenta bancaria), y a partir de entonces el padre podría visitar al niño, siempre dentro del territorio español, tres días consecutivos cada mes,
dos periodos de diez días cada uno durante las vacaciones escolares y cuatro semanas seguidas durante el verano.
Habían pasado casi ocho meses desde que Faysal había interpuesto la demanda (la justicia en España es lenta pero segura), y habían pasado muchas cosas en esos ocho meses en la vida de Lola Goizueta.
Al día siguiente, viernes, volvería a ver después de casi trece años a Faysal al Mubarak cuando, a las seis en punto de la tarde en el domicilio de la calle del Parque de la urbanización Ciudad Santo Domingo de Algete, conocería a su hijo Mohammed,
con el que pasaría el fin de semana completo hasta el lunes a las nueve y media de la mañana, en que lo dejaría directamente en el colegio británico de La Moraleja.
Eso era lo que había estipulado el juez y eso era exactamente lo que iba a hacerse, porque los dos progenitores, que habían dejado todo el proceso legal en manos de sus respectivos abogados sin querer tener ningún tipo de contacto personal hasta el momento,
habían respetado escrupulosamente la letra y el espíritu de la ley española sin que nunca hubiera sido necesaria la intervención de los guardaespaldas que, durante todos esos meses, habían seguido cada paso que daba el hijo de Lola y Faysal, y que lo seguirían haciendo a partir de entonces,
por expreso y no confesado deseo de Lola, ni siquiera a su representante legal, aunque evidentemente a partir de ese día de manera mucho más discreta.
Durante ese tiempo se había publicado, bajo seudónimo, la novela Cartas desde Dubái, que había gozado de un más que moderado éxito de ventas y había ayudado en gran medida a sus tres hijos a comprender el abandono de Lola al padre de Mohammed y la drástica huida a España.
La editorial estaba a punto de cerrar un sustancioso acuerdo económico para todas las partes implicadas con una productora de cine y televisión que estaba interesada en adquirir los derechos de explotación audiovisual de aquella «exótica y original historia de amor a caballo entre Oriente y
Occidente» (así la habían calificado en las páginas de crítica literaria de uno de los mayores diarios de tirada nacional) y Lola, contando con los inesperados ingresos que este contrato le iba a reportar,
ya tenía preparado un concienzudo y detallado informe sobre el uso que había dado a los diez millones de dólares de Faysal para entregárselo y devolverle todo el dinero (la inmensa mayoría) que había sobrado y que ya no iba a necesitar.
Así se lo había prometido a sí misma doce años atrás y eso es lo que iba a hacer al día siguiente a las seis en punto de la tarde cuando Faysal llamara a su puerta.
Además, tenía preparada una traducción en inglés de su libro, que había impreso y encuadernado con mucho cariño con una foto de ambos en la portada, para ofrecérsela y poder explicarle así por qué no tuvo más remedio que renunciar a su amor,
para que supiera el daño que su madre le había hecho a sus espaldas, para que entendiera por qué lo quiso tanto y tan profundamente pero no pudo seguir luchando…
, para pedirle perdón, en definitiva, por haberle robado a su hijo.
Sin embargo, algunas veces por suerte y casi siempre por desgracia, los planes que uno se traza mentalmente no se hacen realidad.
De nada sirve escribir una hoja de ruta o un plan de vuelo cuando de nuestra propia biografía se trata, porque la vida es caprichosa e impredecible, y tiende a trastocar cualquier boceto por muy bien dibujado que esté y cualquier anhelo por muy bienintencionado que sea.
La vida es como un tsunami que lo arrasa todo cuando le viene en gana, aunque haya escasísimas ocasiones en las que Dios escribe derecho con renglones torcidos.
Las visitas a Pilar, la encantadora doctora de cabecera del ambulatorio de la Seguridad Social de la urbanización, y a Esther, la guapísima farmacéutica, se habían acortado en el tiempo en las últimas semanas.
Lola sabía que el momento de ver a Faysal estaba cada vez más cerca, y ya solo podía atajar su ansiedad con orfidales y cervezas.
Quien tiene una adicción (nunca suele ser solo una), debe aprender a controlarla y a vivir con ella de la mejor manera posible, pero también debe resignarse a asumir que siempre estará ahí, como un virus que asoma la cabeza cuando uno se encuentra más débil.
Aquella noche, después de acostar a su hijo pequeño, que estaba absolutamente emocionado y feliz por conocer por fin a su querido padre, se bebió una botella entera de Vega Sicilia Único (era el primer y único despilfarro que en doce años iba a hacer con los millones de Faysal),
un Lexatin y un Orfidal y medio para tratar de conciliar el sueño.
Se despertó al día siguiente con dolor de cabeza y la conciencia algo nublada por las tinieblas y los esperpénticos sueños que no era capaz de recordar (para eso servían, entre otras cosas, los hipnóticos) pero que estaban ahí, en algún rincón escondido de su memoria.
No obstante, hizo lo que tenía que hacer.
Se tomó un té negro bien cargado y dos Enantyum y, como cada mañana, llevó a su hijo al colegio dándole el beso más cariñoso que nunca le había dado hasta entonces,
mientras le revolvía el pelo negro lleno de rizos que le había costado tanto trabajo enderezar con agua de colonia hacía tan solo unos minutos.
También acudió puntual a su cita en la peluquería, donde se dejó llevar por las manos profesionales de las chicas, que le hicieron un tratamiento facial con vitamina C (fundamental para borrar la opacidad de la piel y darle brillo, le habían asegurado), manicura, pedicura, mechas, corte,
mascarilla capilar y hasta maquillaje.
Necesitaba no tener tiempo para pensar en nada hasta las seis de la tarde, y esa fue la única forma que se le ocurrió.
Cuando Lola, con un discreto pero elegantísimo vestido negro (no era el momento de acordarse de qué marca era) y Mohammed, que se había empeñado en ponerse traje y corbata para estar a la altura del solemne momento,
esperaban abrazados en la cocina y oyeron el motor del coche aparcar tras la valla de piedra (habían dejado la ventana abierta aposta), los dos apretaron sus manos y se desearon mucha suerte con lágrimas en los ojos,
mientras esperaban unos segundos (no más de dos o tres) antes de salir a abrir la puerta después de que sonara el timbre de la entrada.
—¿Papá?… —preguntó Mohammed muy confundido cuando tras el umbral contempló a aquel hombre calvo, gordo, grasiento, con tupido y poco cuidado bigote y pésimamente vestido. Por primera vez en su vida los Reyes Magos le habían traído solo carbón…
—No, mi vida, este señor no es tu padre —lo tranquilizó Lola al contemplar esa profunda decepción pintada en los ojos negros más bonitos del mundo que el pobre niño trataba de disimular como podía, que para algo había sido perfectamente educado por su mamá—.
Buenas tardes, Roberto, se acuerda usted de mí, ¿verdad?
—la pregunta era obviamente retórica después de que ese detective de tres al cuarto la hubiera espiado durante tres años—.
Si es tan amable, me encantaría que me explicara por qué el señor Al Mubarak no ha venido a recoger a su hijo y, sobre todo, quién le autoriza a llevarse a Mohammed, que es menor de edad y a quien bajo ningún concepto le voy a permitir que se vaya con usted ni hoy ni nunca,
no le quepa la menor duda de ello.
Entonces el plagio cutre de José Luis López Vázquez, con una sonrisa de prepotencia que solo puede ser fruto de un complejo social cocinado desde la infancia, exhibió ese apoderamiento especial rubricado por su señoría.
—El señor Faysal al Mubarak no desea tener ningún contacto personal con la madre de su hijo, ni hoy ni nunca, y yo estoy autorizado legalmente para recogerlo en cada visita estipulada por el juez para conducirlo a ver a su padre, que lo está esperando en el hotel Ritz.
Lola quiso morirse en el instante en que comprobó que el apoderamiento en cuestión tenía todos los sellos y firmas reglamentarias. «Con la Iglesia hemos topado», tuvo que admitir, más que nada porque no le quedaba otra.