Cartas desde Dubái FAYSAL
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FAYSAL

Le habían hablado muchas veces de las magníficas vistas de la terraza de ese lujoso hotel situado en pleno casco histórico madrileño, y la verdad es que eran de una belleza de las que quitan el sentido, igual que la de Lola Goizueta,

la mujer de los ojos grises que cambian de color a la que durante casi trece años no había dejado de recordar ni un solo día.

A esas horas tan tempranas no había nadie, de hecho ni siquiera estaba abierta la barra del bar, así que Faysal, que había acudido a la cita casi media hora antes de lo previsto, se sentó en uno de los comodísimos sillones blancos,

sacó la carta que habían dejado a su nombre en la recepción del hotel Ritz el día anterior mientras trataba de apurar las últimas horas del primer fin de semana que había pasado con su hijo, y la volvió a leer una vez más.

Se parecía mucho a aquella que él mismo había escrito a Lola el día que cumplió cuarenta años, e incluso la española había repetido algunas frases como la de «te suplico que aunque me odies, me permitas verte una sola vez más, solo una»,

o «no te pido que me perdones porque sé que eso es imposible pero, por favor, déjame decirte cuánto lo siento».

De hecho, la misiva terminaba, excepto en los detalles espaciales o temporales, prácticamente del mismo modo:

«Estaré el lunes a las once de la mañana en la terraza del hotel Meliá Reina Victoria, pero volveré el siguiente mes; volveré todos los lunes después de que hayas disfrutado de tu fin de semana con nuestro querido hijo,

y lo haré el resto de mi vida hasta que un día te apiades de mí y escuches de mis propios labios esa palabra que tanto necesito decirte: Perdón.»

Siempre tuya,

LolaCuando la vio llegar, más guapa que nunca a pesar de los años, llevando el maletín de cuero que él mismo le había regalado en aquel lejano cumpleaños, y se acercó a él con una tímida sonrisa y los ojos acuosos de un verde brillante, Faysal supo que si la dejaba pronunciar una palabra,

aunque solo fuera una, estaría perdido, así que le sujetó la cara para darle un último beso en esos labios que siempre lo habían vuelto loco e hizo lo que tenía que hacer.

La levantó en brazos y la tiró desde la azotea hasta que contempló desde arriba su cuerpo aplastado sobre el asfalto.

Después salió de allí con paso muy tranquilo abandonando la bolsa de Loewe, que contenía la traducción de la novela y el informe de gastos, pero que nunca llegó a abrir.

Se fue directamente al aeropuerto y jamás volvió a pisar Madrid, cuando Mohammed se fue a vivir a Dubái (tras el «suicidio» de Lola el juez le otorgó inmediatamente a él la custodia), el niño tuvo que hacer ese viaje solo.

FIN

Dubái, septiembre de 2015/diciembre de 2016