FAYSAL
Lo intentó. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero no pudo hacerlo solo, que es como él hubiera deseado, así que al final no tuvo más remedio que buscar ayuda.
Faysal dejó la gestión del día a día de la empresa familiar de manera temporal en manos de su hermano e ingresó por voluntad propia en una clínica de rehabilitación en medio de la nieve de las montañas suizas.
Se inventó un cáncer de próstata (así mataba dos pájaros de un tiro con su mujer) y una intervención quirúrgica de urgencia que iba a requerir un largo periodo de reposo en el que no deseaba recibir visitas.
Ranaa, como siempre, lo comprendió y respetó sus deseos.
Fueron semanas muy duras para Faysal en las que, lejos de la vorágine de Dubái, tuvo tiempo más que de sobra para reflexionar sobre el ser miserable en que se había transformado en los últimos doce años y el peligrosísimo parque de atracciones de alto riesgo en que había convertido su existencia,
buscando sin éxito la adrenalina que le faltaba a su aburrida rutina conyugal y tratando de encontrar una vía de escape a su frustración.
Había jugado a la ruleta rusa y casi había acabado muriendo, o matando, lo cual era aún peor, en el intento.
En su inmisericorde análisis de conciencia, llegó a la conclusión de que el daño que había hecho a tantas personas inocentes no tenía perdón de Alá.
Empezando por Ranaa, a la que había apartado de su corazón desde la primera noche, desde la mismísima noche de bodas, pasando por todas esas chicas extranjeras que no se merecían el trato vejatorio que les había dado, y llegando hasta a sus propios hijos, porque,
aunque se consideraba un padre atento y cariñoso, sus monstruosas resacas le habían sustraído muchas mañanas de fin de semana de llevarlos a jugar al fútbol, o de acompañar a las niñas de compras, o simplemente de reírse con ellos,
de escuchar sus problemas escolares y de consolarlos cuando alguna amistad les daba la espalda…
Estaba profundamente avergonzado de la brutal paliza que le había dado a Irina aquella fatídica noche, de haber accedido a casarse con Ranaa por la imposición de sus padres haciéndola a ella también una desgraciada,
de haberse permitido convertirse en un adicto siendo padre de cinco hijos (acababa de enterarse de que en realidad eran seis)…
Y en esos casi dos meses de paredes blancas con olor a antiséptico, de mañanas gélidas y noches tempranas, estridentemente silenciosas y atemorizadamente oscuras, decidió tratar de enmendar, uno por uno, todos los errores cometidos.
Lo primero que hizo fue escribir una larga y sentida carta a Irina (al investigador privado que contrató para la ocasión no le resultó complicado en absoluto averiguar su dirección en Budapest) en la que le pedía perdón de todo corazón,
deseándole la máxima felicidad el resto de sus días con un cheque lleno de ceros que introdujo en el sobre antes de enviarla por correo.
El dinero no era suficiente, Faysal no era tan estúpido como para creerse esa falacia, pero ella lo necesitaba y a él le sobraba, así que quiso tener ese gesto con ella para demostrarle que, si bien ya había comprado su silencio meses atrás,
lo que quería hacerle en ese momento era un regalo con el que insistir en su arrepentimiento por todos esos correazos que le infligió de manera tan injusta, porque ese castigo no iba dirigido a ella y de eso Faysal era plenamente consciente, sobre todo ahora que tenía la mente limpia de drogas.
No era la piel de Irina la que tenía intención de magullar aquella noche.
También se prometió a sí mismo ser sincero con Ranaa.
En cuanto se curara completamente y volviera a Emiratos se sentaría con ella y le explicaría que su conducta como madre y esposa había sido irreprochable, que se había comportado como una mujer sin tacha en todo momento y lugar, pero que él no podía seguir fingiendo más.
No estaba enamorado de ella, nunca lo había estado, y continuar con esa farsa solo podría acarrear más dolor, sobre todo para ella, que no se lo merecía.
Ranaa tenía solo treinta y cinco años y si ella quería el
divorcio Faysal se lo concedería inmediatamente y con la mayor generosidad posible, poniéndole a su nombre la mitad de todos sus bienes y garantizándole que jamás le faltaría de nada.
Pero teniendo en cuenta que para una mujer musulmana divorciada y con tres hijas iba a resultar casi imposible rehacer su vida, también se mostraría dispuesto a no tener que hacerle pasar por ese desprecio social, seguirían casados y viviendo juntos si eso era lo que ella quería,
pero como dos amigos que se tienen cariño, sin las visitas forzadas a su alcoba, sin las cenas o viajes con pretensión de romanticismo y sin la humillación que supone el amor fraudulento para el que lo recibe.
En caso de que la decisión de su esposa fuera la de seguir juntos, Faysal se juró a sí mismo que por lo menos la respetaría, y el respeto empezaba por poder mirarla directamente a los ojos cada mañana con la mirada limpia de la lealtad.
Y, como no podía ser de otra manera, en aquellos larguísimos paseos con botas, bufanda y guantes por el espectacular paisaje nevado de las montañas alpinas, Faysal también pensó mucho en Lola Goizueta…, en Lola y en su hijo Mohammed.
Podían haber sido felices, inmensamente felices.
Pero no lo fueron, y en este caso Faysal sabía que la culpa había sido casi enteramente de la inefable española.
Él lo había dado todo por ella, había luchado durante meses por sacarla de la cárcel cuando en realidad no tenía ninguna obligación moral de hacerlo, le había ofrecido matrimonio y todas las comodidades de una vida de ensueño en Dubái,
había tratado de ejercer de padre lo mejor que pudo con Alejandro y Diego…
, pero de la noche a la mañana despareció de su vida sin ni siquiera darle una explicación, abandonando a sus hijos, que ya habían aprendido a quererla, con sus diez millones de dólares y un hijo suyo gestándose en su vientre.
Supo por su amiga Samira que Lola hizo las maletas y se fue porque se había enterado de su boda con Ranaa.
Pero eso no era excusa, o al menos no para Faysal.
Para empezar, porque si ella hubiera accedido a seguir con el tratamiento de fertilidad, él nunca se habría plegado al deseo de sus padres de que contrajera matrimonio de nuevo, y en eso fue completamente honesto con ella en aquella cena del Burj al Arab.
Pero es que, además, ella sabía cuánto la quería, tenía que saberlo porque él se lo había demostrado cada segundo de cada minuto de cada día que habían pasado juntos.
Era verdad que al principio fue difícil para Lola amoldarse a su cultura y costumbres, y no era menos cierto que en algunos momentos iniciales él tuvo que ser muy duro con ella, pero tenía que comprender que no había tenido opción, porque fue la propia Lola la que nunca le dio otra alternativa.
Aunque a él mismo le doliera, incluso más que a ella, tener que tratarla con esa severidad, era su obligación como marido mostrarle el camino correcto si quería que su historia de amor discurriera en el futuro por aguas tranquilas.
Y podía haber llegado a buen puerto, de eso estaba completamente seguro, pero ella escogió el camino más fácil y cómodo, el de la huida, mostrándole así la inconsistencia de su compromiso con él y con Abdul y Hassan.
Al menor problema Lola salió huyendo como lo hacen las ratas, que son siempre las primeras en abandonar el barco.
Por mucho que lo intentara, que por otra parte no tenía ninguna intención de hacerlo, no se lo podría perdonar jamás.
Pero lo peor de todo, lo que era irreversible (porque su matrimonio con Ranaa no lo era), lo que constituía un hecho de todo punto injustificable, era que le hubiera robado a su propio hijo.
Le había negado el honor y el privilegio de ser padre durante doce años, doce años de verlo crecer, de escuchar sus primeras palabras, de acompañarlo en sus primeros pasos, de enseñarle a nadar…
Doce años de consolarlo cuando lloraba por las noches, de oler su piel de bebé, de besarlo, de abrazarlo.
Lo que pudiera haber pasado entre ellos, que eran dos adultos, no podía hacérselo pagar a un niño inocente que tenía derecho a tener un padre, un buen padre como lo habría podido ser él si le hubieran dejado.
Lola le había desgarrado el corazón de parte a parte y la odiaba como nunca había odiado a nadie.
Cuando, ya completamente limpio y curado, Faysal hizo las maletas para volver a Dubái ocho semanas después, tenía las ideas muy claras. Lola le debía doce años de la vida de su hijo, y de una manera u otra, aún no sabía cómo, se lo iba a cobrar, aunque eso fuera lo último que hiciera.