Cartas desde Dubái LOLA
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LOLA

Silverio y Lola estaban comiendo en un reservado del asador El Molino de Algete.

Ella no había siquiera probado sus chuletitas de cordero, que tenían una pinta bárbara, y llevaba ya tres copas de Protos.

Su amigo la estaba poniendo al día de los últimos acontecimientos y su nerviosismo crecía por momentos.

—La verdad es que Faysal se ha dado mucha prisa en mover ficha, no esperaba que fuera a ser tan rápido…

La demanda de reclamación de paternidad ya está presentada en el juzgado y en las próximas semanas tu hijo se tendrá que someter a las pruebas biológicas de ADN.

Su abogado ha exhibido multitud de pruebas de vuestra convivencia en común en Emiratos en la época en que el niño fue concebido, con lo cual los indicios de que Mohammed puede ser suyo se sitúan dentro de la duda razonable —le explicaba el abogado sevillano.

—Pero ¿se lo va a poder llevar a Dubái? Si un juez se lo permite sé que nunca lo volveré a ver… —Tenía lágrimas en los ojos y lo miraba completamente aterrorizada.

—No, querida, quédate tranquila en ese aspecto, que de eso ya me encargo yo —la tranquilizó sintiendo una profunda lástima por su amiga, a la que la vida parecía empecinada en no darle tregua—.

Cuando la sentencia reconozca la paternidad de Faysal, le atribuirá la patria potestad compartida, pero la custodia seguirá siendo tuya.

Lo que el juez determinará será la obligación de manutención por parte del padre y establecerá su derecho de visitas —le hablaba con mucha calma para que ella entendiera cuál era exactamente el alcance de todos esos términos legales.

Se le notaba que era un gran pedagogo, por algo había conseguido la cátedra de Derecho Civil.

—Pero, Silverio, ¿y qué pasaría si en una de sus visitas se lleva a mi hijo al aeropuerto y lo monta en un avión?

—Insisto en que no debes preocuparte, Lola, que para eso ya estoy yo, para solicitar la retirada del pasaporte de Mohammed y que no haya posibilidad de que se lo lleve.

—El abogado sabía lo angustiada que estaba Lola, pero la ley estaba de su parte y eso era lo que trataba inútilmente de hacerle entender.

Por mucho dinero y poder que tuviera Faysal en su país nada de eso le iba a servir en un Estado de Derecho como el español.

—Tengo mucho miedo —le confesó—, ¿tú crees que debería contratar a un guardaespaldas para el niño?

—No, Lola, no lo va a secuestrar —le aseguró—.

Si quisiera hacerlo ya lo habría hecho. Ha optado por la vía legal, así que está claro que va a luchar por su derecho a ser su padre, pero lo está haciendo por las buenas —le aclaró—.

Y tú no puedes seguir así de preocupada, se trata de un proceso de meses, puede llevar hasta un año incluso, y tienes que tomártelo con calma si no quieres acabar como las maracas de Machín.

Tras el almuerzo, Silverio la abrazó y volvió a pedirle que confiara en él, que estaba en buenas manos y que bajo ningún concepto iba a permitir que perdiera a su hijo.

Aun así, en cuanto volvió a su casa, Lola se pasó toda la tarde contactando con diferentes empresas de seguridad personal.

No estaba dispuesta a correr ningún riesgo, no tratándose de su hijito precioso.

«Tiene gracia que vaya a ser el dinero del propio Faysal el que va a pagar los escoltas de Mohammed», pensó.