FAYSAL
Faysal llegó a su despacho al día siguiente en pésimas condiciones, oliendo a whisky, sucio, completamente alterado, con las pupilas dilatadas, sangrando por la nariz y con un sudor frío encharcándole la piel.
Al verlo de esa guisa, su abogado, Mahir al Gazali, se levantó inmediatamente de la silla en la que lo estaba esperando desde las nueve de la mañana muy asustado.
Nunca había visto a su jefe, un tipo muy tranquilo habitualmente, en ese estado de enajenación mental.
—Se llama Irina y es húngara —le dijo mostrándole una foto—.
Está ahora mismo en la habitación 313 del American Hospital y necesito que vayas inmediatamente allí, hables con ella y le ofrezcas lo que haga falta para comprar su silencio.
No me importa lo que cueste, tienes presupuesto ilimitado para ello, pero debe abandonar el país en cuanto se recupere sin pronunciar mi nombre jamás, ¿lo has entendido?
El abogado comenzó a notar la primera gota cayéndole por la frente, tenía un grave e intratable problema de sudoración corporal cada vez que se ponía nervioso; asintió con la cabeza y se quitó la chaqueta de su traje.
—¿Acaso te he dado yo permiso para que te desvistas en mi presencia?
—le espetó Faysal muy irritado—, y no te levantes porque aún no he terminado contigo —Mahir se volvió a poner la chaqueta y se sentó en aquella silla de cuero que le hacía sudar aún más—.
Una vez que el tema de la puta esté resuelto, necesito que dejes cualquier otro asunto legal del que te estés ocupando en estos momentos y te centres en mi hijo Mohammed, que tiene once años a punto de cumplir doce y vive en Madrid con su madre, Lola Goizueta.
Contrata los mejores bufetes españoles, paga detectives y haz lo que sea necesario, pero quiero a mi hijo aquí conmigo cuanto antes, así que no escatimes en gastos y mantenme informado cada semana de las gestiones que vayas realizando —le ordenó—.
Eso es todo, ya puedes irte al hospital.
En cuanto su abogado salió por la puerta, Faysal llamó a Ranaa, su esposa.
—Cariño, estoy en el aeropuerto camino de Riad.
Ha surgido un problema de último minuto con un proveedor y necesito ir personalmente a solucionarlo, pero mañana a primera hora estaré de vuelta en Dubái, y por la noche iremos a cenar a ese restaurante que tienes tantas ganas de conocer, te lo prometo.
—Claro que sí, mi amor, no sabes cuánto siento que tengas que trabajar en fin de semana, pero quédate tranquilo, que después de la mezquita me llevaré a los niños a casa de tu madre y le daré recuerdos tuyos —le contestó comprensiva y sumisa, como tenía que ser—.
Un beso y buen viaje, te echaremos mucho de menos.
Colgó, se tomó un somnífero y se fue a dormir a un hotel de cinco estrellas del centro.
No quería que sus hijos lo vieran en esas condiciones tan deplorables.
Tenía que dormir primero, recomponerse, limpiar sus neuronas de química y su sangre de alcohol para poder pensar con claridad.
Se juró a sí mismo que a partir de ese momento pondría fin a sus adicciones, a la ingesta de alcohol y otras sustancias, dejaría de salir a la caza de prostitutas y no volvería a pisar la house party.
Necesitaba estar completamente sereno para poder recuperar a su hijo Mohammed.