LOLA
Cuando Lola llegó a La Moraleja y aparcó frente al prestigioso colegio británico, seguía aún muy nerviosa y tuvo que volver a hacer sus ejercicios de respiración de yoga para tranquilizarse antes de pedir ver urgentemente al director del centro escolar.
La recepcionista la acompañó amablemente a una sala de espera, «¿tomará café, té, un refresco…?»
, y le explicó que el principal se encontraba en ese momento reunido, pero que la atendería en cuanto finalizara su conference call.
Lola, entonces, para aprovechar la espera y salir de una vez de dudas, marcó el número de móvil de su hijo mayor.
—¡Hola, mamá! —contestó Alejandro carraspeando y con una voz algo gangosa.
—¡Hola, mi amor! Vaya voz de ultratumba tienes, ¿te encuentras bien? —le preguntó algo preocupada, porque Lola era una madre demasiado protectora que tendía a agobiarse en exceso cuando se trataba de la salud de cualquiera de sus tres niños, que eran su vida entera.
—Sí, sí, mamá, estoy bien. Es que anoche me bebí una botella de tequila con Faysal mano a mano aquí en Dubái y me he levantado con un resacón tremendo esta mañana. ¿Viste la foto que te envié? Está casi igual que hace doce años, ¿verdad? Me hizo mucha ilusión volver a verlo después de tanto tiempo…
—Pero, hijo, ¿cómo fuiste capaz de reconocerlo? Tenías solo ocho años cuando nos fuimos —era la pregunta del millón.
—Por esa foto suya que tienes en la caja fuerte.
Te hemos pillado muchas veces mirándola cuando te crees que no te vemos, mamá —le aclaró Alejandro—.
No sabes qué bien nos lo pasamos anoche, fue absolutamente genial, y encima nos invitó a mí y a todos mis amigos en un sitio supercaro; me cae tan bien Faysal…
—estaba entusiasmado—. Ahora que me lo he encontrado y después de lo bien que se portó conmigo ayer me encantaría volver a verlo, escribirle, llamarlo de vez en cuando y también invitarlo a Madrid,
pero cuando nos despedimos estaba tan borracho que la verdad es que se me olvidó pedirle su número de teléfono, ¿tú lo tienes?
—Alejandro, cariño, necesito hacerte una pregunta muy importante —Lola se había puesto muy seria de repente—, ¿le hablaste a Faysal en algún momento de Mohammed?
—Sí, claro, ¿no debía haberlo hecho? —le preguntó algo sorprendido—.
En cuanto le dije que tenía un hermano pequeño se interesó muchísimo por él, le enseñé una foto suya, le hizo mucha gracia que le hubieras llamado Mohammed siendo español,
y hasta quiso saber qué día era su cumpleaños y quién era su padre —a Lola entonces se le saltaron todas las alarmas y empezó a temblarle la mano con la que sujetaba su Nokia pasado de moda.
—¿Y tú qué le contestaste?
—Pues que hasta que Mohammed cumpliera dieciocho años no nos íbamos a enterar de quién era su padre, porque eso es lo que tú siempre nos has dicho…
Pero yo sospecho que su padre es Faysal, mamá, porque no es normal que hayas elegido un nombre árabe para él y, además, fue justo cuando volvimos de Dubái cuando te empezó a crecer la tripa.
Desde mi punto de vista está clarísimo, todo cuadra, aunque hasta ayer no cayera en ello, la verdad…
—Quien se puso entonces serio fue Alejandro—.
Por favor, mamá, dime la verdad, ¿el padre de Mohammed es Faysal?
—Sí, cielo, Faysal es su padre —le contestó ella después de pensárselo unos segundos—, y sé que os lo debería haber contado, por lo menos a ti y a Diego, que ya sois mayores, hace mucho, muchísimo tiempo —se lo confesó sinceramente,
porque después de lo que acababa de pasar se arrepentía profundamente de haberles ocultado la verdad—.
Perdóname, mi amor, no sabes cuánto lo siento —se le humedecieron sus ojos grises—, pero te prometo que muy pronto vas a tener las respuestas a todas esas preguntas que seguramente te estás haciendo en estos momentos.
Te doy mi palabra de que antes de lo que te esperas voy a aclarar todas tus dudas y vas a poder entender cómo pasó todo y por qué no tuve más remedio que traeros a los tres de vuelta a Madrid…
Pero no puede ser ahora, no por teléfono, que encima es una llamada internacional y me va a costar un riñón, lo hablamos en Navidad cuando vengas a Madrid y pueda mirarte a los ojos y sujetarte la mano mientras te cuento mi historia de amor con él —le garantizó—.
¡Ah! y, por favor, no vuelvas a beber de esa manera —le reprendió cariñosamente—, que a ti nunca te ha dado por eso y no quiero que el niño más bueno del mundo entero se me convierta de repente en un alcohólico, ¿me lo prometes, cariño?
Tras colgar con su hijo, y en vista de que el ocupadísimo director no se dignaba aparecer, Lola llamó a su editorial.
—Ya lo he consultado con la jefa y antes de Sant Jordi lo tienes en las librerías —le aseguró Esther—, nos quedamos finalmente con el segundo título que nos propusiste, Cartas desde Dubái, creemos que tiene más gancho comercial, ¿te parece bien?
—¿Pero no podría ser un poco antes, por favor? —le suplicó—. Te juro que después de lo que ha pasado me corre muchísima prisa. Qué mejor manera podría tener de explicarle a mis hijos cómo fueron las cosas…
—Antes, imposible, Lola, pero ¿por qué no imprimes y encuadernas unos ejemplares para que lo lean tus hijos?
—«Hay veces que uno está tan obcecado en saltar por la ventana que se olvida de tratar antes de comprobar si la puerta está abierta», pensó Lola…
—. Por cierto, lo del traductor de árabe me ha resultado imposible, pero ahora te paso por email el contacto del traductor inglés, que es excelente y no cobra nada caro.
Lo he llamado hace un rato y está disponible en este momento, así que date prisa en ponerte en contacto con él para que no le entre ningún otro trabajo antes.
Minutos después, el estirado director del Queen Elizabeth apareció en la sala de espera con traje, corbata y hasta pañuelito a juego sobresaliendo estratégicamente del bolsillo de la chaqueta.
Después de saludarla de manera muy correcta en castellano, le pidió que lo acompañara a su despacho en un engolado inglés que trataba de imitar sin ningún éxito el acento de Hampstead o Chelsea,
pareciéndose más en cambio al del Brick Lane District londinense mezclado con un toque de gaélico ininteligible de las Highlands (las entradas de color rojizo no ayudaban nada y estaban pidiendo a gritos una visita a la peluquería).
Lola le expresó su preocupación sin entrar en demasiados detalles, porque el tipo en cuestión le había caído entre muy mal y de pena, pero se tranquilizó bastante después de escuchar pacientemente sus argumentos.
—Como usted se hará cargo y teniendo en cuenta que entre el alumnado de este colegio se encuentran cuatro hijos de top models, tres hijos de jugadores del Real Madrid, uno del Atlético, dos de actores muy famosos, uno de un cantante de fama internacional, dos de ministros del Gobierno actual,
uno de un jefe de Estado latinoamericano y otro de un Premio Nobel —enumeró exactamente por ese orden—, cuidamos de manera extraordinaria las medidas de seguridad.
Quédese completamente tranquila, que su hijo, ¿Mohammed me ha dicho que se llama?
, desde que entra por la puerta hasta que usted lo recoge cada día está permanentemente controlado y vigilado.
Le aseguro que el riesgo de secuestro es igual a cero, señora…
Perdón, ¿cuál decía que era el apellido del niño?
—Aun así, Lola exigió una reunión con el gerente de la empresa de seguridad contratada por el centro para que le hiciera una descripción más detallada, a lo cual el director accedió encantado, aprovechando para animarla a que hiciera una donación a la fundación sin ánimo de lucro,
de la que él personalmente se ocupaba, para niños desamparados de no sé qué país de África.
—Tendré que consultar en casa la cuantía, pero en principio cuente con ello —mintió—. Y ahora, y si usted me lo permite, voy a sacar por un día a mi hijo del colegio antes de que terminen las clases; tenemos una urgencia familiar y no me queda más remedio.
—Por supuesto, señora, la acompaño ahora mismo a su aula, por favor, después de usted —le dijo abriéndole la puerta mientras había comenzado ya a imaginarse un montón de petrodólares cayéndole de repente del cielo.
Poco después, sentados ambos en una mesa del Burger King, Lola le mostró a Mohammed la foto que el día anterior le había enviado Alejandro.
—Este hombre que está con tu hermano se llama Faysal, Faysal al Mubarak, vive en Dubái y es tu papá, mi amor.
—¿Ese señor es mi papá? —preguntó aquel maravilloso niño abriendo como nunca esos preciosos ojos negros que eran clavados a los de su padre.
—Sí, cariño, y es la persona más buena y cariñosa del mundo entero, y pronto va a viajar a España y lo vas a conocer por fin, te lo prometo.
—El niño miró a su madre más feliz de lo que nunca lo había visto, ni siquiera cuando hace años, con el pelo revuelto y en pijama, contemplaba los regalos que los Reyes Magos habían dejado bajo el árbol para él—.
Tu papá y tu mamá se quisieron muchísimo, pero no los dejaron estar juntos, tesoro…
Y siguió hablando y hablando con su hijo pequeño durante horas tratando de responder como pudo a todas sus preguntas.
Hasta que se hizo de noche y los dos salieron de la mano de aquella sucia hamburguesería de carretera.
Entonces Lola ya no pudo más y se echó a llorar mientras abrazaba fuerte, muy fuerte, a su «bebé» querido. Tenía tanto miedo de perderlo…