Cartas desde Dubái FAYSAL
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FAYSAL

—¡Pero, Alejandro, hijo mío, qué mayor estás, y qué alegría volver a verte! —exclamó Faysal muy emocionado—. ¡Ven aquí, dame un abrazo!

Y los dos se fundieron en un fuerte abrazo, de esos que no necesitan palabras porque los cuerpos lo dicen todo.

—No me puedo creer tenerte aquí en Dubái, y además hecho ya todo un hombre, cuando os fuisteis pensé que nunca más volvería a veros ni a tu hermano ni a ti. Te juro que ese día se me partió el corazón —añadió con lágrimas en los ojos—. Pero ¿cómo has sido capaz de reconocerme después de tantos años?

—Porque mamá guarda una foto tuya en la caja fuerte, pero mis hermanos y yo hemos averiguado la contraseña, así que la miramos de vez en cuando —le explicó Alejandro—, y porque está casi igual que en esa foto, por usted no han pasado los años —añadió el hijo de Lola muy muy adulador.

—¿Hermanos? Creía que Diego era tu único hermano, ¿se ha vuelto a casar tu madre?

—No, qué va, nos encantaría que lo hiciera, o por lo menos que tuviera un novio, para que no esté tan sola, pero nunca nos ha presentado a ninguno.

Sí, tengo otro hermano, se llama Mohammed y dentro de poco va a cumplir doce años —En ese instante Faysal se quedó lívido—.

¿Te importaría que nos hiciéramos una foto para mandársela a mi madre?

Seguro que le va a hacer muchísima ilusión saber que nos hemos encontrado…

—Claro que sí. —Y se hicieron ese selfie que a la mañana siguiente recibiría Lola—. Y ahora vamos a tomarnos tú y yo una copa, que tenemos mucho de que hablar. Ni te imaginas lo feliz que me acaba de hacer volver a verte.

—No creo que pueda, señor, es que he venido con un grupo de amigos y como el garito está tan lleno no nos dejan entrar —contestó Alejandro.

—Por eso no te preocupes, ahora mismo hablo con alguien para que os consigan la mejor mesa para tu grupo y otra para nosotros dos, que necesito que me pongas al día de todo lo que te ha pasado en estos doce años.

Estáis todos invitados a cenar, a tomaros una copa o a lo que queráis.

¡Tenemos que celebrar nuestro reencuentro, y me tienes que enseñar fotos de Lola y de tus hermanos!

Minutos después, la novia de Alejandro y su multitudinario grupo de compañeros de la Universidad de Cornell estaban sentados en una mesa que los camareros se apresuraron a preparar para ellos, después de levantar a varias personas que estaban en mitad de su cena.

Mientras, Faysal y Alejandro se encontraban en otra mesa de la magnífica terraza del Sho Cho con vistas al mar, se bebían vasito a vasito una alargada botella de tequila con un cactus verde hueco dentro y un sol dibujado en el vidrio en el que las palabras Barrique de Ponciano Porfirio habían sido

esculpidas en oro de 21 quilates.

—¡Vaya, este tequila es excelente!, muchas gracias por la invitación, pero mis amigos no van a aceptar que pague usted la cuenta, y yo insisto en pagar a medias esta botella que nos estamos tomando los dos.

—¡De eso ni hablar! Esta noche tú eres mi invitado y tus amigos también.

Ya he hablado con el encargado, que es conocido mío, y no os van a dejar pagar; es lo que tiene tener contactos…

—le aseguró guiñándole un ojo mientras en ese momento se daba cuenta de que la tal Irina lo había visto y se dirigía a su mesa—.

Perdóname un momento, querido, vuelvo en cinco minutos, se excusó Faysal levantándose de la mesa.

Irina se le acercaba con una sonrisa de oreja a oreja enfundada en un vestido verde muy corto y ajustado, y subida a unos tacones de infarto que le hacían unas piernas kilométricas,

pero al ver la cara de enfado de su guapísimo y millonario «novio» emiratí por el que bebía los vientos se le congeló la sonrisa.

—Habíamos quedado a las diez en punto y he estado más de veinte minutos esperándote en la puerta —le espetó con un desprecio para nada fingido y que no intentó disimular.

—Lo siento mucho, cariño, perdóname —se disculpó con mucha suavidad—, es que se me había acercado el típico pesado que quería invitarme a una copa y no sabía cómo quitármelo de encima… —añadió sin encontrar en Faysal la reacción de celos que estaba buscando.

—Toma, para que te vayas ahora mismo en un taxi al piso, ya sabes cuál es la dirección —le ordenó poniendo en su mano cinco billetes de 1.000 dírhams cada uno (el taxi no iba a costarle más de 200)—. Yo ahora estoy ocupado y no sé a qué hora llegaré, así que me esperas allí el tiempo que haga falta.

—Pero, mi amor, ¿no me vas a presentar a tu amigo, no me puedo sentar con vosotros a tomarnos una copa? —protestó la húngara mimosa haciendo un mohín.

—Ni soy tu amor ni te voy a presentar a mi amigo ni te vas a tomar ninguna copa con nosotros, ya sabes lo que tienes que hacer. Hasta luego —y lo dijo en un tono tan frío y tajante que a Irina le dio hasta miedo.

—Vale, Faysal, te espero en el piso entonces, no tardes, por favor —pero él ya se dirigía a la mesa donde lo esperaba Alejandro y ni siquiera se dignó a darse la vuelta.

Alejandro había contemplado la escena, sobre todo porque era imposible apartar la mirada de aquella mujer tan atractiva que parecía modelo, pero se cuidó mucho de preguntarle nada a Faysal. Desde pequeñitos Lola les había enseñado que hacer preguntas personales era de muy mala educación.

—Discúlpame, hijo, ¿otro chupito para brindar por tu madre? —le sugirió mientras volvía a llenar los dos vasos de aquel exquisito licor envejecido diez años en barricas de roble francés. A Alejandro, que no estaba acostumbrado a beber tanto, se le estaba empezando a subir a la cabeza.

—Mira, esta foto la tomamos el invierno pasado esquiando en Navacerrada —le explicó mostrándole una foto de su móvil en la que Faysal vio a una sonriente Lola más guapa que nunca con su mono de esquí abrazando a sus tres hijos, los dos mayores altos, blancos, de pelo castaño y ojos claros,

y el pequeño de piel oscura y ojos y pelo negros.

—¿Y cuándo me decías que iba a cumplir doce años tu hermano? —inquirió Faysal, que tras examinar los rasgos de Mohammed en aquella instantánea ya había prácticamente despejado cualquier duda que le quedara.

—El 5 de diciembre es su cumpleaños —le contestó Alejandro sin siquiera poder imaginar la tempestad que estaba provocando, porque Faysal ya había hecho sus cálculos mentales.

Si Lola se había marchado de Dubái a finales de junio de hacía doce años, ese niño había sido concebido a finales de febrero o principios de marzo, con lo cual se subió a ese avión sabiendo a ciencia cierta que estaba embarazada; estaría a esas alturas de casi cuatro meses.

—¡Qué guapo es Mohammed! —comentó Faysal—. Oye, ¿y por qué le han llamado Mohammed?

—Porque a mi madre le encantan los nombres árabes…

—Ah… —entonces Faysal volvió a llenar los dos vasos y propuso otro brindis por su hermano; a Alejandro le daba ya vueltas la cabeza—, ¿y quién es el padre de Mohammed?

—No lo sabemos. Mamá le ha dicho que nuestro padre, Alfredo, no es el suyo, aunque mi padre quiere muchísimo a mi hermano, y cuando los fines de semana que nos toca nos vamos a su casa Mohammed siempre se viene con nosotros, y también en vacaciones.

—La ira bíblica de Jehová se había convertido de repente en un simple berrinche comparado con lo que sintió Faysal en ese momento—.

Pero mamá le ha prometido que cuando tenga 18 años lo conocerá, porque al parecer no vive en España, sino muy lejos…

¿Te imaginas que fueras tú el padre de mi hermanito?

—y se echó a reír por la curda que llevaba encima.

Dos horas después, Faysal llegaba a la house party completamente borracho y lleno de un intenso odio, casi animal, como nunca antes había experimentado, ni siquiera cuando Lola se fue.

Aunque eran más de las dos de la madrugada, envió un mensaje a su abogado, Mahir al Gazali, y le exigió que acudiera a su despacho a las nueve en punto de la mañana, a pesar de que al día siguiente era viernes, y los viernes en Dubái nadie trabaja.

«Que mueva el culo el chupatintas este de mierda y por una vez se gane los miles de dírhams que le pago todos los meses.»

El piso, al ser jueves, estaba muy animado.

La mayoría de sus amigos estaban allí, en el inmenso salón, bebiendo, fumando y besando a sus amantes, todas ellas extranjeras muy jovencitas, mientras algunas bailaban sensualmente casi desnudas con la música a tope.

Entre ellas estaba Irina, a la que Faysal se dirigió nada más verla, la cogió por el brazo clavándole las uñas y la llevó a una de las habitaciones.

—Se acabó la fiesta para ti esta noche, y de aquí no sales hasta que decida cuál es el castigo que te mereces por haberme hecho esperar antes —le espetó.

—Oh, mi amor —le replicó ella con un tono de voz muy pícaro pensando que se trataba de un juego sexual—, ¿me vas a dar unos azotitos por haber sido una niña un poco mala hoy?

Pero Faysal no le contestó, dio un portazo, se derrumbó en uno de los sofás y, tras servirse una copa hasta arriba de whisky escocés, le pidió a un amigo que le diera «lo más fuerte que tengas, que hoy lo necesito más que nunca».

Media hora después, subió el volumen del equipo de música todo lo que pudo y entró en la habitación con el cinturón que se acababa de desabrochar ya en la mano y los ojos inyectados en sangre.

Aquella noche Irina acabó en el hospital y Faysal tuvo que gastarse centenares de miles de dírhams para que el asunto no trascendiera a las autoridades. Dos semanas después la húngara se subió en un avión con destino a Budapest para no volver jamás.