LOLA
El amor no puede con todo.
Esa había sido la principal enseñanza de Lola con respecto a la historia vivida con Faysal, y ese iba a ser probablemente el título de su novela.
Había necesitado mucho tiempo y mucha paz de espíritu para reposar todos los acontecimientos y sensaciones vividas en Dubái doce años atrás, ponerlos en perspectiva y analizar qué era lo que había hecho mal…
Finalmente había logrado un veredicto que, si bien no la eximía de toda culpa, sí había conseguido dejarla tranquila.
Su pasión por ese hombre, y lo sola y deprimida que se encontraba tras su paso por la cárcel, la habían empujado a vivir una aventura que no había podido tener un final feliz porque, cada vez estaba más convencida de ello, seguramente estaba condenada al fracaso desde el principio.
Por mucho que uno se empeñe, el aceite y el agua nunca se van a poder mezclar.
El hecho de haber embarcado a Diego y Alejandro en un viaje tan arriesgado, o el de haberse quedado con todo ese dinero de Faysal para poder darles, a ellos y a Mohammed, una buena educación, y, sobre todo, el haber privado a su hijo pequeño de conocer a su verdadero padre durante más de una década,
eran los hechos de los que más se arrepentía Lola.
Sin embargo, con el tiempo había logrado absolverse en parte de todos ellos convenciéndose de que siempre había actuado de buena fe.
En su momento creyó firmemente que subiendo a sus hijos a ese avión les iba a regalar una buena vida llena de posibilidades.
Es verdad que se había equivocado de plano, pero en su fuero interno y en aquel momento pensaba que estaba haciendo lo correcto.
Por otra parte, se había prometido a sí misma, y lo iba a cumplir, que devolvería la mayor parte de esos diez millones de dólares en cuanto los tres niños pudieran valerse por sí mismos,
dinero que había administrado hasta ahora con eficiencia mientras se dedicaba a escribir para forjarse un futuro para sí misma el día que todos esos ceros a la derecha de su cuenta corriente dejaran de pertenecerle.
Por otra parte, aquella huida hacia delante con Mohammed en su vientre fue la única alternativa que le quedó después de que la hubieran maltratado físicamente (el castigo con la cuchara había sido una paliza en toda regla), tratado de robarle el alma,
tanto a ella como a sus hijos (a los que también habían intentado, a sus espaldas, convertir al Islam), usado su cuerpo como un simple transmisor de un heredero para el imperio empresarial, y, finalmente, pisoteado su dignidad el día que Faysal volvió a contraer matrimonio.
Mohammed sabía que tenía un padre que no era Alfredo (a pesar de que este lo había acogido los fines de semana como a un hijo más), que vivía muy lejos y que algún día, cuando cumpliera dieciocho años, iba a conocer, porque Lola le había dado su palabra de que el encuentro tendría lugar entonces.
Pero había crecido sintiéndose muy querido, tanto por sus hermanos como por ella y por su exmarido, en quien había encontrado lo más parecido hasta ahora a una figura paterna.
Aún era muy pequeño para entender los cómos y porqués de su concepción y, excepto por su nombre propio («es que a mi mamá le encanta todo lo árabe») era un niño completamente normal cuya mayor preocupación eran las matemáticas, que le costaban muchísimo a pesar de la ayuda de su profesor particular.
Con once años ese tenía que ser su único problema, el resto ya vendría cuando tuviera la edad y la madurez suficientes.
De la manera más objetiva que podía, Lola estaba escribiendo esa larguísima novela para que, entre otras cosas, Mohammed pudiera en su día comprender con exactitud en qué circunstancias se había desarrollado la historia de amor de sus padres.
Sí, de amor, porque a pesar del tristísimo final no tenía duda de que ambos se habían querido profundamente, si bien era cierto que, sobre todo ella, habían tomado decisiones muy arriesgadas y demasiado impulsivas sin apenas conocerse y sin haber entendido o querido entender la magnitud de sus
diferencias culturales.
No cabía duda de que toda esa irreflexión les había pasado factura, una factura muy elevada, para ser sinceros, pero la recompensa de haber traído al mundo a un niño bueno y cariñoso al que Lola adoraba y del que estaba segura que Faysal se sentiría muy orgulloso dentro de poco más de seis años
compensaba todo lo demás.
Nunca había vuelto a ver ni saber nada de su amor emiratí, y así tenía que seguir siendo por ahora si quería proteger a Mohammed, pero Faysal estaba siempre presente en su recuerdo y hacía ya mucho que había aprendido a perdonarle.
No dudaba de que, a su manera, de la manera en que lo habían educado, la había amado sinceramente.
La vida, la familia, la religión o las creencias y tradiciones de sus mundos respectivos, tan opuestos, era lo que los había separado irremediablemente y para siempre, pero Lola había dejado de culparlo por no haber luchado más por ellos dos, probablemente porque,
y eso lo había aprendido con el paso de los años, a Faysal tampoco le dejaron nunca demasiada capacidad de decisión.
No había vuelto a enamorarse, o al menos no con la pasión con la que había estado enamorada del padre de Mohammed, pero una vez cerradas sus heridas se había negado a clausurar también las puertas de su corazón y hasta se había permitido vivir un par de aventuras sentimentales que no le habían
dejado demasiada huella, pero que, al menos, en el caso de Nacho le había aportado una magnífica amistad a posteriori.
Unos cuatro años después de llegar a Madrid había conocido a Germán, un padre recién divorciado de la clase de yoga.
Todo empezó como un tímido tonteo y acabó siete meses después, en que, quizá porque él estaba aún demasiado herido por el largo y conflictivo divorcio y Lola aún muy tocada por su fracaso dubaití,
ambos decidieron poner punto y final a una relación que de todas formas no tenía muchas posibilidades de salir bien.
Terminaron de una manera civilizada prometiéndose no perder el contacto, pero poco tiempo después Germán se mudó a otra zona de la sierra de Madrid y poco a poco, y sin que ninguno de los dos hiciera realmente nada por evitarlo,
fueron espaciando sus llamadas y sus cafés hasta que no volvió a tener noticias suyas.
Después, junto a Nacho, un padre viudo del colegio de sus hijos al que conoció poco después, Lola se quiso dar a sí misma otra oportunidad.
Durante casi tres años disfrutó enormemente de su compañía, de su ternura y de despertarse abrazada a él cada mañana de domingo que los niños estaban con Alfredo.
Llegó incluso a creer que ese sentimiento plácido y sin sobresaltos, para variar, podría durar siempre.
Hasta que a él dejaron de bastarle los almuerzos durante el horario escolar o las escapadas los fines de semana alternos y le pidió dar un paso más, irse a vivir juntos.
Lola era consciente de que su exigencia era completamente normal a esas alturas, pero no se sintió preparada para ello, así que, tras darle largas durante semanas en las que analizó los pros y los contras una y otra vez, optó por ser completamente sincera, que era exactamente lo que él se merecía.
Le gustaba vivir sola con sus hijos, y hasta el día en que ninguno de los tres estuviera ya en casa no tenía intención de convivir con ningún hombre.
Supo que su negativa a comprometerse seriamente le había roto el corazón, pero Lola había aprendido por fin a no dejar que nada ni nadie guiara sus pasos, así que después del dolor inicial de la ruptura, sintió que había hecho lo que tenía que hacer.
Menos de un año después él se enamoró de otra mujer con la que a día de hoy se le veía muy feliz, y de vez en cuando Lola y él quedaban para comer o a tomar una caña, y ponerse al día con la complicidad y el afecto de dos viejos amigos que un día estuvieron o creyeron estar enamorados.
Desde entonces Lola no había salido con ningún otro hombre, o por lo menos no con nadie con quien plantearse iniciar una relación, tal vez porque había puesto el listón demasiado alto o quizá porque se había acostumbrado a vivir únicamente con el cariño que le brindaban sus hijos y las cuatro
amigas de la urbanización.
Pero es que, además, le daba auténtica pereza el esfuerzo y la energía que implicaba empezar de cero a conocer a otra persona, máxime cuando tenía cincuenta y dos años y una existencia tranquila y satisfactoria en la que no echaba nada de menos.
Sin embargo, su serenidad se había visto trastocada desde que su hijo mayor le había anunciado que iba a viajar con sus compañeros de la universidad a Dubái.
La noticia la había desasosegado más de lo que hubiera esperado, y hasta había tenido serios problemas para conciliar el sueño en las últimas semanas.
No había una explicación lógica para ello, porque la posibilidad de que Alejandro se encontrara allí con Faysal era de una entre un millón, e incluso aunque esta remota casualidad tuviera lugar, jamás podría reconocerlo, ya que la última vez que le había visto solo tenía ocho añitos.
Pero aun así Lola no podía evitar sentirse nerviosa al revivir la intensidad de los sentimientos que hacía doce años le había profesado, e incluso no había podido reprimir el impulso de buscar la foto suya que guardaba en la caja fuerte y acariciar con las yemas de sus dedos aquellos profundos ojos
negros, esa sonrisa irresistible, esa piel oscura en contraste con la kandora almidonada…
Precisamente en eso estaba, admirando una vez más las perfectas facciones del hombre con el que había compartido el romance más intenso y poderoso de su vida mientras se fumaba un cigarro en el jardín (nunca fumaba dentro de casa y también evitaba, siempre que podía, hacerlo delante de sus hijos),
cuando encendió su móvil y recibió aquel mensaje que le heló la sangre.
Era una foto que Alejandro le enviaba desde Dubái en la que aparecía cogido por los hombros con… Faysal.
Sí, era él, no cabía ninguna duda. Su pelo era ya casi completamente blanco, estaba mucho más delgado, con lo cual las arrugas se le pronunciaban más, y hasta había perdido en gran parte el brillo de la mirada.
Pero era él, tan atractivo y varonil como siempre; a través de la pantalla de su teléfono móvil le estaba mirando directamente a los ojos con una amplia sonrisa desde lo que parecía ser un bar de copas bastante animado con las palmeras y la playa al fondo.
«¡Adivina a quién me he encontrado en Dubái, mama!»
Trató de volver a acompasar su respiración durante unos minutos con los ejercicios que había aprendido a hacer en clase de yoga, corrió a su ordenador, adjuntó el archivo de su novela al correo electrónico y pulsó la tecla de «Enviar».
Después llamó a Esther a la editorial, y a su amigo y abogado Silverio al despacho de Sevilla («precisamente este lunes tengo que ir a un juicio a Madrid, estate tranquila, paso a buscarte luego para comer juntos»).
En cuanto colgó el teléfono, muy alterada, se subió a su desvencijado coche de segunda mano y condujo todo lo rápido que pudo hasta el colegio de Mohammed.
La vida se las había arreglado para encontrar un atajo de seis años, pero bajo ningún concepto le iba a permitir que le tomara la delantera. Esta vez no.