FAYSAL
Después de haber ayudado a sus hijas con los deberes, las había dejado jugando un rato más arriba en sus habitaciones (era jueves y al día siguiente no había colegio), mientras Abdul y Hassan estaban en Dubai Marina para dar una vuelta o ver alguna película con sus amigos.
La semana había sido durísima y aunque había cerrado dos contratos millonarios de los que su padre, si viviera, se sentiría muy orgulloso, estaba agotado y tenía un fuerte dolor de cabeza.
Lo único que le apetecía era tomarse un Panadol, darse un baño caliente y meterse en la cama, pero Ranaa se había sentado a su lado en el sofá y le estaba comentando con una dulzura extrema que acababan de abrir un restaurante nuevo en el Dubai Mall «que me muero de ganas de conocer».
Faysal miró a su esposa y admiró que siempre estuviera perfectamente arreglada y maquillada en su presencia, además de todas esas horas que pasaba en el gimnasio que había montado en el sótano (aunque lo cierto era que no le lucía nada o, al menos,
él no había notado ningún cambio a mejor hasta el momento).
Después de seis embarazos en doce años, su cuerpo, como era completamente lógico, se había deformado y, dejando aparte su olor corporal, no podía considerarse para nada una mujer deseable,
sobre todo si la comparaba con las preciosidades nórdicas o rusas que Faysal se había aficionado a usar como si fueran Kleenex (carísimos, eso sí).
En cuanto satisfacía su rabia o su deseo sexual primitivo, según cómo se mire, enseguida experimentaba una incomprensible y extraña aversión hacia cada una de ellas, por lo que casi nunca repetía encuentros con la misma mujer.
Prefería buscar una nueva que no lo decepcionara cuando se despertara a su lado, lo cual ni había sucedido en más de una década ni tenía ninguna esperanza de que fuera a ocurrir jamás.
Habían pasado meses desde la última vez que había llevado a su esposa a cenar.
Ya solo iban juntos casi todos los viernes a casa de su madre con los cinco niños después de acudir a la mezquita (suegra y nuera, afortunadamente, se llevaban a las mil maravillas), o de vez en cuando trataban de organizar algo divertido únicamente con sus hijas,
porque como la falta de química entre Abdul, Hassan y Ranaa, era ya más que notoria, Faysal había optado finalmente por programar actividades a solas con sus dos hijos mayores sin pedirle a su mujer que les acompañara.
Sabía que esa noche tenía que hacer un esfuerzo a pesar de su cansancio y su intensa migraña, sobre todo porque Ranaa casi nunca se atrevía a pedirle nada, y si a ella le hacía ilusión ir a conocer ese nuevo lugar, esta vez no tendría más remedio que ir.
Se lo merecía, eso y hasta que le comprara alguna joya en Cartier de camino a la cena.
Faysal se sentía culpable por el dolor (del que era plenamente consciente) que había infligido a su mujer con su desidia conyugal y trataba de compensarla con lo único que estaba a su alcance, el dinero.
Lo de fingir sentimientos nunca había sido su fuerte y era mejor dar un paso atrás antes que arriesgarse a hacer un mal papel, fundamentalmente porque riesgo no había ninguno en absoluto.
Y en esas estaba, debatiéndose entre la pereza y el deber, cuando sonó el pitido de un mensaje en su móvil.
Era una foto de Irina, la espectacular rusa (¿era rusa, húngara o checa?)
de larga cabellera rubia y aún más larga destreza sensual, que había conocido la semana pasada tomándose una copa con un amigo a la salida de la oficina en la terraza del Bahri Bar, con sus relajantes vistas al lago del Souk Madinat, del exclusivo hotel Jumeirah Mina A’Salam.
Le enviaba un beso con los labios marcados en un rojo chillón, tanto o más que los gritos de placer que le había arrancado a Faysal en la cama, y le decía que lo echaba de menos y que «necesitaba» volver a verlo.
Se proyectó a sí mismo cenando con Ranaa algún plato (seguro que exquisito, pero él no tenía apetito), regado con agua o té, tratando de mostrar interés por una más que probable aburrida conversación en torno a cotilleos mojigatos de su círculo de amistades (si ella supiera lo que hacían los
maridos de sus amigas cuando decían que estaban trabajando…)
, o problemas escolares de los niños, o cualquier otra nimiedad de índole doméstico, y no pudo evitar que se le escapara un bostezo.
—Estoy reventado hoy, cariño, ¿te importaría que dejáramos esa cena para mañana?
—Por supuesto, mi amor, cuando tú quieras, el restaurante seguirá allí, no hay ninguna prisa por conocerlo —le contestó ella—, y perdona que haya sido tan poco considerada. Sé que has tenido muchísimo trabajo esta semana y necesitas descansar.
—Gracias, cielo, me voy a la cama entonces —le contestó Faysal después de tomar aire y retenerlo unos segundos para poder darle un rápido beso en la mejilla.
Se imaginó a sí mismo en el apartamento del centro (seguro que al ser jueves irían muchos de sus compañeros de juergas, así que a buen seguro no faltaría de nada esa noche) con una botella de Macallan de veinticinco años inhalando el delicioso perfume de Irina, y lo que no era su perfume,
mientras ella hacía acrobacias dignas del mejor circo magiar sobre su cuerpo (acababa de recordar que era de Budapest).
De modo que no se lo pensó más, decidió darse un homenaje para celebrar así la multitud de ceros con que había incrementado la cuenta de resultados de la empresa esa misma semana, que había sido maratoniana. ¡Se lo merecía!
—¿Dónde estás? —le escribió escuetamente.
—En Sho Cho, ¡vente, por favor! —le respondió Irina pasados unos minutos en los que a él ya le había dado tiempo a ponerse unos pantalones crema de pinzas combinados con camisa blanca y salir por la puerta de atrás de su mansión de Al Manara (no había ninguna necesidad,
pero tampoco de hacer daño gratuitamente).
—Te recojo en la entrada en treinta minutos; si no estás ahí a las diez en punto me voy —le advirtió Faysal con otro mensaje.
Con ese tipo de chicas había que dejar las cosas muy claras para que luego no se hicieran ilusiones y se pusieran pesadas.
«Segunda cita y última», se prometió a sí mismo, «que como esta hay cuarenta mil en Dubai».
Cuando llegó en su viejo Aston Martin (tenía ya doce años y debería haberlo cambiado hacía mucho por otro más moderno, pero cada vez que tomaba la decisión y elegía un nuevo modelo se echaba para atrás en el último minuto) al Dubai Marine Beach Resort, frente a la preciosa mezquita de Jumeirah,
la puerta del local japonés estaba de bote en bote (se trataba del típico club de moda al que la gente acudía para ver y dejarse ver), pero Irina aún no había hecho acto de presencia y él no tenía ninguna intención de perder el tiempo entrando para buscarla y no tener más remedio, por tanto,
que tomarse allí una copa con ella.
Había ido únicamente para recogerla y llevársela al piso, así que se sentó sobre el capó, encendió un cigarrillo y echó un vistazo a su Patek Philippe de oro rosa.
«Le doy diez minutos y si no aparece me voy a la cama», sentenció sin ningún asomo de duda de que eso era exactamente lo que iba a hacer.
Probablemente Irina se estaba haciendo de rogar, lo cual no venía a cuento teniendo en cuenta su condición.
A Faysal no le importaba pagar cifras astronómicas si era preciso por pasar una noche con cualquier mujer que le apeteciera, especialmente si tenía ojos claros de los que se mimetizan con el entorno y la luz cambiando de color,
pero no estaba dispuesto a perder el tiempo con jueguecitos pueriles que no iban a ninguna parte, así que empezó a notar cómo se le acentuaba el dolor de cabeza y decidió volverse a su casa después de aplastar en el suelo la tercera colilla con sus náuticos y una buena dosis de fastidio y mal humor.
Desde la tremenda bofetada a su orgullo masculino que supuso el abandono de Lola, era un cínico respecto al sexo contrario (exceptuando a las mujeres musulmanas, que sí sabían cuál era su lugar).
Había convertido a esas prostitutas de lujo, porque así las consideraba él a todas (si bien la gran mayoría eran muchachas trabajadoras que solo trataban de abrirse de una manera honesta en Emiratos el camino que sus países de origen les habían negado),
en un mero instrumento para proporcionarle placer, pero en el fondo las odiaba y a veces no podía evitar demostrárselo e incluso excederse más de lo normal en su desprecio, llegando en alguna ocasión hasta al maltrato físico literal, sobre todo si había consumido demasiado aquella noche.
Pero para acallar bocas siempre llevaba encima un buen fajo de billetes.
El dírham nunca le había fallado, solo se trataba de calcular cuál era la cantidad adecuada.
En absoluto se sentía orgulloso de ello.
De hecho, en cuanto se le pasaba el subidón y recordaba su horrible comportamiento quería morirse y se juraba que aquella había sido la última vez.
Pero nunca era la última. Y en medio de esa espiral de autodestrucción de la que no sabía cómo salir, Faysal de vez en cuando añoraba con todas sus fuerzas aquella otra vida en la que sí creyó en el amor, en el amor puro y desinteresado,
a pesar de que en el fondo sabía que ese sentimiento nunca fue tan auténtico ni tan generoso, porque Lola se volvió a España con sus diez millones de dólares como retribución a una convivencia de ocho meses,
algo que se recordaba a sí mismo una y otra vez cuando se acordaba de ella y sentía un pellizco en el corazón.
Estaba claro que pagara lo que pagara a estas señoritas vikingas siempre le iban a salir mucho más baratas que la innombrable española, que lo había timado como se tima a un niño en una feria…
Se disponía ya a abrir la puerta de su deportivo cuando un joven alto, de piel blanca y bien parecido que estaba parloteando con un grupo de chicos y chicas de su edad, unos veinte años, se le acercó y le interpeló educadamente:
—Perdone que le moleste, señor —Faysal había notado que el muchacho llevaba un rato observando el Aston Martin mientras él se fumaba un cigarrillo tras otro esperando a la tal Irina (¿se llamaba así de verdad o era su «nombre artístico»?).
—No te preocupes, para nada me molestas, ¿qué, te gusta el coche?
—le preguntó Faysal sonriendo, porque le encantaba fardar, sobre todo frente a occidentales como aquel que venían de turismo a su país o trabajaban unos años allí para hacer caja y después volver a Europa, Canadá o Estados Unidos y seguir siendo allí unos muertos de hambre el resto de sus vidas.
—Sí, claro, por supuesto que me gusta, es una auténtica belleza (beauty, dijo), de eso no hay duda, pero me he permitido molestarle no por el coche, sino para hacerle una pregunta que me está rondando en la cabeza, siempre, por supuesto, que a usted, caballero, no le importe el atrevimiento.
—No podía negarse que el chico tenía modales—.
Mire, es que llevo un rato mirándolo y su cara me resulta muy familiar, me recuerda mucho a la de una persona que conocí en Dubái la última vez que estuve aquí, hace ya doce años, ¿no será usted por casualidad el señor Faysal al Mubarak, verdad?
—Pues sí, efectivamente, ese soy yo —contestó el emiratí realmente sorprendido—. ¿Y con quién tengo el placer de hablar?
—Soy Alejandro —le contestó ofreciéndole su mano—, el hijo de Lola, Lola Goizueta, ¿se acuerda de mí? Tenía ocho años la última vez que nos vimos…