Cartas desde Dubái LOLA
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LOLA

Hacía frío aquella mañana de otoño, pero aun así Lola decidió sacar su ordenador a la mesa de mimbre del jardín, se sirvió el enésimo té y, con vaqueros y un jersey muy abrigado de cuello alto, siguió corrigiendo su novela.

Le encantaba trabajar rodeada de encinas y buganvillas bajo un cielo gris y encapotado que aquel día parecía anunciar lluvia.

Había elegido vivir en plena naturaleza en una urbanización de la carretera de Burgos a una treintena de kilómetros de Madrid, precisamente para poder admirar cada día ese paisaje verde y frondoso lejos del cemento de la ciudad.

Hacía ya doce años que había comprado, e inscrito a nombre de sus tres hijos, un chalé de tamaño medio, mucho menos ostentoso que el de la mayoría de sus vecinos de Ciudad Santo Domingo, pero con un gran jardín que cuidaba con esmero y una pequeña piscina para los meses estivales.

Llevaba una vida tranquila y bastante anónima en la que, aparte de colaborar con la asociación de padres del colegio, asistir a clases de yoga tres veces por semana y escribir esa inacabable novela,

que era la historia de su pasión por Faysal al Mubarak para que algún día su hijo Mohammed encontrara las explicaciones que ya estaba empezando a reclamar, sus días transcurrían de una manera muy solitaria, pero con la paz que otorga el saber que no podía reprocharse nada,

que en su día eligió el único camino que le habían dejado tomar, porque en el resto otros habían erigido barricadas insalvables para impedirle el paso.

Últimamente estaba experimentando el síndrome del nido vacío.

Se sentía un poco nostálgica desde que Alejandro eligiera la Universidad de Cornell en Ithaca (Nueva York) para estudiar su licenciatura de arquitectura y Diego optara por hacerse piloto en la sede de la escuela aeronáutica de Embry Riddle de Prescott (Arizona).

Es verdad que en sus periodos vacacionales venían a España y que ella también realizaba junto a su hijo pequeño, que pronto cumpliría doce años, frecuentes viajes a Estados Unidos para comprobar que ambos estaban bien, pero notaba que ya ninguno de los dos la necesitaba verdaderamente,

e incluso intuía que para Alejandro, que tenía una novia americana con la que compartía piso, las visitas de su madre y su hermano a veces suponían un engorro que trataba de camuflar sin mucho éxito.

De este modo, Lola había decidido recientemente dejarlos «volar» y resignarse a que, excepto en verano, Navidad y alguna que otra ocasión esporádica, sus dos hijos mayores habían dejado de pertenecerle, a no ser que necesitaran dinero…

Precisamente acababa de añadir la palabra «Fin» a su libro, aun sabiendo que todavía no se lo iba a enviar a Esther, su editora (que desde hacía años lo consideraba más que listo para ser publicado), y que seguiría tratando de mejorarlo en los próximos días, semanas,

meses y hasta años (La historia interminable de Michael Ende era una broma al lado de la suya), cuando sonó su móvil.

—¡Hola, mamá! —era Alejandro—. ¿Qué tal todo por Madrid, cómo estáis Mohammed y tú?

—¡Hola, mi amor, qué sorpresa! —le contestó entusiasmada—, pero ¿no es muy pronto en Nueva York, qué hora es, ha pasado algo? —preguntó algo preocupada después de consultar su Casio.

—Aquí son las seis y media de la mañana y me voy ya para el campus, que ya sabes que las clases empiezan prontísimo; y, no, no ha pasado nada, mamá —la tranquilizó su hijo de veintiún años—.

Te llamo por lo del viaje de ecuador de la carrera que ya te comenté.

Con el dinero que tú me mandas y mi trabajo de camarero los fines de semana te juro que no me da ni para pipas.

¿Podrías hacerme una transferencia adicional solo por esta vez y sin que sirva de precedente, mamá preciosa, por favor?

Es que hay que pagar ya a la agencia de viajes y me faltan dos mil dólares…

—Bueno, vale, te puedo mandar algo de dinero, pero solo mil quinientos, para el resto tendrás que hacer horas extra en el restaurante —le contestó Lola, a la que sus tres hijos consideraban «de la cofradía del puño cerrado»—. ¿Y cuándo os vais al final, habéis elegido ya destino?

—Nos vamos el mes que viene, y te va a hacer mucha gracia el sitio. ¡Nos vamos a Dubái!