TERCERA PARTE
(Doce años después)
FAYSAL
Era una cuestión de piel.
Muchas veces tratamos de encontrar vericuetos, explicaciones enrevesadas o justificaciones complicadas para cuestiones que son simples, mondas y lirondas. A Faysal le repelía el olor de la piel de su mujer, eso era todo, así de sencillo.
Se dio cuenta por primera vez en su noche de bodas (ella, como manda su religión, se había casado virgen) y a partir de ese día y con el paso de los años, doce ya, esa pestilencia se iba haciendo cada vez más intensa, o quizá era la misma y solo la estaba exagerando en su cabeza,
pero lo cierto era que ya no la podía soportar más.
Seguía visitando regularmente a Ranaa en su alcoba (hacía ya dos lustros que había tomado unilateralmente la decisión de dormir en habitaciones separadas) con la esperanza de concebir un varón,
pero después de tres niñas y otros tantos abortos naturales Faysal había prácticamente desistido en su empeño, y cuando cumplía con sus obligaciones conyugales lo hacía con un asco que se cuidaba mucho en disimular.
Ella no merecía sentirse humillada y él la respetaba como esposa, e incluso sentía lástima por ella.
Ranaa, al igual que él, nunca tuvo opción; habían sido sus respectivos padres quienes habían concertado ese matrimonio, y tanto ella como él no tuvieron más remedio que aceptarlo y tratar de poner todo de su parte para hacerlo funcionar.
Pero no había funcionado. Faysal era plenamente consciente de que la mayor parte de la culpa de ese fracaso, por no decir toda, recaía en él, porque Ranaa se había esmerado siempre en ser una buena esposa y ejercer el mejor rol maternal que pudo para Abdul y Hassan, los hijos mayores de Faysal,
huérfanos de madre y a los que su segunda esposa había abandonado de una manera cruel, de un día para otro, sin avisar y sin siquiera despedirse de ellos.
Jamás podría perdonarle a Lola lo que hizo, no solo por el insulto que había supuesto para él y para toda su familia, sino sobre todo porque el mayor dolor se lo había infligido a esos niños que, con dos y tres años, no tenían la culpa de nada.
Así que, después de que ella abandonara el país y él inmediatamente la repudiara, fue poco a poco alimentando un rencor hacia la española que se había tornado en un odio visceral que despedía el hedor de las aguas estancadas y podridas.
Afortunadamente y en contra del agorero pronóstico de los padres de Faysal (que en su día pensaron que podrían heredar la enfermedad de Fhadila), Abdul y Hassan habían crecido sanos y básicamente felices.
De eso se había encargado él, que, sobre todo los primeros años, volcó todo su cariño en ellos y los colmó de caprichos para quizá así intentar compensar el hecho de que estaban siendo criados por una mujer que, no solo no era su madre, sino que, además, y por mucho que se esforzara ella,
nunca supo desplegar la misma ternura con la que trataba a sus propias hijas.
Los quería, sí, pero era un cariño forzado, y cuando los sentimientos no son naturales se nota y siempre hay alguien que sale herido.
Ya tenían quince y catorce años, les había salido el primer vello, algunos granos en la cara y comenzaban a hablar de las chicas de su colegio ruborizándose.
Faysal trataba de pasar el mayor tiempo posible en su compañía e infundirles su amor por el deporte (surf, golf, pádel, esquí) para evitar que el día de mañana adquirieran aficiones dañinas, pero desde la muerte de su padre, algunos años antes,
el peso del imperio empresarial Al Mubarak había recaído íntegramente en sus espaldas y, si bien delegaba algunas tareas en su hermano, estaba agobiado de trabajo y sus ratos libres eran cada vez más escasos.
A veces necesitaba imperiosamente desconectar y zambullirse en la inconsciencia de la house party que compartía en la Down Town con algunos amigos suyos, emiratíes de alto poder adquisitivo,
en la que entraba cogido del brazo de alguna señorita extranjera de pelo rubio y piel de porcelana y salía casi a cuatro patas al alba después de haberse bebido el apartamento entero; y lo que no era alcohol…
Al día siguiente le estallaba la cabeza y se sentía como un miserable, pero sabía que siete u ocho días después, un par de semanas a lo sumo, volvería a salir a la caza de alguna otra mujer a ser posible de ojos grises (normalmente provenían de países del este de Europa),
en cualquier hotel de Dubái y se la llevaría a aquel piso donde conseguiría olvidarse, al menos por unas horas, de cuán vacía y desgraciada era su existencia.