Cartas desde Dubái 18
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¿Cuántas vidas somos capaces de vivir desde que nacemos hasta que morimos?

¿Cuántas personalidades diferentes podemos desarrollar desde el momento del primer llanto hasta el del último suspiro?

¿Tenemos a lo largo de toda nuestra existencia la misma esencia como seres humanos o las circunstancias, acontecimientos externos o personas con las que nos topamos a lo largo del camino pueden lograr moldear nuestra alma hasta ponerla del revés de manera inconsciente e irreversible?

Después de aquella inefable cena en el Trider Vic’s y de la promesa de Lola: «Tendremos un hijo juntos, mi amor, tienes mi palabra, confía en mí, por favor», pero al mismo tiempo su negativa rotunda a someterse inmediatamente a otro tratamiento de fertilidad: «Lo siento, pero ahora no puedo,

y después de lo que me has dicho aún menos, necesito tiempo, eso es todo lo que te pido», el ambiente comenzó irremediablemente a enrarecerse en aquella lujosa mansión del exclusivo barrio de Al Manara de Dubái.

Faysal no se enfadó con Lola (ojalá hubiera sido así), pero andaba por las espaciosas habitaciones como alma en pena, completamente ausente, mientras ella se sentía cada vez más culpable.

«A lo mejor debería volver al City Hospital, total, si se lo he prometido, qué más da ahora que dentro de seis meses», aunque al minuto siguiente lo repensara y cambiara de opinión: «No puedo tener un hijo fruto de un chantaje, tengo que desearlo con todo mi ser,

tiene que ser una decisión mía y solo mía, no de mi marido, por muy enamorada que esté de él, y mucho menos de sus padres».

Faysal cada vez pasaba menos tiempo en casa.

«Acabamos de iniciar un nuevo proyecto y estoy hasta arriba de trabajo en estos momentos», le aseguraba cuando ella se quejaba de la poca atención que le prestaba a ella o a sus propios hijos.

El sexo entre ellos dejó de ser mágico e imaginativo para pasar a convertirse en algo mecánico y aburrido.

Ambos conocían el cuerpo del otro de memoria y sabían exactamente qué teclas debían tocar para proporcionarse placer.

Ciertamente lo hacían, pero solo cuando consideraban que no les quedaba más remedio; se trataba de pura rutina, algo que los dos sentían como una obligación, pero que cada vez se espaciaba más en el tiempo y, en lugar de unirlos,

iba alejando poco a poco sus almas por caminos diametralmente divergentes.

Sin embargo, lo peor era la indiferencia de Faysal, que evitaba sistemáticamente mirar a Lola directamente a los ojos, y, cuando lo hacía, la traspasaba hasta llegar a la pared, como si se hubiera convertido de repente en un ser etéreo.

Lola lo intentó todo y de todas las maneras posibles.

Comenzó a comprar compulsivamente conjuntos de lencería sexy en el Mall of the Emirates, a inyectarse ácido hialurónico en la cara, a dejar incluso de comer durante días enteros para perder esos michelines que únicamente ella podía percibir…

Se inventó nuevos juegos eróticos a los que su marido se negaba con verdadero desinterés haciéndola sentir estúpida e insignificante, y, por qué no reconocerlo, profundamente humillada.

Trató de ser más cariñosa, se apuntó a clases de árabe para informarlo cada noche de sus progresos y tener algo de lo que hablar, probó a sorprenderlo con cenas a la luz de las velas, con regalos carísimos…

Pero nada daba resultado, nada sacaba a Faysal de su absoluta apatía y, con el paso de los días, las semanas y los meses Lola Goizueta se sumió en una brutal y aterradora depresión,

volvió a encerrarse durante la mayor parte del día en su habitación con las luces apagadas e incluso un día apareció en el colegio en pijama para recoger a los niños, porque se le había olvidado que ya eran las tres de la tarde y tenía al menos que vestirse para salir a la calle.

A esas alturas sabía ya que una palabra suya bastaría para reconducir su matrimonio en un solo instante.

De hecho, estuvo más de una vez a punto de pronunciarla, pero algo en su interior mantenía sus labios sellados.

Necesitaba fervientemente que su marido la quisiera por sí misma, por lo que era ella en esencia, por lo mismo que le

había enamorado años atrás. Lola quería seguir siendo para Faysal aquella persona por cuya libertad había luchado tanto, con todas esas cualidades que le pertenecían a ella y solo a ella y por las que había decidido hacerla su compañera en la vida.

Se negaba, en definitiva, a que fueran únicamente las circunstancias las que inclinaran la balanza, aunque fuera a su favor.

Hasta que una mañana Faysal hizo una pequeña maleta, le dijo que se tenía que ir a Hong Kong un par de días por trabajo, «por el nuevo proyecto que te he comentado tantas veces», y cuando con lágrimas en los ojos le dijo:

—Te quiero, cariño, eres y siempre serás el único amor de mi vida, por favor no lo olvides, pase lo que pase no lo olvides nunca.

Lola lo supo. Lo supo perfectamente antes incluso de que, unas horas más tarde, apareciera Samira solidariamente en la puerta de su casa sin avisar, le diera ese abrazo tan fuerte y se echara a llorar desconsoladamente.

—No sabes cuánto lo siento, amiga mía, pero ten por seguro que él te quiere a ti y solo a ti —le repetía una y otra vez muy compungida—. A Faysal lo han obligado a hacerlo sus padres, él no quería volver a casarse, por favor, créeme, Lola.

—Lo sé, Samira. Te aseguro que lo sé perfectamente, y probablemente todo esto haya sido culpa mía —le aseguró poniendo todo de su parte para no derrumbarse por completo, para hacerse la fuerte y, paradójicamente, tratando de consolar ella a su amiga,

que estaba hecha un mar de lágrimas a pesar de que Lola no había podido verter ni una sola todavía—.

Perdóname, Samira, y muchas gracias por venir hoy a mi casa en un día tan difícil para mí, pero necesito estar sola ahora.

Si no te importa, mañana te llamo o me paso por tu casa y hablamos más tranquilamente, ¿de acuerdo?

—le pidió una vez que ella pareció haberse calmado un poco—.

Y que sepas que te quiero, te quiero muchísimo, eres la mejor amiga que podría tener y no sabes cuánto te agradezco todo lo que has hecho siempre por mí.

Después de que su amiga emiratí hubo salido por la puerta, llamó a Alfredo, el padre de sus hijos, y a su amigo y abogado Silverio para informarlos de la situación, le escribió un mensaje a su padre (sabía que no iba a atender su llamada),

y tiró a la basura todos esos globos de color azul celeste que había comprado y pensaba inflar en cuanto estuviera un poco más segura de que tenían que ser azules.

No sabía qué decir, se había quedado sin palabras propias, así que hizo lo único que se le ocurrió en aquel momento, apropiarse de una frase de otro, en este caso de Walt Withman, escribirla en un papel y dejarla sobre la mesilla de noche de Faysal a modo de despedida:

Estábamos juntos, el después lo he olvidado.

Cogió un taxi, pasó por el banco para sacar lo justo en efectivo, recogió a los niños en el colegio y llamó a la casa para pedirle al chófer que fuera inmediatamente a por Abdul y Hassan, a los que no era capaz de decirles adiós, porque los adoraba, porque tenía el corazón roto,

porque no podía mirar sus preciosas caritas inocentes y decirles que esa sería la última vez que volverían a verse.

Ni ella ni mucho menos ellos se merecían aquel final tan triste.

—Muñequitos, nos volvemos a Madrid —les anunció a Alejandro y Diego.

—¡Qué guay! ¿Y esta vez nos vamos a duchar por encima de las nubes? —preguntó Alejandro, el más pequeño.

—No, mi amor, porque hoy vamos a volar en un avión diferente y las sillas no se pueden convertir en camas como la otra vez, pero lo bueno es que abuelito me ha prometido que estará en el aeropuerto de Madrid esperándonos y que os ha comprado a ti y a tu hermano un Scalextric —eso último era lo

único que se había inventado, porque era verdad que su padre le había contestado con un escueto mensaje asegurándole que él y su mujer estarían esperándolos en Barajas.

—¿Y cuántos días de vacaciones vamos a pasar en España? —inquirió Diego—. ¿Vamos a ver a papá?

—Pues claro que sí, mi amor, por supuesto que vais a ver a vuestro papá.

—¡Bieeeeeeen! —chillaron los dos locos de alegría.

—Pero no son vacaciones, señorotes. Nos vamos a quedar a vivir ya para siempre en Madrid… —Y ahí sí que ya Lola no pudo reprimir la primera lágrima.

—¿Por qué, mamá, es que te has enfadado con Faysal?

—Sus hijos la miraban muy extrañados, y ella se sintió de repente devastada por no haber pensado mejor las cosas antes de haberlos embarcado en esa aventura dubaití ocho meses atrás—.

¿Y a Hassan y Abdul, cuándo los vamos a volver a ver, van a venir a visitarnos a España?

—No, muñequitos, no me he enfadado con Faysal, lo que pasa es que a veces los adultos se quieren mucho, pero son tan diferentes que no pueden vivir juntos; eso es algo que entenderéis cuando seáis más mayores…

—Se le estaba haciendo un nudo el corazón—.

Y seguro que cuando Hassan y Abdul también se hagan mayores un día irán a veros a Madrid, no tengo ninguna duda de ello.

Los tres se sentaron en sus asientos de clase económica y los niños pusieron Toy Story 3 y Cars 2 en el sistema de entretenimiento de a bordo.

Ella se sujetó la tripa en un gesto instintivo de protección que cualquier mujer embarazada suele hacer.

Le había arrebatado su padre a su propio hijo, y por él hasta había perdido su dignidad, pero ese niño (intuía que sería un varón, tal y como Faysal siempre soñó), al que ya quería más que a nada en el mundo, tendría la mejor educación y todas las oportunidades.

En caliente había tomado la decisión de devolverlos, pero Silverio consiguió, con su habitual mano izquierda, hacerle cambiar de opinión: invertiría todos esos millones de Suiza en regalar a sus tres hijos una vida sin lujos ni despilfarro, pero en la que no les faltaría de nada.

Diego, Alejandro y Mohammed (porque así se iba a llamar) irían al mejor colegio y a la universidad que ellos escogieran, les enseñaría a valorar el dinero, pero no les negaría ninguna oportunidad a la hora de formarse y crecer sin que les faltara absolutamente de nada.

Y cuando los tres pudieran valerse por sí mismos reembolsaría a Faysal todo el dinero que hubiera sobrado.

Entonces y solo entonces, Lola podría recuperar su dignidad.

Suspiró y, seguramente para no tener que pensar en otra cosa porque se sentía demasiado superada por los acontecimientos, echó un vistazo a la sección de Film Club de su pantalla de televisión y apretó el botón para comenzar una vez más a ver Closer, con Natalie Portman, Jude Law,

Clive Owen y Julia Roberts, en el probablemente mejor cuarteto protagónico reunido en una película moderna.

Cuando sonó la profundamente triste The blowers daughter cantada por Damien Rice Lola Goizueta pulsó el botón de su asiento para reclinarse todo lo que pudo (que no fue mucho, la verdad) y se ajustó los cascos para escuchar la letra de su canción favorita:

And so it is,

The shorter story,

No love

No glory,

No hero in the sky

Que en español podría significar algo así como:

Y así ha sido, la historia más corta, sin amor, sin gloria, sin ningún héroe en el cielo.