17
No fueron unas buenas navidades para Lola Goizueta.
Tampoco lo fueron sus primeras navidades en Dubái cuatro años atrás cuando aún estaba casada con Alfredo.
La Navidad se había convertido desde entonces en una etapa nostálgica de tiempos mejores y bastante deprimente que odiaba con todas sus fuerzas y esperaba con verdadero pánico un año tras otro, a pesar de que realmente se esforzaba para que los niños la vivieran como lo que era: una fiesta,
una ocasión para estar alegres.
Por eso llamó a una empresa de esas que hacen chapuzas a domicilio (en inglés se les llama handyman), que envió a su casa un equipo de cinco chicos de Bangladesh con una escalera gigante para decorar el árbol más grande de su jardín con luces, bolas y guirnaldas,
compró regalos para todos y supervisó con el cocinero de la mansión (además de freír filetes poco más sabía hacer ella) un menú al que no le faltase detalle.
Faysal era plenamente consciente de toda la ilusión y ganas que le estaba poniendo su mujer, pero aun así el día veinticuatro por la mañana excusó su asistencia y la de sus hijos a la cena de Nochebuena porque sus padres habían organizado esa misma noche (qué casualidad) una reunión de toda la
familia Al Mubarak: el hermano de Faysal con su cuñada y sus cinco hijas, sus tres hermanas y multitud de primos directos y no tan directos (vamos, que a lo grande).
Para ser sinceros a Lola no le importó en absoluto que su marido, Abdul y Hassan no pudieran compartir con ellos aquella noche tan especial; de hecho casi agradeció tener un rato para estar a solas con sus propios hijos,
al fin y al cabo se trataba de una celebración religiosa y ellos eran musulmanes, así que no le dio la más mínima importancia al tema y a las nueve en punto de la noche se sentó en la mesa maravillosamente decorada y se mentalizó para pasar un buen rato y tratar de que los niños disfrutaran también.
—Lo primero que vamos a hacer, señorotes, es llamar al abuelito para desearle a él y a Luisa una muy feliz Navidad —les propuso; pero su padre no le cogía el teléfono a pesar de que marcó su número varias veces: la carne se estaba quedando fría—.
Bueno, no pasa nada, luego lo volvemos a llamar, que seguro que está deseando hablar con nosotros; es que como hay tres horas de diferencia con España allí todavía no es Nochebuena.
—La verdad es que Lola no tenía ninguna esperanza de que su padre volviera a hablar con ella nunca más (así se lo había dejado meridianamente claro él cuando le comunicó que se iba a vivir a Dubái con Faysal), pero tenía que intentarlo en una fecha tan señalada, aunque solo fuera por los niños…
Sus hijos estaban muy emocionados preguntando qué les iba a traer Papá Noel esa noche, y Lola, sin desvelar el secreto, aprovechó para incidir en el aspecto católico de la Navidad.
No quería que por vivir en el extranjero Diego y Alejandro perdieran sus raíces, así que puso un CD de villancicos que había traído de Madrid en el equipo de música y les explicó que en la Navidad se celebraba el nacimiento de Jesús en un portal de un pueblecito llamado Belén, no muy lejos de Dubái,
un niño que era el hijo de Dios y que treinta y tres años después entregaría su vida para salvarnos de todos nuestros pecados.
Sus hijos obviamente eso lo sabían ya (o al menos eso era lo que ella pensaba), pero nunca estaba de más recordárselo y sintió que era su obligación como madre hacerlo.
—Entonces, ¿el papá de Jesús era Alá? —preguntó Diego un poco confundido.
—No, no, no. Alá es el nombre con que los musulmanes, como Faysal, Abdul y Hassan, llaman a Dios, pero nosotros somos católicos y para nosotros Jesús es el hijo de Dios, aunque su papá en la Tierra se llamaba José y su mamá María —les explicó Lola.
—Pero Alá es el único Dios y Mahoma es su profeta, así que si Alá no era el papá de Jesús entonces ese niño no era el hijo de Dios —insistió su hijo de ocho años ante la extrañeza de Lola.
—¿Y a ti quién te ha dicho eso? —le preguntó.
—La profesora de árabe, la que viene a casa por las tardes, también nos ha dicho que el Islam es la única religión que es de verdad; y, además —el niño hablaba muy convencido de lo que estaba diciendo— la mamá de Faysal nos ha contado que, si no nos convertimos pronto,
cuando muramos iremos directos al infierno por malos y por esa otra palabra que no me acuerdo cuál es…
—Infieles, esa es la palabra que dice la «abu» de Hassan y Abdul —intervino su hermano de siete añitos—. Yo no quiero ser infiel, mamá, yo no quiero ir al infierno.
A Lola el cordero, perfectamente guisado y especiado quizá con demasiada menta, se le hizo una bola en la garganta.
—Pues ni la profesora de árabe ni la abuelita de Abdul y Hassan tienen razón, pero lo que voy a hacer es apuntaros a catequesis en una iglesia católica que hay aquí en Dubái para que el sacerdote os lo explique todo mejor, y así además podréis hacer la Primera Comunión,
que ya tenéis los dos edad para ello…
—¿Y si hacemos la Primera Comunión tendremos una superfiesta en casa y podremos invitar a todos los niños de la clase? —preguntó Alejandro con su pragmatismo habitual.
—Por supuesto que sí, muñeco, y te prometo que va a ser una celebración por todo lo alto —le contestó su madre acordándose de esos diez millones de dólares que tenía en una cuenta en Suiza. Si era necesario se los gastaría íntegramente en globos, serpentinas y medias noches, ¡faltaría más!
Lola, muy preocupada y algo asustada, apenas pegó ojo aquella Nochebuena, pero decidió jugar sus cartas con inteligencia y evitar otra guerra con su marido.
Así que cuando al día siguiente Faysal se metió en la ducha, ella se desnudó, se metió bajo el agua con él y saboreó su cuerpo con aroma a champú de albaricoque y gel de baño con vitamina C hasta que su gemido de placer se mezcló con el potente chorro de la ducha,
mientras a lo lejos sonaba la Pequeña serenata nocturna de Mozart.
Como una flecha, el ejército alemán había traspasado la frontera con Austria y había irrumpido en Viena vitoreado por el pueblo austríaco.
¿O acaso no había dicho el chino Sun Tzu «Si no puedes con tu enemigo únete a él»?
—Me vuelves completamente loco, mi amor —le dijo él tras salir del inmenso cuarto de baño de mármol de Carrara con una toalla blanca atada a su atlética cintura.
—Y a mí me encanta comerte y chuparte como si fueras una tableta de chocolate que se deshace en mi lengua —le contestó Lola—.
Por cierto, quería comentarte un tema que para mí es muy importante.
He decidido que voy a apuntar a Alejandro y Diego a catequesis en la iglesia católica de Jebel Ali.
—Y mientras le daba la noticia se inyectaba al lado del ombligo la dosis diaria de estimulación ovárica que le había prescrito el ginecólogo del City Hospital, dejando escapar un gesto de dolor (que exageró todo lo que pudo) cuando la enorme aguja traspasó su piel.
—Lo que tú consideres, preciosa —le contestó Faysal, que no pudo evitar pasarlo fatal al ver el sufrimiento de su mujer (fingido a tope, porque el pinchazo solo era un pelín molesto y nada más)—.
¿Cuándo te van a hacer la punción?, ¿cuándo sabremos cuántos folículos van a ser aptos para la inseminación?
—Estaba claro que se había informado concienzudamente.
—Pasado mañana, tengo que ir al hospital para que me ingresen y me la hagan, pero solo estaré allí unas horas; me dará tiempo a ir a recoger a los niños al colegio —le contestó ella—.
Últimamente se sentía muy hinchada por las hormonas que se estaba suministrando y en ocasiones no podía reprimir ciertos ataques de mal humor.
Lo cierto es que se sentía culpable por haber accedido a someterse a un tratamiento del que no estaba del todo convencida, o al menos no en ese momento.
Había sido todo demasiado precipitado y no se sentía aún preparada para quedarse embarazada de nuevo.
—De eso nada. Luego le digo a mi secretaria que me despeje la mañana para acompañarte al hospital y traerte después a casa, meterte en la cama e ir a buscar a los niños —le ordenó él muy protector—.
Y a partir de ese día no quiero que salgas de la cama a no ser que sea absolutamente imprescindible; que se encargue el chófer de llevar y traer a los niños y que se lleve a una sirvienta para que lo ayude,
lo único que tú vas a hacer es descansar el mayor tiempo posible y estar muy tranquila para que el embrión agarre y tengamos pronto a Mohammed con nosotros.
—Al parecer hasta había elegido el nombre…
—Pero Faysal —protestó Lola—, si no hace ninguna falta que me quede en la cama; el médico me ha dicho que puedo hacer una vida completamente normal.
—Me da igual lo que diga el médico, no pienso correr ningún riesgo, así que deja que yo te mime, te cuide y te consienta hasta que sepamos algo, ¿de acuerdo? —la pregunta, evidentemente, era retórica.
—Vale, Faysal, lo que tú digas, pero quería también hablarte de otra cosa que me tiene un poco preocupada últimamente —tomó aire y carraspeó—.
Resulta que no estoy nada contenta con la profesora particular de árabe que tienen Alejandro y Diego, y estoy pensando en prescindir de sus servicios.
Es que, además, los niños tienen un montón de deberes del resto de asignaturas y llegan tan cansados del colegio que no quiero agobiarlos más de lo que ya están.
—Hablamos de eso esta noche, ¿vale, princesa?
—le respondió acariciando su tripa con mucha delicadeza—, que tengo una reunión importante y ya voy retrasado, aunque la verdad es que no he podido tener una razón mejor para llegar tarde al trabajo hoy.
—Y salió por la puerta con su kandora, su turbante y su maletín de piel lanzando un beso al aire.
Pero la profesora de árabe finalmente no fue despedida.
«Como ahora los niños tienen vacaciones y tú necesitas reposar, así están distraídos…»
Y después de la famosa punción Lola pasó trece terribles días metida en una magnífica cama con dosel y sábanas de hilo de la que solo salía cuando Faysal se iba a trabajar para aspirar ansiosamente un cigarro detrás de otro.
Había llenado su mesilla de noche de caramelos de menta para que él no se percatara del olor de la nicotina, porque hasta eso le había prohibido hacer «por el bien de Mohammed».
Y mientras sus hijos infieles pasaban el rato jugando en su propio jardín con Aasiyah, que muy probablemente les estaría recitando versículos del Corán después de lavarse las manos.
Fueron trece días de absoluta neurosis. Lola no tenía claro si quería que el embrión musulmán agarrara o no.
Por una parte la halagaba profundamente que Faysal quisiera tener un hijo suyo y quería complacerlo, pero los acontecimientos se habían sucedido de una manera tan vertiginosa en los últimos meses que no se sentía con fuerzas en ese momento de llevar a un bebé en su vientre.
Samira la visitaba casi cada día. «Seguro que consigues quedarte embarazada, Lola, vas a ver cómo sí», y ella no encontraba palabras para contestarle sin odiarse a sí misma por mentirosa mientras trataba de adoptar una mirada más neutral que el país helvético.
Sentía que se trataba de una decisión demasiado trascendental como para ser tomada de manera unilateral, pero en esta ocasión la habían obligado con un empujón a cruzar el Rubicón y ya no había vuelta atrás.
La analítica de sangre primero y el test de embarazo después dieron negativo en ambos casos y las lágrimas arrasaron los ojos negros de Faysal cuando recibió la noticia.
Lola, por su parte, no supo qué cara poner, porque le parecía demasiado falso hacerse la actriz con un tema tan serio.
El médico propuso continuar con la estimulación ovárica e intentar congelar la próxima vez un preembrión que podría transferirse en el siguiente ciclo después de preparar el endometrio con más pinchazos,
pero Lola sintió que esta vez el destino se había puesto de su parte y ahora le tocaba a ella tomar las riendas, así que reservó mesa en el Trader Vic’s del hotel Crown Plaza en la Sheikh Zayed Road, que era uno de sus restaurantes preferidos, y durante un buen rato,
de la manera más dulce que fue capaz, trató de hacer entender a su querido marido por qué había decidido no seguir con el tratamiento, al menos por el momento, al menos hasta que se sintiera lo suficientemente fuerte física y psicológicamente para quedarse embarazada de nuevo.
—Ha sido todo demasiado rápido y dramático para mí.
En solo unos meses me he cambiado de país, me he convertido en tu segunda esposa, ha muerto Fhadila, tus hijos han pasado a ser también mis hijos, y necesito algo de tranquilidad para asimilar el giro de ciento ochenta grados que ha dado mi vida.
Entiéndelo, cariño, yo también quiero que tengamos un hijo en común, pero no ahora, no de esta manera tan impulsiva, déjame digerir los acontecimientos, vamos a esperar un poco más, por favor…
—No podemos esperar, mi amor, no hay tiempo… —le contestó Faysal apartando el plato de su brocheta de pollo con crema de cacahuete.
—Pero ¿por qué no, qué prisa hay? No va a cambiar nada por que esperemos unos meses, ¿no? —inquirió Lola, que no entendía nada.
Y después de un silencio espectral y un largo suspiro, él la miró directamente a los ojos y le dijo:
—Porque mis padres quieren un heredero varón para la empresa familiar y mi hermano parece condenado a tener solo niñas…
—Pero ¿y qué pasa con Abdul y Hassan? —preguntó ella atónita.
—Podrían heredar la enfermedad de Fhadila, o al menos eso es lo que mi padre piensa —le explicó mientras a lo lejos habían comenzado ya a retumbar los tambores de guerra—.
Sí, ya sé que la ELA no es congénita, y créeme que se lo he explicado y repetido una y otra vez a mi padre, pero él y mi madre no se lo acaban de creer, y no están dispuestos a arriesgarse y dejar algo tan fundamental al azar o la suerte, quieren dejar todos los cabos atados y bien atados.
—Entonces le cogió la mano a pesar de estar en un sitio público y le imploró muy angustiado—: Por favor, Lola, sigue intentándolo, hazlo por mí, por nosotros, por nuestros hijos.
No me obligues a tener que volver a casarme, no quiero hacerte pasar por eso…
Polonia acababa de ser invadida. Había estallado definitivamente la guerra y mientras a Lola le cosían directamente en el corazón y en carne viva una gran estrella amarilla,
Dubái se convertía en Cracovia y a lo lejos el Himno de los Partisanos intentaba sin éxito superponerse a los cañonazos de los tanques.
Rompió a llorar.
Ya nunca podría dejar de hacerlo, aunque a veces las lágrimas se negaran a acudir a sus preciosos ojos grises.