Cartas desde Dubái 16
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Normalmente las desgracias no suelen suceder de un día para otro.

Al principio solo son pequeños detalles, síntomas apenas perceptibles o a los que no queremos dar importancia de una enfermedad que no se deja ver, pero que poco a poco y lentamente va matándote por dentro.

Cuando el mal se decide finalmente a mostrar abiertamente sus fauces es porque sabe que tiene la batalla ganada, que ya no hay nada que hacer.

Con la llegada del mes de diciembre los días fueron acortándose y las noches se hicieron más frescas.

Después de tantos meses de calor húmedo y sofocante daba gusto necesitar un jersey para ir al colegio a primera hora de la mañana, o para fumar un cigarro en el jardín a la caída del sol.

Pero los niños crecían rápidamente y la ropa de abrigo se les había quedado pequeña a los cuatro, así que Lola estaba en el centro comercial Dubai Mall, tan agradable con su acuario gigante, su pista de patinaje sobre hielo y todos esos restaurantes y tiendas tan elegantes,

tratando de encontrar prendas de sus nuevas tallas cuando recibió la llamada de Faysal:

—Buenos días, cielo, ¿dónde estás? —le dijo con esa voz tan varonil que tenía el efecto de ponerle el vello de punta cada vez que la escuchaba.

—¡Hola, cariño! Estoy en el Dubai Mall.

—Estupendo, porque quiero que te vayas a tu tienda preferida y te compres el vestido más bonito que encuentres; esta noche tenemos una cita —le dijo muy contento.

—¿Una cita, con quién, dónde? —le preguntó ella.

—Una cita tú y yo solos, pero el sitio es una sorpresa, lo verás más tarde. Tú cómprate algo elegante que te guste mucho, vete al salón de belleza y relájate. Te recojo en casa a las ocho…

—Pero es que Hassan tenía muchos mocos esta mañana y tiene toda la pinta de que esta noche le va a subir la fiebre. ¿Te importa que salgamos otro día a cenar?

—Sí, me importa —respondió categórico, como era él—, quiero tener una cena romántica con mi mujer. Te recojo a las ocho, ponte muy guapa. Un beso.

Y colgó.

Así que a las ocho en punto Lola, enfundada en un impresionante vestido de Oscar de la Renta y subida a unos tacones plateados de Jimmy Choo, esperaba a su marido con el pelo perfecto, la manicura y pedicura recién hechas, los labios rojísimos y hasta pestañas postizas.

Después de tantas semanas viviendo por y para los niños la idea de hacer algo excitante fuera de aquellas cuatro paredes no podía haber sido mejor.

Faysal llegó conduciendo su Porsche Cayenne con traje oscuro sin corbata y un ramo de rosas rojas. Nada más verla esperándole en la puerta exclamó:

—¡Pero ¿qué he hecho yo para merecer esto? Estás absolutamente espectacular! —Le dio un beso, le abrió la puerta, le dio la mano para ayudarla a subir al coche y añadió—: Vas a ser la mujer más guapa del Burj Al Arab esta noche, y eres mía y solo mía, soy el hombre más afortunado que pueda existir.

Y juntos y felices se fueron al famoso hotel de siete estrellas (aunque en realidad tiene seis) con forma de vela ubicado en una isla artificial unida por una calle a tierra firme.

Estaba claro que Faysal era cliente habitual, porque nada más cruzar el altísimo e impresionante vestíbulo todos los empleados lo saludaron efusivamente: «Bienvenido otra vez, señor Al Mubarak».

Se sentaron en una de las pequeñas mesas del restaurante submarino Al Mahara pegadas al vitral con forma de acuario y tomaron un delicioso menú a base de marisco y pescado preparado por el premiado chef Nathan Outlow,

que Faysal regó con champán de la viuda de Clicquot y Lola con vino tinto (aunque no maridara con los productos de mar era lo que a ella le gustaba, y punto), mientras cientos de peces los observaban.

Todo tan relajante, tan íntimo, tan especial…

—Quería aprovechar la ocasión para agradecerte formalmente todo lo que has hecho por mis hijos desde que su madre murió, Lola —le dijo solemnemente logrando que a ella se le subieran los colores por la satisfacción,

como si fuera una niña a la que el profesor le pone un diez en el examen que había estudiado muchísimo—.

Estoy muy orgulloso de ti, sé que ha sido todo muy difícil pero has estado a la altura de las circunstancias.

Abdul y Hassan te adoran, y junto a Alejandro y Diego hemos formado una verdadera familia, ¿no crees?

—Claro que sí, Faysal. A los niños se les ve cada día más contentos, poco a poco van superando la muerte de Fhadila y se llevan fenomenal con mis hijos —le aseguró ella—.

Pero no tienes nada que agradecerme, quiero con locura a tus hijos y verlos felices es lo que más feliz me puede hacer a mí —añadió agradeciendo mucho que su marido valorara todo su esfuerzo, porque era cierto que no había sido nada fácil para ella tampoco.

—Eres un ser humano excepcional, Lola. Lo sabía desde la primera vez que te vi, pero con el tiempo me has ido demostrando no solo que no me había equivocado contigo, sino que eres incluso más valiente, más inteligente y más buena de lo que jamás habría podido imaginar.

—Y le cogió la mano para besársela con esos labios tan apetecibles mientras Lola solo podía pensar en cómo serían las camas de cualquiera de las doscientas dos suites de aquel lujoso hotel—. Cada día me sorprendes con algo nuevo…

—¿Ah sí, y con qué te he sorprendido hoy, por ejemplo? —le retó Lola, que le encantaba jugar con su marido, el hombre más atractivo, cariñoso y detallista que se podía pedir.

—Con el color de tus ojos, por ejemplo, llevo toda la cena embobado mirando cómo han pasado del gris al verde y después al azul, porque se han mimetizado con el agua del acuario.

Me tienes absolutamente embrujado, cariño, con esos ojos tan bonitos estoy totalmente desarmado, puedes hacer conmigo lo que quieras —le contestó guiñándole un ojo.

—Tú mejor no me tientes, que no sabes la cantidad de cochinadas que se me están ocurriendo y que te haría ahora mismo —le advirtió.

Entonces Faysal, con una gran sonrisa triunfal, le mostró su póquer de ases: la llave de la habitación de ciento setenta metros cuadrados que había reservado para esa noche.

—Pero antes de que me convierta en tu esclavo sexual, quería comentarte algo importante —se había puesto muy serio—.

He estado pensando en nosotros, en los niños, y creo que ha llegado el momento de que tengamos un hijo propio, ¿qué opinas, has pensado en la posibilidad de darme un hijo, un bebé que fuera de los dos?

A Lola se le atragantó su sorbete de fresa y champán mientras George, el famoso pez Napoleón del restaurante, se le quedaba mirando expectante y la Filarmónica de Múnich tocaba El ocaso de los dioses.

—Pues…, la verdad es que hasta ahora no lo había pensado en serio…

—tartamudeó Lola, que en absoluto se esperaba que Faysal le fuera a salir con eso justo en ese preciso momento tan romántico—.

Yo ya tengo dos hijos y tú otros dos, porque ya sabes que yo a los tuyos los quiero exactamente igual que si fueran míos…

—Pero a mí me haría tanta ilusión tener un hijo que fuera tuyo y mío…

, sería sencillamente perfecto, siento que nos falta ese bebé para que nuestra felicidad sea ya completamente redonda —intervino Faysal suplicante mirándola con unos irresistibles ojos de cordero degollado a los que resultaba imposible negarles algo.

—Pero es que yo ya tengo cuarenta años, mi vida, es una edad que empieza a resultar un poco peligrosa, y de todas formas no creo que lograra quedarme embarazada aunque lo intentara —George seguía mirándola fijamente a través del cristal y los acordes retumbaban cada vez más fuerte en sus oídos.

—Por eso me he permitido reservarte una cita con el mejor ginecólogo de Dubái.

Tenemos que darnos prisa y lo mejor es empezar ya con el tratamiento de fertilización; esta es su tarjeta —le dijo ofreciéndole una tarjeta con el logotipo del prestigioso City Hospital—.

Te va a hacer un hueco mañana a las once para un primer chequeo, análisis de sangre y compatibilidad; prométeme que irás, por favor…

—Y aquello no era un ruego, sino una exigencia; acababa de producirse la capitulación de Checoslovaquia.

A Lola también la habían dejado sola. Sola con Richard Wagner y aquel horrible pez gordo y con cara de viejo encerrado en un acuario.

Como Lola había perdido súbitamente el interés por conocer las habitaciones del Burj Al Arab y Hassan estaba un poco constipado le pidió a Faysal que se fueran a casa, «por si el niño tiene algunas décimas».

—¿En serio? —preguntó muy sorprendido.

—Sí, cielo, en serio —asintió — es que estoy preocupada por el niño y mañana tengo una cita muy importante a las once. Esta noche quiero descansar para que el médico me vea en plena forma y todos los análisis salgan niquelados.

Y él esperó a estar ya dentro del coche para darle un prolongado beso de agradecimiento.

—Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo. Vamos a tener un hijo que va a heredar esos ojos alucinantes que cambian de color con la luz, va a ser guapísimo.

—O una niña, que ya tenemos cuatro hijos —le dijo Lola con una media sonrisa.

—No, va a ser un varón, de eso no tengo ninguna duda.