Cartas desde Dubái 15
84%

15

Al principio no fue fácil para Lola, que había pasado de tener dos hijos a tener cuatro, un marido destrozado por la pena y una mansión llena de sirvientes a los que le costó Dios y ayuda organizar,

porque no estaba acostumbrada a dar órdenes y le suponía un gran esfuerzo delegar funciones que consideraba que le correspondían a ella, especialmente cuando se trataba del cuidado de Abdul, Hassan, Diego y Alejandro.

Durante semanas renunció a su propia vida, dejó de quedar con sus amigos occidentales y hasta de ir a la peluquería para entregarse en cuerpo y alma al cuidado de los niños, la buena marcha de la casa y a tratar de mitigar la profunda pena de Faysal por la ausencia de Fhadila.

Pero lo hizo encantada, no solo porque era lo que se esperaba de ella, sino porque era lo que Lola esperaba de sí misma.

Así que se puso manos a la obra sin importarle robar horas al sueño, tratando de estirar el tiempo para que Abdul y Hassan estuvieran cada día un poco más contentos y su marido un poco menos triste.

Diego y Alejandro acogieron a sus nuevos hermanos con mucho cariño, pero Abdul y Hassan, que bajo el sol emiratí jugaban y corrían por el jardín despreocupadamente ajenos a todo, por las noches echaban mucho de menos a su madre,

y Faysal y ella se tenían que turnar para acudir a su habitación a cogerlos en brazos y secar sus lágrimas.

Sin embargo, con el paso de los días las piezas del rompecabezas fueron poco a poco encajando, y Lola quiso pensar que había conseguido devolver a Fhadila algo de lo mucho que le había dado ella cuando sus hijos comenzaron a sonreír un poco más y a dormir bastante mejor.

Samira, su madre y el resto de las hermanas de Fhadila resultaron de gran ayuda en las constantes visitas que hacían a la casa para ver a los más pequeños, pero Aasiyah, la abuela, se negaba a cruzar el umbral de la puerta a no ser que Faysal estuviera presente.

Ordenaba que salieran los niños a la calle, la mayoría de las veces los cuatro (lo cual Lola agradecía muchísimo), junto a otras tantas sirvientas, y se los llevaba a Legoland, Wild Wadi, Sega Republic, Kidzania, Little Explorers,

a bañarse con los delfines del hotel Atlantis o a cualquiera de las múltiples y variadas atracciones que la ciudad ofrece para los niños de todas las edades, de donde volvían al final del día agotados y felices.

Cuando Faysal estaba presente (lo cual ocurría en muy pocas ocasiones, porque trabajaba muchísimo y la mayoría de los días volvía ya de noche) era mucho peor.

Su suegra entraba en la casa y a pesar de todos los esfuerzos que hacía Lola (le ofrecía una taza de té que ella siempre rechazaba con gesto tosco o bien trataba de entablar conversación, lo cual era lo mismo que hablar con una pared de hormigón armado),

la tensión se masticaba en el ambiente y su marido dejaba escapar, cuando creía que nadie le veía, unos gestos de verdadero dolor que le salían directamente del corazón al comprobar que las dos mujeres vivas a las que más quería en el mundo se odiaban irremediablemente.

Jamás le echó a Lola nada en cara, nunca le pidió que tratara de mejorar la actitud hacia su madre, ya que era consciente de que estaba haciendo todo cuanto estaba en su mano, pero ella no podía soportar verlo sufrir así…

Así pues, una mañana en la que los tres mayores estaban ya en el colegio y el pequeño en la guardería, recordó aquella promesa que le había hecho a Dios en la iglesia católica de Jebel Ali: hacer lo que fuera necesario y costase lo que costase para hacer feliz a Faysal.

De modo que decidió dar un paso al frente y tomar cartas en el asunto, se lo debía a Fhadila y por ella y por el amor de su vida estaba dispuesta a todo.

A las diez en punto, conduciendo su Aston Martin, llegó a la puerta del impresionante palacio donde vivían los padres de su marido en el exclusivo barrio de Al Barari.

La doncella, de piel como el ébano y uniforme hasta con cofia, la hizo pasar a uno de los grandes salones para que esperara en un sillón muy incómodo, que seguramente habrían comprado en algún anticuario de París a precio de oro.

Le ofreció un vaso de agua y le comunicó que la señora Al Mubarak (Lola había llamado previamente por teléfono para anunciar su visita) bajaría a reunirse con ella «próximamente».

Cuando después de casi dos horas en las que Lola hasta empezó a morderse las uñas, algo que nunca había hecho, y a arrancarse mechones de pelo compulsivamente por los nervios, la imponente madre de su marido, elegantemente vestida con un traje de chaqueta,

y perfectamente maquillada se dignó aparecer.

Ella se levantó inmediatamente bajando la mirada hacia la mullida alfombra para no dar la impresión de altivez mostrándole la abaya que ella le había regalado y que se había puesto como si fuera la bandera de la paz.

Aasiyah, que fingió no percatarse de la nueva indumentaria de la adúltera española, tomó asiento, le hizo un gesto muy desabrido para que Lola la imitara y con un tono seco a más no poder y una mirada fría como el hielo le espetó:

—No tengo mucho tiempo esta mañana, así que te escucho. Sé breve, por favor.

Entonces Lola, de carrerilla y casi sin coger aire para respirar entre frase y frase, porque se había aprendido el discurso de memoria y no quería saltarse ni una coma,

le explicó con toda la humildad de la que fue capaz que era plenamente consciente de que jamás podría llegarle a la altura del betún a Fhadila, que entendía perfectamente que después de la vergüenza que hizo pasar a su familia cuando mantuvo relaciones con Faysal hacía tres años estando ella casada

no podría ser nunca bienvenida y mucho menos aceptada en una familia tan respetable como la suya, pero que quería a su hijo con toda su alma y que, una vez que él ya la había convertido en su esposa, lo único que quería era hacerlo feliz,

pero que la felicidad de Faysal dependía en gran parte de que ellas dos trataran de mejorar su relación, al menos frente a él, y que para lograrlo ella estaba dispuesta a hacer cualquier sacrificio.

Que se ponía completamente en sus manos para que le dijera qué tenía que hacer, que estaba a su entera disposición y que nada le gustaría más que ver la primera sonrisa dibujada en la cara de su marido cuando constatara que su madre y su mujer comenzaban por fin a llevarse bien.

Su suegra la escuchó hasta el final muy tiesa en su sillón, y cuando Lola terminó de humillarse pronunció, con un rictus muy desagradable, aquellas tres palabras que implicaban exigir a Lola que hiciera lo único que ella jamás podría hacer:

—Conviértete al Islam.

Y a esas tres palabras de Aasiyah, Lola unió a modo de respuesta otras tres que marcarían el principio del fin:

—No puedo hacerlo.

Después, y con lágrimas en los ojos, la española salió por la puerta de la mansión con la abaya aún puesta temiendo que a partir de esas seis palabras todo su mundo, todo aquello por lo que había luchado tanto,

iba a comenzar a desmoronarse como un castillo de arena bajo una violenta ráfaga de viento.

Y así fue.

Exactamente así fue, aunque a Lola le costaría aún algún tiempo y muchas lágrimas de rabia e impotencia aceptar que aquella mañana en aquella impresionante mansión se había dictado y firmado su sentencia final.