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se concentraban los templos de todas las religiones no musulmanas (excepto el judaísmo) que se practican en Emiratos Árabes Unidos.
Afortunadamente no era viernes (el día en que los trabajadores filipinos, indios o de Sri Lanka libran), por lo que no tuvo que esperar demasiado para lograr aparcamiento y dirigirse al interior de aquella iglesia que por fuera no mostraba ninguna cruz o símbolo cristiano (de hecho se parecía a
cualquier otro edificio árabe excepto por el letrero de «Iglesia Católica de San Francisco de Asís»), pero en cuyo interior se respiraba la paz que estaba buscando, la misma de cualquier otra de las iglesias de Madrid a las que acudía con sus padres cuando era niña,
porque lo cierto es que con el paso del tiempo había dejado de asistir a misa, exceptuando bodas, bautizos y comuniones.
Se sentó en uno de los bancos de madera y, mirando la gran imagen del Cristo sobre el altar, pidió perdón a Dios por haber deseado tantas veces que Fhadila falleciera, por haber ansiado la muerte de una de las personas que, sin apenas conocerla, más la había querido en esta vida.
Por haber codiciado la desaparición de un ser humano cuyo corazón era tan grande y generoso como el de su propio hijo, Jesús, que había entregado su vida para salvarnos a todos, igual que Fhadila,
que hasta su último suspiro pensó en la felicidad de Lola y de Faysal antes que en la suya propia hasta el extremo de renunciar a morir en los brazos de su amado marido con tal de que ellos pudieran disfrutar de esa estúpida luna de miel que les había impedido despedirse de ella.
Se odió a sí misma por ser tan frívola y egoísta, por no haber sabido agradecer a Fhadila, cuando tuvo oportunidad, su bondad, su entrega absoluta, su apoyo incondicional frente a la familia Al Mubarak, su viaje a Madrid para ofrecerle a Lola la única oportunidad que tenía ya para ser feliz.
Y lloró, y rezó, y pasó horas allí deseando haber hecho las cosas, todo, de otra manera: haberse negado a hacer ese viaje que la había apartado de su marido en los últimos días de su vida, no haberla acompañado y consolado lo suficiente en su enfermedad, no haberle devuelto,
aunque solo fuera en una mínima parte, todo el amor que ella le había brindado de manera desinteresada, sin quejarse nunca y sin pedir nada a cambio.
Cuando Lola salió de aquella pequeña iglesia estaba en paz consigo misma y se había reconciliado con su Dios, al que había tenido olvidado durante tanto tiempo (hasta en eso le había echado una mano Fhadila).
Tenía los ojos enrojecidos e hinchados por el llanto, pero el alma ya más ligera y un único propósito en su cabeza: a partir de ese momento le devolvería a ella, a través de sus hijos, Abdul y Hassan, y su marido, Faysal, todo el cariño que Fhadila le había regalado.
Formaría un hogar presidido por el amor, donde sus hijos crecerían alegres y se sentirían profundamente queridos y mimados.
Lola estaba dispuesta a hacer lo que fuera, costase lo que costase, por hacer finalmente feliz a Faysal.
Él se lo merecía, se lo merecía la bella y bondadosa Fhadila, y se lo merecían aquellos preciosos bebés huérfanos de madre a los que ya quería y a los que se juró a sí misma y frente a Dios cuidar y proteger siempre.
Mientras tanto, el pequeño cuerpo de Fhadila, erosionado por aquella enfermedad cruel, había sido lavado y purificado, se le había envuelto en la chefn (que es como llaman a la mortaja,
siempre de color blanco) y el imán había rezado la salat almayt u oración para suplicar a Alá su rápida entrada en el paraíso.
Después de untar su cuello y su chefn con aceite, llevaron su cuerpo a la mezquita, donde solo los hombres podían rezar por su alma, siempre de una manera muy contenida y tratando en todo momento de esconder su sufrimiento para no turbar su alma.
A continuación, ya en una habitación aparte, el resto de familiares pudo darle el último beso de despedida para, finalmente, permitir que los hombres la llevaran al cementerio,
donde Faysal sería el primero en usar la pala para cavar la tumba en la que se enterraría el cuerpo de Fhadila solo envuelto en su mortaja, ya que los musulmanes no entierran a sus muertos en ataúdes.
Cuando a última hora de la tarde Faysal llegó a casa llevando a un hijo en cada mano y seguido por todos los sirvientes de la casa de Fhadila, Lola abrazó a Abdul y Hassan, les llamó muñequitos y subió a bañarlos,
darles la cena y arroparlos en la cuna y la camita de la habitación que había estado preparando para ellos tras llenar sus caritas desorientadas de besos y caricias.
Después, y solo después de haberse asegurado de que los niños estaban ya dormidos, abrazó a su marido, que estaba sentado en el sofá del porche del jardín fumando la shisha mirando al cielo negro sin estrellas, y le aseguró: «Todo va a ir bien a partir de ahora, cariño, te lo prometo».
Entonces, por fin, Faysal rompió a llorar, y cuando lo hizo todo su cuerpo se estremeció, el suelo tembló y hasta el cielo se quebró de pena dejando caer las primeras gotas de una lluvia que no cesaría de caer durante días, inundando calles y carreteras,
y llenando toda la ciudad de barro y desolación.