Cartas desde Dubái 14 #2
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14 #2

—Venga, por favor —le rogó con un mohín—, así te imaginas lo que sentí yo cuando acepté tu proposición de matrimonio, dejé mi vida en España y me fui a vivir a Dubái. Tomar esa decisión entonces te aseguro que fue más terrorífico que tirarme ahora por ese puente.

—¡Que no, que ni hablar! —chilló él.

Pero después de mirarlo con esos preciosos ojos grises suplicantes que le volvían loco, Faysal ya había tomado la decisión de tirarse con ella, la amaba tanto que no le podía negar nada,

aunque lo cierto es que tardó media hora más en decirle que sí para que ella le siguiera haciendo arrumacos delante de todos (era muy agradable dejarse besar y abrazar en público, y eso en su país estaba totalmente prohibido).

Los ataron a un montón de arneses y les explicaron que tenían que dar un paso al frente al mismo tiempo, Lola con el pie izquierdo y Faysal con el derecho, y mientras ensayaban la sincronización de sus movimientos una y otra vez sobre aquella plataforma mirando al río,

que parecía estar a miles de kilómetros de distancia, ella empezó a arrepentirse de haber insistido tanto.

Finalmente se precipitaron al vacío agarrados por la cintura y Faysal lanzó un fuerte grito mientras ella ni siquiera lo pudo hacer porque se le había cortado la respiración.

Fueron cuatro, o a lo sumo cinco, segundos de caída y absoluto pánico en los que Lola creyó que su vida había terminado para siempre, pero cuando acabaron balanceándose sobre aquellas aguas turbulentas, Faysal estaba pletórico.

«¡Ha sido increíble!», y Lola, tratando de volver a respirar con mucha dificultad y con el corazón bombeando a mil por hora, admiró la cara de absoluta felicidad de su guapísimo marido y se alegró enormemente de haber saltado, sobre todo porque lo habían hecho juntos.

En ese momento nada ni nadie podría separarla de Faysal y, en cualquier caso, le daba más miedo volver a Dubái que hacer puenting sobre aquel río infestado de cocodrilos.

Aquella noche Lola se subió sobre él y besó todo su cuerpo para después atraparlo entre sus caderas y bailar haciendo círculos mientras lo hacía suyo y le pedía que le gritara cuánto la quería.

«¡Más alto!», pedía Lola, con movimientos cada vez más rápidos contrayendo sus músculos para hacerlo gozar.

Hasta que Faysal, que sintió que ya no podía aguantar ni un segundo más, le dio rápidamente la vuelta, se encaramó sobre ella y empujó todo su cuerpo con violencia chillando «¡Aquí mando yo!»

. Los gritos de placer de Lola lograron por un momento enmudecer el estruendo de las cataratas Victoria.

Tampoco faltó el paseo en elefante, ni el crucero por el Zambeze para ver la mágica puesta de sol, ni la típica cena ambientada con danzas africanas…

Pero lo mejor eran los amaneceres, porque hasta ese momento Lola nunca había podido abrazar el cuerpo soñoliento de su marido, ni darle un beso en los labios con su pelo revuelto y sus ojos todavía semicerrados.

En cada uno de esos cinco despertares lo quiso más que nunca, habría deseado encadenarse a aquella cama y morir de inanición si hubiera sido preciso con tal de seguir enroscada para siempre a ese hombre al que adoraba.

Fue el quinto día, justo después de haber llamado una vez más al servicio de habitaciones para pedir comida, cuando el móvil de Faysal se tiñó de negro y se le cayó de las manos rompiéndose en mil pedazos.

Fhadila acababa de morir. Y mientras Lola se echaba a llorar desconsoladamente Faysal, sin ninguna expresión en el rostro y con la mirada completamente perdida, fue recogiendo una a una cada prenda de ropa de los dos;

la doblaba cuidadosamente y la iba colocando en la maleta en perfecto orden absolutamente concentrado en la tarea, como si en la excelencia de cada doblez de cada camisa se estuviera jugando su vida entera…

, hasta que terminó de guardar los neceseres de baño y le dijo a su ya única esposa:

—Tenemos que irnos; aún estamos a tiempo de tomar el vuelo a Lusaka de las 5:50 pm y el de Dubái de las 9:35 pm para llegar mañana a primera hora; hay que enterrar a Fhadila cuanto antes.

—Era importante hacerlo, pues en la religión musulmana colocar el cuerpo del difunto bajo tierra pasadas las veinticuatro horas de su fallecimiento supone una grave falta de respeto.

Lola se secó las lágrimas y solo supo decir «Lo siento», a lo que Faysal le contestó:

—Por favor, echa un último vistazo a la habitación, por si se me ha olvidado algo.

Durante todo el viaje de vuelta a Dubái Faysal apenas pronunció una palabra.

Miraba por la ventanilla del avión a través de las nubes, le puso una manta a Lola cuando ella echó una cabezada, le dio algún sorbo distraído al zumo de naranja que le ofreció la azafata, no probó bocado y su rostro no dejó escapar ninguna pista acerca de lo que bullía en su interior.

Lola, que había tenido que pasar por la muerte de su madre primero y de su mejor amiga, Sara, años después, se hizo completamente invisible.

Sabía que él necesitaba su tiempo y su espacio para tratar de asimilar lo que había pasado, que no por previsible resultaba menos doloroso.

Por expreso deseo de su suegra, al que Faysal no tuvo fuerzas para oponerse, a Lola se le prohibió asistir al entierro de Fhadila, así que, sola en casa (los niños seguían en Madrid con su padre), rota por el sufrimiento,

que era directamente proporcional a la intensidad con la que en tantas ocasiones había deseado que la desgracia finalmente tuviera lugar, se subió al coche (no necesitaba al chófer como testigo de su luto) y condujo en dirección sur sorteando las caravanas de largos y anticuados camiones que

normalmente transitaban por esa carretera hacia el distrito de Jebel Ali, donde, ya a las afueras, unos al lado de los otros, todos iguales por fuera y sobre un montículo de arena,