Cartas desde Dubái 14
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Con el paso de los días Lola fue poco a poco esforzándose por encontrar su casilla en aquel complicado crucigrama que constituía su nueva existencia en Dubái como segunda esposa de un musulmán emiratí.

Los días y las noches que Faysal pasaba con Fhadila ella aprovechaba para visitar a sus amigos occidentales Peter y Alice, Miguel y Sonia o a las madres de los amigos de sus hijos en el colegio, sobre todo con la eslovaca Martina, con la que había congeniado extraordinariamente.

Con ellos, y siempre en sus casas o en la de ella, nunca en lugares públicos, abría una botella de vino y se sentaba a charlar por el simple placer de pasar el rato mientras hacía de tripas corazón y trataba de no pensar en lo que su marido estaba haciendo en ese momento.

No era fácil, pero había apostado demasiado como para tirar, en uno de sus habituales impulsos irracionales, todo por la borda tan rápido.

Tenía que aguantar, aunque solo fuera un poco más, se decía a sí misma en los momentos de celos y flaqueza.

Por otra parte, sabía que se trataba de una situación que no podría alargarse demasiado en el tiempo, convicción que la hacía sentirse mezquina a más no poder pero que era incapaz de quitarse de la cabeza.

Era como si hubiera comprado un piso de renta antigua con un inquilino anciano que pronto la dejaría libre, y cuando eso ocurriera podría ocupar por fin su lugar y tener una vida normal, o al menos eso era lo que ella pensaba.

Fhadila, cada vez más enferma, trataba por todos los medios de suavizar la relación entre su suegra y Lola en la multitud (demasiados en opinión de la española de encuentros familiares) en los que los hombres y las mujeres se reunían siempre en habitaciones separadas.

Aasiyah no mostraba el más mínimo interés por disimular la inquina que sentía hacia la segunda esposa de su hijo y no dejaba pasar oportunidad para dejarla patente, a pesar de que Lola había aprendido a morderse la lengua y bajar la cabeza en su presencia…

Pero llegó un día en que, cansada ya de su constante desprecio, tomó la decisión de espaciar primero en el tiempo su asistencia a ese tipo de fiestas del clan Al Mubarak en su rama femenina, en las que se sentía completamente extraña (excepto Fhadila,

todas hablaban en árabe para arrinconarla aún más), y finalmente optó por excusarse de manera sistemática.

Después de las fricciones iniciales, la relación entre Faysal y Lola se tranquilizó en gran medida.

Él ponía todo de su parte para compensarle el poco tiempo que podía dedicarle, era comprensivo, atento, detallista, romántico, increíblemente cariñoso y estaba constantemente pendiente de Diego y Alejandro; y ella, por su parte,

trataba de complacerle llevando una vida lo más discreta posible en la que, aparte de llevar a los niños al colegio, acercarse al centro comercial y pasar alguna tarde en las que su marido no estaba con sus amigos, apenas salía de casa.

Sin embargo, ni ella ni él tenían la vida con la que habían soñado cuando ambos tomaron la decisión de unir sus vidas dejándose la sangre y la piel en el camino.

A ninguno de los dos se le podía esconder la tristeza en la mirada del otro.

Resultaba evidente que aunque pisaran suelo firme había grietas imposibles de pulir.

Los rayos del sol inmisericorde de aquella ciudad en mitad del desierto cada vez encontraban más huecos para colarse entre las rendijas de la casa, así que a Lola no le quedó más remedio que comprarse unas buenas gafas de sol para convencerse de que el amor lo acabaría solucionando todo.

Faysal esperaba que Lola algún día, cuando Fhadila ya no estuviera con ellos, pudiera adoptar con naturalidad su papel de primera esposa del primogénito de la familia, pero su madre se había enrocado en su postura de no aceptarla y su mujer española no mostraba ningún interés por ejercer ese rol.

Lola, por su parte, solo se sentía plena cuando una noche de cada dos Faysal se subía sobre ella y, mirándola a los ojos y entre encendidas palabras de pasión con acento árabe, aceleraba primero,

ralentizaba después y finalmente acompasaba el movimiento de su cuerpo al de ella para hacerla gozar en un engranaje perfectamente engrasado.

Solo en esa cama con dosel no se sentía segunda esposa de nadie, solo entre aquellas sábanas, aferrándose a la espalda de Faysal y clavándole las uñas de absoluto placer no tenía ninguna duda de que estaba exactamente donde tenía que estar.

Coincidiendo con las vacaciones escolares de otoño y la marcha de los niños a Madrid y, sobre todo y fundamentalmente, ante la insistencia de Fhadila, Lola y Faysal se subieron a un avión con destino a Lusaka, Zambia, para después, como una pareja más de enamorados,

divisar desde el cielo el sobrecogedor paisaje de la sabana africana en un pequeño jetstream de la aerolínea Proflight con destino a Livingstone.

Eligieron las cataratas Victoria porque no estaban lejos de Emiratos Árabes (el estado de salud de Fhadila hacía presagiar un desgraciado desenlace inminente) y porque era una de las maravillas naturales del mundo que a Lola le gustaba imaginarse para burlar durante un rato su depresión en las

largas horas que vivió en la cárcel.

«Si algún día salgo de aquí con vida lo primero que voy a hacer es ir a las cataratas, empaparme de esa agua torrencial y gritar que por fin soy libre», había pensado.

Así que a ninguno de los dos le costó escoger el destino para disfrutar de su postergada luna de miel.

Lo que tenía que haber sido una semana al final se redujo a cinco días, pero fueron los cinco mejores días de la vida de Lola Goizueta, y, por qué no, también de Faysal Al Mubarak.

Lo hicieron todo, y todo lo hicieron como lo hubiera hecho cualquiera, porque en ese remoto y paradisíaco rincón de África Faysal no era bígamo ni ella era su segunda esposa.

Allí eran iguales a todas aquellas parejas que se cogían la mano en la terraza de mesas marrones y cojines de rayas blancas y beis a los pies del río Zambeze del incomparable hotel Royal Livingstone, evocador de tiempos pasados de exploradores con flema británica,

mientras a lo lejos contemplaban la bruma de las cataratas elevarse hasta las nubes.

—Sabes cuánto te quiero, ¿verdad? —le preguntó Faysal.

—Sí, tesoro, lo sé, y espero que tú también sepas que has sido y siempre serás mi único amor, el amor de mi vida —lo de «único» lo dijo Lola con toda la intención, pero enseguida se arrepintió de sacar a colación ese tema.

—Pero, cielo —(le solía llamar honey), insistió Faysal después de apurar el último trago de la copa de champán que el camarero de uniforme blanco impoluto y piel negra también impoluta le rellenaba inmediatamente—, entonces, ¿por qué no eres feliz a mi lado?

Estaba claro que no lo era, al menos no completamente o de la idílica manera que ella habría anhelado, y que tampoco lo era Faysal, pero Lola no se había atrevido hasta ese momento a abordar aquella conversación,

seguramente porque creía que si aquellas palabras no llegaban a flotar nunca en el aire su significado no sería real del todo.

—Lo soy, Faysal —mintió Lola, que no quería que nada estropeara aquella maravillosa luna de miel—, te quiero con locura, pero dame tiempo, aún estoy tratando de hacerme a esta nueva vida contigo, y no es fácil para mí, sobre todo viniendo de donde vengo y habiendo pasado por lo que he pasado.

No estaba bien cuando viniste a buscarme a Madrid, nunca voy a poder recuperarme de mi estancia en prisión y no soy la misma mujer que conociste hace tres años, probablemente no lo vuelva a ser jamás… —le confesó ella.

Entonces su marido la abrazó, la besó y le sujetó la cara con las dos manos para obligarla a mirarlo directamente a los ojos.

—Lo sé, mi vida, y no dejo de culparme por lo que te pasó —sus grandes ojos negros brillaron aún más—, perdóname por ello, y también por no haber tenido la suficiente paciencia para entenderte cuando aterrizaste en Dubái.

No debería haber sido tan duro contigo y no sabes lo que me arrepiento de ello, pero todos los ojos estaban puestos en ti y la presión de mi familia era tan brutal que no supe ponerme en tu lugar y comprender lo difícil que estaba siendo para ti amoldarte a una forma de vida tan diferente a la que

habías llevado hasta el momento.

—Entonces, ¿a que no me merecía ninguno de esos horribles azotes que me diste la primera noche? —le preguntó Lola con una sonrisa traviesa, probablemente para desdramatizar un poco el tono tan profundo que estaba empezando a adquirir la charla…

—Bueno, tanto como ninguno… —le contestó él guiñándole un ojo.

Y después de cruzarse una mirada cómplice apuraron sus copas, pidieron una botella de vino y se fueron a la magnífica habitación de estilo colonial a jugar con sus cuerpos y su fantasía por el simple placer de transgredir las normas, de reinventarse a sí mismos y, en definitiva,

de hacerse felices con lo único que solo dependía y les pertenecía a ellos: su piel.

Al día siguiente, envueltos en esas capas impermeables que alquilan a los turistas, cruzaron el rústico puente de madera y cuerda frente a las cataratas y, calados de la cabeza a los pies, mientras miraban romperse el río Zambeze en un estruendo ensordecedor, se gritaron «¡Te quiero!»

sin poder escucharse, pero sabiendo perfectamente lo que querían decirse y que aquello era tan verdad, tan potente y tan magnífico como el impresionante espectáculo natural de los ciento ocho metros de caída libre de agua que se extendía más allá de donde alcanzaba la mirada.

En la plataforma del colosal puente de hierro de arco parabólico que une Zambia y Zimbaue había algunos turistas haciendo puenting a decenas de metros de altitud sobre el río Zambeze.

La vista era impresionante y hasta daba vértigo mirar hacia abajo, con esos rápidos de agua sobre las rocas escarpadas.

—¿Nos tiramos juntos? —propuso Lola.

—¿Tú estás loca? ¡Ni hablar! —le contestó Faysal un poco asustado al comprobar la determinación en la mirada de su entusiasta mujer.