Cartas desde Dubái 13 #2
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—Pero, cariño, es normal que haya roces al principio —la tranquilizó Sonia—.

Venís de dos mundos completamente diferentes, ni siquiera compartís la misma religión.

No debe de ser nada fácil para ti encajar en sus costumbres y su estilo de vida, o tener que aceptar que tiene otra mujer —le decía, ahora sí, abrazándola y acariciándola, porque le inspiraba mucha compasión verla allí, tan pequeña y desamparada, en medio de la enormidad de aquella casa—.

Pero si os queréis seguro que lo acabáis solucionando todo; sigue intentándolo, sigue luchando por él, por vosotros, no tires la toalla sin haberlo intentado con todas tus fuerzas.

Después del vía crucis por el que has tenido que pasar nadie más que tú se merece ser feliz.

Sé que lo puedes conseguir, estoy completamente segura de ello —y con estas últimas palabras consiguió por fin dibujar una sonrisa en la cara de Lola.

Con la caída del sol Lola terminó de perfilar el plan que venía fraguando en su cabeza toda la tarde tras la conversación con su amiga catalana.

Cuando anunciaron que se tenían que ir ya, ella respiró aliviada y los despidió con un gran «gracias» que le salió directamente del corazón, no sin antes pedirles que volvieran pronto a visitarlos, «así conocéis a Faysal».

En cuanto hubieron salido por la puerta les dijo a sus hijos que se tenía que ir al centro comercial a comprar una cosa y que fueran cenando y poniéndose el pijama.

«Si a las nueve no he vuelto los metes en la cama y les apagas la luz, que mañana hay colegio», le indicó a Aida, otra de las cuidadoras filipinas.

Se subió en el Lexus, porque estaba demasiado nerviosa como para poder conducir, le pidió al chófer que la llevara al Mall of the Emirates, que a esas horas estaba lleno de gente (los árabes se acuestan muy tarde y la mayoría de las tiendas cierran a las diez),

y se fue directamente a la planta de tiendas de muebles y decoración.

En cuanto vio el letrero de letras negras de Crate and Barrel cruzó su puerta de cristal y se fue directa a la sección de cocina.

Después de comprar lo que necesitaba, se pasó por el restaurante español Salero del hotel Kempinsky, que estaba dentro del centro comercial, se pidió un Red Bull para infundirse ánimos y, ante la atónita mirada de la camarera colombiana,

se lo bebió de un trago y pidió otro mientras se fumaba un cigarro como si hubiera habido una plaga, el tabaco acabara de desaparecer de la faz de la Tierra y ella estuviera en posesión del último pitillo.

Con las neuronas alteradas, a eso de las diez y media de la noche llegó al barrio de Almanara, el suyo, hecha un auténtico manojo de nervios.

«It is better to go too far than not far enough», había dicho Stalin en una ocasión, lo cual significa algo así como «más vale pasarse que quedarse corto».

Si era necesario, Lola estaba dispuesta a vestirse de cosaco y ponerse en manos de aquel hombre de acero.

Tal y como le había aconsejado Sonia, no pensaba tirar la toalla tan pronto.

Ya en casa, comprobó que tanto su nuevo Aston Martin como el Porche Cayenne de Faysal estaban aparcados en la entrada, por lo que se quitó los zapatos, subió sigilosamente las escaleras y fue mirando una por una las rendijas de cada habitación de invitados hasta que vio luz en una de ellas.

Entonces se fue de puntillas a su habitación, se duchó embadurnándose después todo el cuerpo con Eternity de Calvin Klein (la batalla de Stalingrado requería toda la artillería pesada que estuviera a su alcance) y acudió a la puerta del cuartel de su marido.

—¿Se puede? —preguntó después de llamar con los nudillos.

—Estaba ya durmiendo —mintió Faysal—, por favor, no me molestes. Esta noche estoy muy cansado y mañana me espera un día de mucho trabajo.

Pero Lola hizo caso omiso (¿o acaso había pedido permiso Hitler para invadir Polonia?)

. Abrió la puerta de par en par y allí estaba él, su imponente marido, sentado sobre la cama con un albornoz blanco y algunos mechones de su pelo negro brillante, que llevaba bastante largo,

cayéndole sobre las gafas rectangulares de montura de concha (no sabía que Faysal necesitara gafas para leer), sin levantar la vista de su portátil, más irresistible que nunca con ese aire de intelectual capaz de derretir un helado en pleno invierno siberiano.

—Mírame, Faysal. Esta soy yo, tu mujer, la mujer que quieres y la mujer que te quiere; seré lo que tú quieras que sea, mi amor, solo enséñame el camino, y castígame si me salgo de él, pero, por favor, no me ignores más, quiéreme, quiéreme aunque tenga que ser la última vez.

Entonces él levantó su mirada por encima de sus cristales de Armani y vio a Lola en el umbral de la puerta vestida con la abaya que le había regalado su madre y sujetando con la mano una gigantesca cuchara de madera de Crate and Barrel con la que se podría cocinar el rancho de todo el ejército

bolchevique.

La carcajada de Faysal fue apoteósica cuando vio a su esposa de esa guisa. Inmediatamente colocó el ordenador y las gafas sobre la mesilla de noche, le alargó su mano y con mucha guasa le dijo:

—Nunca te había visto tan guapa, mi amor, estás absolutamente preciosa. Por favor, acércate.

—Pero ¿voy con cuchara o sin cuchara? —le preguntó Lola.

Y el sonido de la siguiente carcajada cruzó el Golfo Pérsico y llegó hasta Teherán.

—Yo, Faysal, hago lo que tú me digas; he venido aquí dispuesta a todo…

Y fue entonces cuando Faysal, al que ya se le saltaban las lágrimas del ataque de risa que tenía y que era ya absolutamente incontrolable, se incorporó, colocó la cuchara sobre la cama,

levantó a Lola en brazos y la lanzó sobre el colchón de pluma de alguna ave rara quitándose su albornoz y la abaya de ella (no tenía nada debajo) a toda velocidad.

—No, cariño, vamos a reservar la cuchara para otro día, que hoy se me están ocurriendo otros castigos mucho peores.

En menos de medio minuto Lola se encontró con las manos atadas con el cinturón del albornoz a los barrotes del cabecero de la cama y a su marido chupándole lentamente los dedos de la mano para luego recorrer con su lengua todo el brazo, llegar a su pecho y morderle el pezón,

que a esas alturas era ya un volcán en plena erupción y quemaba incluso más.

—Así que te gusta bailar en el Rock Bottom delante de todos esos hombres, ¿verdad?

Y como Lola no contestaba, Faysal le dio otro mordisco aún más fuerte.

—¡Contéstame, Lola! ¿Te gusta que te miren, te gusta que otros hombres fantaseen con lo que hay dentro de tu minifalda?

—¡No, no, cariño, te prometo que no! —chilló Lola entre el placer y el dolor—. Yo solo quiero bailar para ti, mi amor, ¡a partir de ahora solo voy a bailar para ti!

Entonces Faysal, aparentemente satisfecho con su respuesta, pero solo aparentemente, descendió rápidamente hasta los dedos de su pie, que fue lamiendo con mucha calma deteniéndose un buen rato entre cada uno,

para después mordisquear el empeine e ir ascendiendo con su lengua muy despacito hasta la rodilla y llegar finalmente al interior de sus muslos:

—¿Y por qué estuviste dando vueltas en la pista de baile durante horas con esa minifalda de vuelo tan provocativa?

—le volvió a preguntar poniendo una cara de sádico que ni el famoso marqués habría podido igualar—.

¿Querías que se te levantara un poco en cada giro para enseñar la lencería que te habías puesto esa noche?

Pero como Lola estaba demasiado excitada, no sabía hasta dónde podía llegar Faysal y tenía muchísimo miedo a equivocarse en su respuesta, optó por cerrar los ojos y no decir nada. «Que sea lo que Dios quiera.»

—¡Abre los ojos ahora mismo! —le ordenó él con mucha autoridad.

Y cuando Lola los abrió se encontró de frente con aquella descomunal cuchara de madera que pensaba que él ya había descartado.

Pero no, ahí estaba otra vez, y solo cabía esperar lo peor…

—. Te imaginabas la cantidad de cosas que podría hacerte con este regalito que me has comprado hoy, ¿a que sí, mi amor?

Dime la verdad… —Y con aquel palo interminable fue acariciando lentamente todo su cuerpo, desde la frente, bajando después al cuello y rozando sus pechos hasta detenerse en el ombligo, sobre el que comenzó a hacer pequeños círculos—.

¿Me vas a contestar, cariño, o es que quieres empezar ya a disfrutar de tu juguete?

—¡No, Faysal, no, por favor, no lo hagas, por favor, seré tu esclava a partir de ahora, llevaré la abaya todos los días, no volveré a salir de casa. Haré lo que tú quieras, te lo juro, pero por favor, te lo suplico, ¡no lo hagas!

Y entonces Faysal vio que aquellos ojos grises que lo tenían hechizado desde el día en que la conoció estaban realmente aterrorizados, y sintió tanta ternura y tanta pasión por la que había convertido en su esposa, por el único y verdadero amor de su vida,

que inmediatamente tiró la cuchara al suelo, desató sus muñecas con su propia boca con mucha suavidad, le dio un largo beso en esos labios que estaban temblando de miedo y la poseyó una vez más despacio, muy despacio, para gozar de todo su cuerpo aferrándose a él con desesperación,

sintiéndola suya y sabiéndose uno solo cuando los dos gritaron de placer al mismo tiempo.

Después estuvieron abrazados y muy quietos durante mucho, mucho tiempo, hasta que Faysal empezó a besarla de nuevo…