13
Tal vez fue por el ejercicio físico en la piscina de Fhadila, o por el baño de dignidad con su viejo y ajado biquini, o quizá se debiera a que había hecho su examen de conciencia el día anterior y ella misma se había declarado libre de todo pecado,
pero el hecho es que Lola durmió como un bebé recién nacido.
«La conciencia vale más que mil testigos» (eso lo dijo Quintiliano) y ella la tenía limpia como una patena por mucho que Faysal la hubiera sentenciado y condenado al ostracismo.
Pasadas las siete y media bajó en pijama a desayunar después de comprobar que Diego y Alejandro dormían a pierna suelta como los angelitos que eran.
El servicio probablemente aún no estaría despierto y Lola tenía un hambre voraz, así que se puso el delantal y decidió hacerse unos huevos revueltos con champiñones, queso y mucha cebolla.
Y en esas estaba cuando sintió unas manos muy firmes agarrándole la cintura por detrás.
—¡Mmmmmmmm…, qué bien huele… Y qué cocinera tan sexy! —le dijo Faysal.
El olor de la cebolla se mezcló con el del limón y Lola comenzó a sudar la gota gorda por el calor de los fogones. Entonces él apagó el fuego, la cogió de la mano y sin decirle nada más la llevó a la puerta.
—¿Te gusta más este? —le dijo mostrándole un flamante Aston Martin DB11 plateado de cuatro asientos que dejó a Lola con la boca abierta—.
Es tuyo, y este sí tiene maletero —añadió abriendo el portón, en el que había una bolsa de viaje—.
Despierta a los niños que nos vamos los cuatro ahora mismo a pasar el día y la noche a las montañas.
He metido en la maleta todo lo que podáis necesitar, así que solo ponte corriendo esos pantalones tan cortitos que llevabas ayer y que me vuelven loco (así que sí se había fijado…)
, que nos vamos ya —le ordenó con una sonrisa de oreja a oreja visiblemente feliz—.
He reservado dos chalets en el hotel Fort Hatta y no creo que te vaya a dejar salir de la cama, pero cuando termine contigo te dejaré descansar un rato, solo un ratito, para irme a hacer enduro con Diego y Alejandro;
el chófer ya ha llevado allí en el 4×4 unas motos de campo que he comprado para ellos y que les van a encantar —continuó sin parar de hablar a toda velocidad muy emocionado—.
Pero deja de mirarme con esa cara de tonta, que me pone a cien y no nos da tiempo de hacer ninguna parada técnica.
¡Tenemos que aprovechar el día! El sitio os va gustar muchísimo, vas a ver qué paisaje tan diferente tiene.
¡Ah, y no te olvides de coger los pasaportes de los tres, que vamos a cruzar la frontera con Omán y los vas a necesitar!
—Muchas gracias, mi amor —le dijo Lola arrastrando las palabras—, pero es que mi amiga Sonia, su marido y sus hijos iban a venir hoy a pasar el día a casa…
—balbuceó mientras con cada palabra, que decía muy bajito, el espléndido arcoíris que brillara en los ojos negros de Faysal se iba tornando en la confusión y la oscuridad del principio de los tiempos.
—¿Quéeeee, hoy era mi día con vosotros y tú has invitado a gente a nuestra casa sin ni siquiera consultármelo a mí antes? —le preguntó Faysal, que no estaba enfadado, sino profundamente desilusionado, lo cual era aún peor.
—Lo siento, cariño, lo siento de verdad, ¿quieres que los llame y lo anule? —le sugirió Lola muy compungida.
—No será necesario. Que pases un día estupendo con tus amigos —le contestó con hastío—. Me voy a jugar al golf —añadió mientras se dirigía al coche con las llaves en la mano sin querer escuchar a Lola implorarle que no se fuera, que podía llamar a Sonia para decirle que había cambiado de planes.
Ya sentado en su asiento de cuero sin capota se puso sus Ray. Ban verdes de aviador y le dio el golpe de gracia:
—De todas formas, ni siquiera me apetecía ir contigo a Hatta.
Todo esto lo estaba haciendo por Fhadila, porque me ha suplicado que ponga todo de mi parte para arreglar lo nuestro, así que sepas que lo he hecho por ella y por nadie más.
Pero está claro que, haga lo que haga, tú siempre tienes que estropearlo todo.
Esta noche llegaré tarde, así que no me esperes despierta, dormiré en la habitación de invitados.
«Jaque mate», pensó Lola, y se quedó allí petrificada cual estatua de sal mientras veía partir a toda velocidad en el flamante vehículo a su guapísimo marido con esa maleta de piel de cocodrilo llena de desengaño y frustración.
A Lola le hubiera gustado llorar y desahogarse, pero ni en eso tuvo suerte, las lágrimas se negaron a acudir a socorrerla.
Como un día sin pan, así transcurrió la jornada con sus amigos.
Los niños disfrutaron un montón jugando con los otros niños en su mismo idioma: piscina, carreras de coches, película en la sala de cine…
Miguel se dio varias vueltas en el Ferrari y Sonia no cesaba de alabar la casa, los muebles, el servicio…
Estaba realmente asombrada por todo lo que veía y no cesaba de mostrar su entusiasmo.
Pero llegó la sobremesa y con ella los gin-tonics. Y Sonia, que conocía bien a su amiga y había percibido desde el principio su desazón, decidió abordar la cuestión tras servirle una segunda copa burbujeante con unas gotas de limón.
—Bueno, Lola, ¿me vas a decir ya qué te pasa o vas a seguir echando balones fuera? —le preguntó directamente delante de su marido mientras los niños jugaban ahora al fútbol en el impecable césped (que tenía hasta porterías y las rayas del suelo pintadas en blanco).
—No me pasa nada, Sonia, de verdad —le contestó ella más falsa que Judas—. Ya ves el casoplón en el que vivo, los cochazos, la ayuda doméstica… Con todo lo que mi marido ha puesto a mi disposición, ¿cómo voy a tener derecho a quejarme?
—A mí no me engañas, Lola. Nunca te había visto tan preocupada y deprimida, está claro que algo va mal —le dijo muy cariñosa—; ya sabes que a nosotros sí nos puedes contar lo que te pasa, te queremos y puedes confiar en nosotros.
—Eso, guapa, no hemos venido hasta aquí solo para montar en tu Ferrari, aunque tampoco es moco de pavo…
Ahora en serio, somos tus amigos y queremos apoyarte y echarte una mano en lo que necesites —añadió Miguel—, deja de decir que va todo como la seda porque llevas toda la mañana con una cara de funeral que de normal no tiene nada.
—¿Es por Faysal? —insistió la catalana dando en el clavo—. ¿Por qué no está hoy con nosotros, por qué no vino la otra noche al Rock Bottom, habéis tenido alguna bronca?
—No, no, ¡qué va!…, es que tenía un campeonato de golf justo hoy y al parecer era muy importante, pero me ha pedido que os salude, que lo disculpéis por no poder acompañarnos y que volváis otro fin de semana,
que está deseando conoceros —les aseguró Lola dando después un largo trago a esa bebida deliciosamente amarga con un punto de acidez para no tener que dar más explicaciones.
Como estaba claro que Lola no quería salir de su trinchera pero, por otra parte, Sonia era demasiado cabezota como para dejarlo pasar, Miguel, con muy buen criterio, se hizo a un lado para que las dos amigas pudieran charlar con mayor intimidad.
—Bueno, voy a ver si les enseño a estos mantas lo que es jugar al fútbol, que con este nivel no hacemos carrera con ellos ni en el Al Ain; ¿os preparo otra copa antes, chicas?
—Sí, Miguel, muchas gracias, pero a la mía no le exprimas limón, por favor —contestó Lola.
Con el tercer vaso con forma de balón sonó la campana del siguiente round.
—Dime la verdad, Lola, ¿qué problema tienes con Faysal; es por tus hijos, no los quiere porque no son suyos?
—Lola volvió a negar con los ojos y Sonia, que estaba empezando ya a estar un poco pasada de copas optó por cambiar la estrategia, se le estaba acabando la paciencia para tratar de ganar por puntos, así que intentó hacerle un KO y terminar cuanto antes—.
¿O es porque lo tienes que compartir con otra mujer?
Entonces Lola, cuyas defensas se habían derrumbado ya por los efectos de tantos tragos amargos, uno detrás de otro, se echó a llorar.
Y siguió llorando, y Sonia la abrazó, y continuó llorando un rato más, porque los niños estaban demasiado lejos como para poder verla, porque ya no era capaz de seguir con esa farsa y porque el mundo de repente sí se había vuelto demasiado pesado como para seguir cargándolo ella sola sobre sus
hombros.
—Es que duerme una noche con cada una, Sonia —le explicó entre hipidos—, y no sabes lo que me duele imaginármelo haciéndole el amor a ella mientras yo estoy sola en mi cama, porque es el mejor amante, y el más tierno,
y no puedo soportar saber que las mismas caricias y los mismos besos que me da a mí en ese momento se los está dando a ella —no paraba de llorar, pero por fin estaba consiguiendo echar fuera todo ese ácido que estaba corroyendo sus vísceras—.
Y encima su mujer es un cielo, tiene el corazón más grande del mundo, y está muy enferma, y se va a morir, y yo no puedo evitar estar celosa de una mujer a la que le quedan meses, quizá semanas, de vida,
y me siento horrible por ello —en ese momento le dieron unas terribles arcadas y se fue corriendo al baño a vomitar los tres gin-tonics y todo ese jugo de limón hasta quedarse completamente vacía por dentro.
Cuando volvió, con la cara lavada y algo más tranquila, la catalana intentó abrazarla, pero Lola, que había cogido carrerilla y ya no podía parar, rechazó su abrazo y prefirió seguir desahogándose.
Una vez abierta la caja de Pandora quería dejar salir todos los males para quedarse únicamente con la esperanza.
—Pero Faysal es un hombre maravilloso, Sonia, te lo juro, y adora a Alejandro y a Diego, y está poniendo todo de su parte para hacerme feliz —continuó—.
Lo que pasa es que yo todo lo hago mal, meto la pata en cada paso que doy y sin querer estoy destruyendo una historia de amor que podría ser maravillosa, porque él me quiere, sé que me quiere.
Yo soy la única culpable de que esto no funcione, y me odio a mí misma por ello.
No puedo estar más enamorada de él y en lugar de quererlo y devolverle todo el cariño que él me da a mí lo único que hago es hacerle daño y hacérmelo a mí misma —y tras un largo suspiro añadió—: y yo ya de verdad que no puedo más…