Cartas desde Dubái 12 #2
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Ya dentro, la vivienda parecía otra completamente diferente con aquella recargada decoración típicamente árabe («sobre gustos sí hay mucho escrito, lo que pasa es que evidentemente hay gente que no ha leído nada al respecto»,

pensó Lola arrepintiéndose inmediatamente al ver a Fhadila tratando de caminar con extrema dificultad a su lado).

Y llegaron al jardín, donde Abdul y Hassan jugaban con su padre, que vestía un bañador Mahui de estampado floral amarillo, en un parquecito de suelo blando con columpios, toboganes y casitas de plástico.

Nada más verlos llegar, se levantó y se acercó a darles un beso (a ella también, aunque a Lola casi se le queda la mejilla congelada):

—¡Qué bien que estéis aquí, lo vamos a pasar fenomenal!

¿Nos damos todos un baño antes de comer?

—les propuso, pero solo dirigiéndose a los niños, que enseguida se quitaron las camisetas y se tiraron a la piscina circular (la suya era rectangular, pero más o menos del mismo tamaño, por aquello de la ecuanimidad entre las esposas).

La verdad es que la estampa de Faysal bañándose con los cuatro niños era absolutamente idílica.

Fhadila y Lola la contemplaron felices mientras se tomaban un refresco en el porche hablando de todo y de nada como dos buenas amigas, porque aquella mujer no podía provocar ningún instinto negativo.

Era la bondad personificada. Al cabo de un rato (hacía mucho calor), Lola decidió unirse al grupo, así que se quitó los pantalones y la camiseta de tirantes.

«No te importa, ¿verdad?», le preguntó a Fhadila, y se adentró en el césped.

Entonces vio cómo a Faysal se le torcía el gesto en una mueca de disgusto en cuanto la vio aproximarse, fue casi imperceptible, pero Lola lo vislumbró claramente. Antes de que se zambullera en el agua le oyó decir a una de las cuidadoras de sus hijos:

—¡Hora de comer, estos monstruos marinos tienen hambre!

Y salieron los cinco de la piscina, la filipina le cambió el pañal mojado a Hassan y los cuatro niños se fueron a comer a una mesa también circular y de madera que habían colocado bajo una gran sombrilla con tres sillas y una trona.

Entonces Lola, roja de vergüenza, se tiró de cabeza por la parte honda deseando que hubiera sido aún más profunda y comenzó a hacer largos y largos buceando de extremo a extremo.

Sacaba la cabeza únicamente para coger aire y seguir nadando bajo el agua, porque de repente sintió una necesidad imperiosa de analizar concienzudamente el tamaño y la forma de todos y cada uno de los baldosines del fondo.

En tiempo de guerra todo hueco es trinchera.

Cuando salió de la piscina con su biquini raído casi una hora después tenía los ojos irritados por el cloro y le dolían los oídos, los niños estaban terminando de comer y Faysal la esperaba en el borde de la piscina con una toalla en la mano que le ofreció caballerosamente:

—Ahora vamos a comer los adultos —le dijo muy serio—. Por favor, tengamos la fiesta en paz, Fhadila no tiene la culpa de nada y quiero que esté tranquila y disfrute de la velada.

Lo que ocurrió después, mientras los dos pequeños se echaban la siesta y los dos mayores jugaban con el Ipad cansados de tanto sol, se pareció mucho a Los amigos de Peter con la banda sonora de Viernes 13 rezumando vitriolo.

—Bueno, Lola, cuéntame, ¿qué tal estás, contenta en Dubái, a gusto en tu nuevo hogar, cómo se están adaptando los niños en el colegio? —preguntó Fhadila acercándole el tabulé.

—Me encanta mi nueva casa, me vuelve loca cómo la habéis decorado el señor Blanco y tú, Fhadila —le contestó cogiéndole la mano—, pero sobre todo tengo que agradecerte todo lo que has hecho tú —y apostilló mucho ese «tú» mirando de reojo a Faysal— para que mis hijos y yo estemos tan bien:

hasta les has comprado las mochilas, los uniformes, los libros para el colegio. Eres un verdadero amor.

—¿Y qué tal el Ferrari, Lola, te has dado ya una vuelta con él? —preguntó Faysal.

—Pues la verdad es que aún no, querido —le contestó forzando una sonrisa de oreja a oreja—. Bonito es, eso no se puede negar, pero yo lo encuentro un poco incómodo…

—¿Incómodo? —le preguntó él con otra falsa sonrisa aún mayor—, ¿y eso por qué, cariño?

—No sé, es que yo no lo encuentro nada práctico, porque, por ejemplo, ¿dónde pongo yo las bolsas cuando hago la compra en el supermercado?, ¿en el asiento de al lado? Porque ese coche no tiene ni maletero…

—Pero, cielo, ¿desde cuándo haces tú la compra, acaso no la hace el cocinero? —Y ahí sí que Faysal ya no tuvo necesidad de fingir ninguna sonrisa, le salió perfecta, impecable, de anuncio Profident.

En ese momento Fhadila, que sería muy dulce y muy buena pero de tonta no tenía ni un pelo, metió baza rápidamente:

—Por cierto, ¿y adónde os vais a ir de luna de miel; habéis pensado ya el sitio?

A Faysal se le atragantó el zumo de naranja, a Lola se le cayó el tenedor al suelo y se hizo un silencio de los que cortan el aire.

—Por supuesto que no va a haber viaje de novios, cariño —le contestó él tras unos segundos de gran tensión y sin dirigir la mirada a Lola ni un instante—, yo solo quiero estar aquí contigo y cuidarte como tú te mereces.

—Pero ¿qué tontería es esa? Yo estoy últimamente muchísimo mejor y vosotros sois dos recién casados que necesitáis tiempo para estar solos. De ninguna manera vais a dejar de hacer ese viaje. —Y aquel mirlo blanco estaba siendo completamente sincero.

—Pero acabamos de aterrizar, Fhadila, y mis hijos necesitan a su madre ahora que todo es nuevo para ellos, yo no me puedo separar de ellos en estos momentos —intervino Lola, que también contestó con total honestidad.

—Bueno, entonces tendrá que ser más adelante, ¿no tienen vacaciones escolares el mes que viene? Pues que las pasen en España con su padre, que seguro que le echan de menos, y vosotros dos os vais como mínimo una semana a algún sitio romántico —ordenó—.

¿Adónde te apetecería ir a ti, Faysal?

Pero él ya no pudo más y dijo:

—Si no te importa, y solo por hoy, creo que me voy a poner un whisky…

—Claro que sí, hoy es un día de celebración —le animó Fhadila, que evidentemente estaba al tanto de que su marido era de todo menos abstemio—.

Por favor, perdonadme que yo no beba, nunca lo he hecho y no voy a empezar a estas alturas, pero Lola, ¿por qué no te pones una copa tú también y así acompañas a Faysal?

Menos de media hora después Lola, Diego y Alejandro ya estaban despidiéndose en la puerta con besos y abrazos de todos mientras Lola recibía un escueto «Hasta mañana» por parte de su todavía marido.

Cuando ya se estaban subiendo al coche, Fhadila, después de tratar inútilmente de acercarse al Lexus (la pobrecita ya no podía ni tenerse en pie), le hizo una seña a la española, que se acercó inmediatamente:

—Lola, querida, ¿va todo bien?

—Sí, sí, claro: todo perfecto —le contestó.

—Pues a mí no me lo ha parecido; pero tranquila, que esta tarde hablaré muy seriamente con Faysal. Tú déjalo en mis manos —le dio un beso y apoyándose en su bastón entró en la casa.