Cartas desde Dubái 12
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Hay ocasiones en que se invierte tanta energía, esfuerzo e ilusión en que algo funcione que es precisamente ese desgaste físico y emocional el que condena el proyecto, sea cual sea, al fracaso.

Por muchas ganas que uno le eche lo que no puede ser no es ni será nunca; o quizá si el empeño hubiera sido menor, si nos hubiéramos dejado simplemente dejado llevar por la corriente el resultado habría sido más esperanzador.

Pero lo que resulta más difícil saber es cuál es el momento exacto en que ya está todo perdido y hay que tirar la toalla, aunque lo cierto es que muchas veces, probablemente la mayoría, se puede pronosticar desde antes incluso de subirse al barco que va a haber mala mar,

galernas y embestidas de olas cortas en una larga y dura travesía que solo puede terminar en naufragio.

Y, aun así, una fuerza superior despojada de toda lógica nos empuja a abandonar la seguridad de la tierra firme: ¿es el hecho de saber que la posibilidad de éxito es absolutamente remota lo que nos anima a agarrar el timón;

se trata de la necesidad de creernos invencibles la que nos lanza con los brazos y los ojos abiertos a esa muerte segura?

La noche estuvo repleta de inquietud y pesadillas.

A la memoria de Lola volvieron otra vez los recuerdos de sus ocho meses de cárcel, la angustia por no poder ver a sus hijos, el terror que sentía cada vez que se abrían los barrotes de su celda, el aislamiento…

Se despertó llorando, agotada y con una densa cortina de tinieblas nublándole el juicio.

Intentó volverse a dormir, pero estaba demasiado nerviosa como para conciliar el sueño, y, por otra parte, le daba pánico tener que volver a revivir ese espanto una vez más, así que se duchó y volvió a elegir, lo hizo de una manera completamente inconsciente, otro vestido largo y austero,

uno de color negro liso sin ninguna gracia que le llegaba hasta los tobillos y no le favorecía nada.

No eran ni las seis de la mañana y decidió prepararse un té para alejar con él sus fantasmas e intentar olvidar que apenas llevaba setenta y dos horas casada, en el transcurso de las cuales su marido le había dado una paliza la primera noche,

le había hecho el amor a otra mujer la segunda y se había negado a compartir su cama con él la tercera.

«Dios mío, qué estoy haciendo con mi vida», pensó sintiéndose tan triste y tan sola que hasta pudo visualizar su corazón encogido y avergonzado tratando de hacerse un hueco para esconderse entre las venas.

Le dolía el pecho, le costaba mucho respirar y estaba cansada, muy muy cansada.

Cuál fue su sorpresa cuando bajó a la cocina y se encontró a Faysal (Levi’s 501 desteñidos y polo azul marino de Lacoste) sentado en la mesa de la isla y mirando absorto por la ventana con una taza de café en la mano.

—Buenos días, cariño, ¿has podido descansar? —le preguntó Lola cual Joan Manuel Serrat, dándole una oportunidad al nuevo día.

—Sí, gracias, ya me iba… —le contestó dejando la taza, que apenas había probado, sobre la mesa, y levantándose inmediatamente de la silla.

Cuando Faysal pasó de largo por su lado, Lola no pudo aspirar el aroma a los limoneros plantados a orillas del Mediterráneo. A sus fosas nasales llegó un extraño olor seco a tierra árida, estéril y resquebrajada por la falta de lluvia.

—Por favor, Faysal, no te vayas. Necesito hablar contigo, tenemos que aclarar lo que ha pasado cuanto antes, porque si no lo hacemos yo ya no sé qué va a pasar… —le imploró tratando de agarrarle el brazo.

Pero él apartó su mano con mucha educación y asco.

—Ayer me tuve que pasar todo el día dando explicaciones sobre ti a mi familia, a mis socios, a mis amigos; pasé horas tratando de justificar un comportamiento reprobable y vergonzoso para la mujer casada que eres e inventándome excusas que ni siquiera yo me creía, Lola, así que no,

estoy harto de hablar de ti —le dijo mirándole directamente a los ojos con un tono de voz más metálico que el Telón de Acero y haciéndola literalmente papilla con aquella mirada durísima despojada de cualquier tipo de sentimiento—.

Y en cuanto a lo que va a pasar…, parece que sobre ese tema tú ya habías tomado una decisión en el momento en que sin pedirme permiso te atreviste a llamar a mi abogado, así que adelante, haz lo que quieras, está claro que nos hemos equivocado, los dos…

—y sin decir ni una sola palabra más se fue con paso rápido hacia la puerta principal.

Lola corrió tras él y le gritó ya en la calle:

—¡Te quiero, cariño, por favor, habla conmigo, podemos solucionarlo, todo, podemos ser felices si los dos lo intentamos. No te vayas, mi amor, por favor!

Pero él ya había puesto en marcha el potente motor de su Ferrari Enzo negándose a escuchar sus súplicas.

Lola se quedó en el umbral mirando cómo se abría la puerta de rejas y su marido se iba a toda velocidad por la calle Al Wasl para luego doblar la esquina de Al Thanya y dirigirse probablemente a Jumeirah.

A ella también le habría gustado en ese momento salir de aquella casa e irse al borde del mar, allí donde rompen las olas, a llenar sus pulmones de la sal y la brisa mientras contemplaba el sol desperezarse sobre la arena blanca, como solía hacer muchas mañanas hace años,

cuando también residía en Dubái aunque con otra vida completamente diferente.

Sin embargo, sabía que la playa, a pesar de estar tan cerca (tan solo a unos minutos andando) ya no estaba a su alcance.

Cualquier vecino musulmán podría verla paseando sola por la calle a esas horas y estaba claro que esa imagen para nada podría encajar en el molde.

Todo apuntaba a que Lola iba a pasarse la mañana entera llorando y fustigándose, pero gracias a Dios tenía dos maravillosos hijos que le pusieron los pies sobre la tierra en cuanto se sentaron a desayunar con ella unas horas más tarde.

—Mamá, ¿has llorado? —le preguntó Diego, que había reparado en los surcos bajo los ojos grises y acuosos de su mamá.

—¿Por qué estás triste, estás malita, no te gusta vivir aquí? —le dijo Alejandro muy preocupado corriendo a abrazarla.

—No, muñequitos, no estoy nada triste, ni malita, estoy muy contenta de vivir en Dubái, sobre todo porque estoy con vosotros —les aseguró tratando de tragarse las lágrimas—.

Dentro de un rato vamos a ir a bañarnos a la piscina de Fhadila con sus hijitos y mañana os lo vais a pasar bomba en casa con Hugo y Alba, que tienen ocho y diez años y también son españoles —insistió entre besos y caricias—.

Yo solo quiero que vosotros seáis felices, porque si vosotros estáis contentos mamá lo estará mucho más.

Fue en ese momento, viendo la cara de recelo de sus hijos, que no se acababan de creer del todo que su madre estuviera bien, cuando Lola decidió que «hasta aquí hemos llegado», que no se merecía nada de lo que le estaba pasando,

que había sacrificado la relación con su propio padre y su vida entera (o, más bien, lo que quedaba de ella), su país y sus costumbres por ese hombre que la estaba tratando con el más profundo e hiriente de los desprecios.

Que hasta había sacado a sus hijos de su ambiente natural para arrastrarlos en esa aventura esquizofrénica, y que ella ya más no podía hacer, que había apostado todo lo que tenía y no le quedaba ni una sola ficha más sobre el tapete.

¿Que había faltado al respeto a su suegra?

, pues sí, y no había estado bien por su parte, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de una señora mayor y que su marido la idolatraba, pero eso no justificaba que Faysal le hubiera levantado la mano de esa manera tan cruel.

¿Que se había ido a bailar con sus amigos?

, efectivamente, pero en ningún momento pensó que estaba haciendo nada incorrecto.

Si su marido quería que se comportara como la perfecta mujer musulmana no tenía ningún derecho a ello, porque no lo era y nunca le había insinuado siquiera que tuviera la más mínima intención de convertirse.

Además, ella no conocía las reglas de esa sociedad tan conservadora, ¿no habría sido más práctico, en lugar de buscar una profesora de árabe para sus hijos, apuntarla a ella a un curso intensivo sobre lo que se puede y no se puede hacer en su país?

Se acordó de una de las frases que le solía repetir su querida madre cuando era pequeña (su madre había fallecido siendo ella muy joven): «Si te pones de felpudo te pisan», y tomó la determinación de no dejarse pisar ni un minuto más por aquel hombre, por muy guapo,

por muy buen amante y por muy enamorada que estuviera de él.

«Que pise la alfombra sobre la que reza», sentenció para sus adentros, aunque ahí se dio cuenta de que se había pasado.

—¡Venga, chicos, poneos los bañadores, que nos vamos a casa de Fhadila! —les dijo a los niños.

Y ella se quitó inmediatamente ese vestido horroroso y monjil, desdeñó el biquini tan sexy que le había regalado su marido y se puso uno de sus biquinis preferidos de la marca alemana Hunkemoller en tonos verdes con ribetes rosas y pompones morados,

una auténtica monada si no fuera porque lo tenía desde hacía siglos y los colores estaban desgastados, los ribetes algo descosidos y los pompones deshilachados…

Pero era suyo, nadie se lo había regalado, se lo había comprado ella con su dinero y estaba muy orgullosa de él.

Completó el conjunto con unos shorts de Mango (los más cortos que encontró en su armario) de color caqui, camiseta blanca de tirantes de Zara y sus hawaianas rosas.

Se montaron todos en el coche y en cuatro minutos (porque vivían prácticamente al lado) llegaron a la casa de «la otra familia» de Faysal.

La propia Fhadila los recibió en la puerta de la casa (que por fuera era casi exacta a la suya) apoyada en un bastón.

Nada más llegar le dio un abrazo muy cariñoso tanto a ella como a sus hijos y les recibió con un «Muchísimas gracias por venir, no sabéis lo contenta que estoy de que hoy vayamos a pasar todo el día juntos como la familia que somos, gracias Lola, de todo corazón».