Cartas desde Dubái 11
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Apenas pudo pegar ojo en toda la noche (cómo echó de menos el bendito orfidal, que en Dubái no podía comprar), pero trató de hacer de tripas corazón y poner al mal tiempo buena cara.

Con fingida voz de entusiasmo, recordó a Alejandro y a Diego que esa tarde tenían una playdate en casa con Chris y Max, que podrían jugar con los coches nuevos, bañarse en la piscina y comerse los cuatro una estupenda merienda llena de dulces.

«Además, el viernes vamos a ir a ver a Fhadila, Abdul y Hassan, que viven en una casa tan bonita como la nuestra, y el sábado van a venir a hacernos una visita Hugo y Alba, que también son españoles, ¿os acordáis de ellos?»

Los niños, ajenos a la angustia que estaba viviendo su madre, porque cuando lo intentaba con todas sus fuerzas podía ganar un puñado de Goyas (la pena es que lo intentara tan poco a menudo), se despidieron de ella muy contentos en la puerta del colegio,

guapísimos con sus siete y ocho años en sus uniformes ingleses con corbata de rayas.

Ya en el coche y muy nerviosa (había releído como trescientas veces el mensaje que Faysal), Lola llamó a Samira.

—¡Hola, cariño! ¿Qué tal estás? ¿Te apetece tomarte un té conmigo?

Necesito verte lo antes posible… —Y como su amiga la notó desesperada, quedaron veinte minutos después en la cafetería Shakespeare and Co, que estaba decorada de lo más cursi pero tenía sala de fumadores.

A Lola el cuerpo le pedía en ese momento dosis ingentes de nicotina, a ser posible en vena.

Como evidentemente (bastante avergonzada estaba ya ella) a Samira no le iba a contar el lamentable episodio de la paliza (tenía confianza con ella, pero no hasta ese punto),

Lola le explicó que había salido la noche anterior a una discoteca con un matrimonio de amigos suyos españoles y que no había hecho nada malo.

No había probado ni una gota de alcohol y tan solo había bailado un par de canciones, «todo muy comedido», le explicó (y en el fondo no estaba mintiendo), pero que, «al parecer», a Faysal alguien le había ido con el chisme y «no le había hecho mucha gracia».

Samira escuchó su relato con mucha atención y cara circunspecta, y antes de tomar la palabra se tomó unos minutos para tratar de justificar el enfado de Faysal de la manera más cariñosa de la que fue capaz.

—El comportamiento de la esposa de un hombre musulmán (sea cual sea la religión que profese ella) es un reflejo de su marido, Lola.

Lo que tú hagas en público repercute en él y en toda su familia inmediatamente.

Ya has visto la rapidez con la que la noticia ha llegado a los oídos de tu esposo —le explicó—.

El hecho de ir con otro hombre a un nightclub, compartir mesa con personas que están ingiriendo alcohol (aunque tú no lo hagas) y contonearte para exhibir tu cuerpo a desconocidos es una vergüenza para Faysal.

Lo que le estabas diciendo a todos ayer es que no respetas a tu marido, y por eso él está tan molesto.

Lo que has hecho es algo completamente impensable en nuestra cultura, máxime estando casada.

—Pero te juro que no había ningún emiratí anoche en ese bar, Samira, y de verdad que yo no bebí nada.

Aunque Faysal sabe que bebo, tuve mucho cuidado con eso, ¿y qué hay de malo en bailar?

—le imploraba ella—. No entiendo nada; yo no he hecho nada criticable, de verdad.

El hombre con el que estaba ayer está casado con una amiga mía, no había ninguna mala intención…

—Estoy segura de que no quisiste humillar a tu esposo a conciencia —le dijo cogiéndole la mano, que estaba temblando—.

Te conozco bien, Lola, y sé que no has tomado la decisión de casarte con Faysal para ofenderlo al día siguiente de la boda, pero tienes que tener mucho cuidado con lo que hagas aquí.

Aunque creas que no había ningún emiratí anoche, estoy segura de que los había, lo que pasa es que cuando salen de juerga «a la caza de extranjeras», porque eso lo hacen todos (y ni por Alí pondría yo la mano en el fuego) se quitan la kandora y se visten al modo occidental —Lola no daba crédito al

ejercicio de hipocresía—.

En cuanto al marido de tu amiga, no olvides que el que te haya podido ver anoche no sabe si ese señor está casado o no, y de todas formas eso es lo de menos…

Por último, y aunque para ti sea normal bailar delante de otros hombres, eso en nuestra sociedad es una falta gravísima.

A la mujer que se exhibe de esa manera para provocar el deseo sexual en otros hombres, esté casada o no, se la considera directamente una prostituta.

Y Lola se echó a llorar….

—Pero yo eso no lo sabía, Samira, y yo nunca quise provocar ningún deseo sexual en nadie, solo quería divertirme, relajarme y pasar un buen rato con mis amigos.

Te juro que pensaba que mientras no bebiera alcohol todo estaba bien…

No sabía que estaba haciendo nada malo —le repetía una y otra vez muy asustada.

—Lo sé, cariño, y estoy segura de que Faysal también lo sabe.

Es lógico que esté ahora muy disgustado contigo, porque lo que has hecho supone un gran insulto para él, pero estoy segura de que si se lo explicas y le das tu palabra de que no vas a volver a actuar así nunca más, él acabará perdonándote.

Le llevará un tiempo, pero te adora y sé que tarde o temprano lo hará —le aseguró—.

Solo tienes que suplicar su perdón con mucha humildad y prometerle que esa conducta no se repetirá jamás —le dijo sintiendo mucha pena por su amiga española—.

Por favor, ten en cuenta que ahora eres la esposa de un Al Mubarak, que todos nuestros amigos saben lo que pasó hace años y que estás siendo escrutada con lupa.

No te estoy pidiendo que te encierres en tu casa, solo que guardes mucho las apariencias cuando estés en lugares públicos.

Bebe alcohol si tu religión te lo permite, pero en tu casa; queda con tus amigas occidentales siempre que te apetezca, pero a la luz del día y en lugares donde no se sirva alcohol…

No es tan difícil hacer feliz a tu marido, cielo, y él no se merece que manches su apellido de la manera en la que lo hiciste ayer.

Una vez en casa y realmente preocupada tras escuchar el punto de vista de su amiga musulmana, Lola llamó a su marido varias veces, pero él no le cogía el teléfono y la secretaria (¿estaba más seca de lo habitual o se estaba volviendo ella neurótica?)

le aseguró que el señor Al Mubarak estaba reunido y había solicitado no ser molestado.

Lola, cada vez más nerviosa, decidió que lo mejor era ir a verle a su oficina y aclarar las cosas cara a cara, pero justo cuando salía por la puerta recibió un escueto mensaje suyo.

Estoy tremendamente ocupado y no puedo atenderte. Por favor, deja de llamarme. Diles a los niños que esta tarde iré a casa a jugar con ellos.

Y Lola suspiró de alivio; por lo menos lo vería en unas horas, podrían hablar y ella le pediría perdón y le explicaría lo que había pasado.

Se dio cuenta de que estaba terriblemente enamorada de él (cuando el día anterior le había dicho que se quería divorciar lo seguía queriendo con la misma intensidad, solo le estaba echando un órdago), y que bajo ningún concepto quería perderle: «Por favor, Dios mío,

haz que me perdone y no volveré a pisar un bar, solo escucharé música clásica beberé siempre agua y hasta seré encantadora con la bruja de su madre», rezó.

Después de merendar con los niños, Lola se puso el biquini que le había regalado Faysal y se tiró a la piscina con los dos pequeños, Alejandro y Chris, mientras los mayores corrían por la pista de karts, mirando impaciente para ver si se abría la cristalera que daba al jardín y él aparecía.

Se hizo de rogar (no llegó a casa hasta pasadas las seis de la tarde), y cuando apareció con su kandora y su turbante blancos ella salió del agua (le quedaba de cine el biquini nuevo, modestia aparte) y le dijo de la manera más dulce y sumisa que pudo:

—¡Hola, mi amor!, ¿cómo ha ido el día, has tenido mucho trabajo?

Y Faysal, sin ni siquiera echarle una mirada, frío como una piedra, le contestó:

—Sí, mucho trabajo.

E ignorándola por completo se dirigió a los niños.

—¿Quién se atreve a echarme una carrera nadando? ¡Hay premio para el que gane!, esperad que suba a cambiarme…

Cinco minutos después ya estaba jugando con los cuatro niños en la piscina con un bañador lila con estampado de cashmere de Etro precioso, la piel chocolate, ese cuerpo que era pura fibra, el pelo largo negro y mojado…

Lola contemplaba a sus hijos felices cual convidado de piedra, porque para Faysal era como si no existiera.

Se sintió ridícula con su bañador negro con las tiras de cuero de Brazilian Bikini Shop y al rato subió a ducharse y cambiarse.

Eligió el vestido más largo y discreto de su armario y aun así se sintió desnuda, expuesta, avergonzada y hasta sucia.

Algo después de las siete y media, ya de noche, llegaron primero Martina, eslovaca y guapísima (era un clon de Cameron Díaz), la madre de Max, y poco después Sonja, la madre alemana de Christian.

Lola aprovechó para intentar presentarle a su marido, pero Faysal se había retirado discretamente y no lo encontró por ningún lado.

Ambas madres estaban impresionadas por la casa en la que vivían los amigos de sus respectivos hijos y trataron de entablar conversación con Lola, pero ella se encontraba muy mal en aquel momento, así que les dio las gracias por haber dejado pasar la tarde a los niños allí.

«Somos nuevos en Dubái y son los primeros amigos que hacen mis hijos», y los despidió lo más rápido que pudo sin tratar de parecer descortés reiterándoles la invitación «el día que queráis».

Poco después el chef anunció que la cena para cuatro estaba lista (todo exquisito) y Faysal bajó al comedor oliendo a limón vestido con unas bermudas de bolsillos estilo militar, camisa blanca con las mangas dobladas de Gant y sandalias de Lumberjack.

Llevaba una botella de malbec argentino en la mano y, sin perder nunca sus modales, le sirvió una copa a Lola antes de servírsela él.

La conversación se centró en Diego y Alejandro, que en ningún momento repararon en que Faysal no le dirigió a su madre la palabra ni una sola vez.

Los niños le aseguraron que les gustaba mucho su nuevo colegio, que tenía hasta piscina olímpica y varios campos de fútbol, que ya estaban empezando a hacer amigos…

, pero que no entendían nada en clase de árabe.

—Por eso no os preocupéis, voy a conseguiros una profesora particular para que venga a casa un par de días por semana y os ayude con los deberes, y cualquier duda que tengáis me lo decís, que yo también os puedo enseñar árabe; de hecho creo que lo hablo bastante bien —les dijo guiñándoles un ojo—.

¿Jugamos un rato con la PlayStation antes de que os vayáis a la cama?

Lola los dejó en la habitación de juegos, salió a fumar un cigarro al jardín con el alma agarrotada y una sensación de desasosiego que ya no podía aguantar más.

Se sentó en uno de los sofás y, como siempre que estaba deprimida le salía la vena poética, coincidió plenamente con Robert Frost y su poema Fire and Ice (Fuego y hielo): ella también sabía bastante sobre el odio como para ser consciente de la capacidad de destrucción que tiene el hielo.

A las diez de la noche Faysal salió al jardín, se acercó a ella y le anunció que los niños se acababan de ir a la cama.

—Y yo también me voy a dormir ya; lo haré en una de las habitaciones de invitados.

—Por favor, Faysal, no me hagas esto, tenemos que hablar, quiero pedirte perdón por lo de ayer… —le suplicó ella sintiendo cómo le rodaba la primera lágrima.

—Tendrá que ser en otra ocasión; hoy ha sido un día muy duro y necesito descansar. Buenas noches —le respondió él implacable.

Y se fue.