Cartas desde Dubái 10 #2
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El biquini no podía ser más bonito, pero evidentemente no era lo que Lola estaba esperando, así que, a modo de respuesta, agarró con furia su teléfono y le envió el siguiente mensaje:

Te advertí que vinieras a las cinco y son ya casi las seis. Ahora mismo pido el divorcio. Hasta nunca.

Faysal estaba «en línea» e inmediatamente en la pantalla de su Iphone último modelo aparecieron las dos rayas azules confirmando que lo había leído, pero no obtuvo respuesta, ni en ese instante ni en los siguientes treinta minutos.

De hecho, había dejado de estar «en línea» en cuanto lo hubo leído.

Entonces Lola, que nunca se había caracterizado por pensar las cosas antes de hacerlas y cuyo fuerte carácter solía poder más que ella, recuperó la tarjeta que le había dado el abogado de su marido y marcó la línea de su móvil personal,

que sí daba señal aunque nadie le respondió y tampoco saltó ningún buzón de voz.

Cada vez más rabiosa, se fue a la nevera y se abrió una Almaza (una cerveza libanesa exquisita), que se bebió casi de un trago para tratar de calmar su nerviosismo. Y entonces recibió, por fin, un mensaje de Faysal:

Que sea la última vez que te atreves a llamar al señor Al Gazali sin mi permiso. Empieza a comportarte como lo que eres, la señora Al Mubarak. Hasta mañana.

Y después de aquella escueta frase había añadido un emoticono de un diablo rojo con cuernos muy enfadado, y Lola no se lo tomó a broma en absoluto…

Tras la cena, Diego, Alejandro y ella vieron una película en la minisala de cine de veinte butacas, todas amplias y comodísimas, con las que contaba la mansión (los niños no se lo podían creer) y después los acostó preguntándoles si les gustaba vivir en Dubái,

a lo que ellos contestaron con un «sí» que no dejaba lugar a dudas, «pero echamos de menos a papá».

Lola trató de animarlos recordándoles que en solo unas semanas tendrían vacaciones y se irían a verlo a Madrid, y que además podrían llamarlo por teléfono siempre que quisieran para hablar con él.

Sin embargo, al contemplar aquellas caritas tan inocentes las dudas volvieron a apoderarse ella: «¿Lo estoy haciendo bien, es esto lo mejor para mis hijos, que no tienen la culpa de nada?»

En cuanto estuvieron los dos dormidos, y en vista de que el tal Mahir de honorable tenía poco y de valiente menos, llamó a su amigo, el abogado Silverio.

—¡Lola, querida, qué ilusión escuchar tu voz! ¿Cómo estás, va todo bien?

Mantuvieron una larga conversación en la que él le confirmó lo que ya sabía, que su padre lo había contratado para que velara por sus intereses, «como es lógico y normal, porque está muy preocupado por ti», le dijo,

y que no hubo ningún tipo de negociación respecto a la cifra pagada por Faysal para casarse con ella: «El señor Al Mubarak hizo la transferencia el mismo día que yo se lo pedí a través de su abogado y sin poner ni un pero».

—Pero me siento como si mi padre me hubiera vendido por un plato de lentejas… —se quejó ella.

—Hombre, Lola, algo más que un plato de lentejas sí que es, que son diez millones de dólares…

Pero si tienes cualquier duda desde el punto de vista moral y no te sientes cómoda aceptando ese dinero (aunque mi consejo legal es que no le des más vueltas) siempre lo puedes poner a nombre de tus hijos.

Esa cantidad es tuya y puedes hacer con ella lo que quieras —le sugirió.

—Pero ¿por qué no me habíais contado nada de esto; cómo habéis sido capaces tú y mi padre de darme esta puñalada trapera? —le preguntó muy molesta.

—Pues evidentemente porque tú nunca lo habrías permitido, y nuestra obligación era protegerte —le contestó sin ofenderse lo más mínimo; conocía a Lola desde hacía muchos años y sabía que de moderada, prudente y bien hablada tenía bastante poco,

aunque todo eso lo compensaba con un gran corazón a prueba de bombas—.

Como ya te he dicho en muchas ocasiones lo que has hecho es una absoluta locura sin pies ni cabeza —le recordó regañándola con mucho cariño.

Pero, cuéntame, querida, ¿cómo estás?, ¿eres feliz?

—Sí, no, no lo sé… —y en ese momento se echó a llorar—, no sé si esto va a salir bien, Silverio, es una cultura tan diferente… Faysal ya tiene otra mujer y cada noche duerme con una, creo que me he metido en un lío muy gordo y no sé cómo voy a salir de él.

—Pues es tan fácil como coger a Alejandro y a Diego e irte al aeropuerto ahora mismo. ¿O es que Faysal se ha atrevido a quitarte los pasaportes? —le inquirió con un tono muy alarmado.

—No, no, Faysal no es así, nunca haría eso, los tres pasaportes los tengo yo —lo tranquilizó Lola—, pero acabo de casarme con él y ya empiezo a pensar que os tenía que haber hecho más caso a ti y a mi padre.

Lo que pasa es que le quiero, Silverio, estoy enamorada de él de verdad, pero yo no encajo en este mundo, no sé qué pinto aquí.

—Bueno, cielo, lo importante es que tienes los pasaportes, que tu matrimonio es una mascarada y que el día que no aguantes más te coges a los niños, te vuelves a España y «si te he visto no me acuerdo» —le dijo ya más tranquilo—.

Encima, económicamente tienes la vida asegurada para siempre, porque eres dueña de pleno derecho de esos diez millones decidas lo que decidas hacer mañana.

Faysal no puso ninguna condición en absoluto a la hora de transferírtelos.

Espero que ahora entiendas por qué accedí a la petición de tu padre…

Eres mi amiga y te quiero, Lola, pero estás haciendo malabarismos muy peligrosos con tu vida y con la vida de tus hijos, y no podíamos permitir ni tu padre ni yo que los hicieras sin red.

Tras la conversación con su adorado amigo, que la tranquilizó bastante, porque Silverio siempre había sido como un bálsamo para ella en los peores momentos de su vida, Lola decidió abrirse otra cerveza libanesa y salir al porche.

Los aspersores ya se habían puesto en marcha y se sintió bien allí inhalando el olor al césped mojado, que era exactamente el mismo que aspiraba tras un día lluvioso en su añorado parque de El Retiro cuando era pequeña.

Se puso muy nostálgica y recordó aquel tristísimo y bello poema de William Wordsworth recitado por Natalie Wood en la inolvidable película Esplendor en la hierba:

Aunque ya nada pueda hacer volver la hora del esplendor en la hierba

de la gloria de las flores, no debemos afligirnos

porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo…

«Se acabó; no me voy a quedar encerrada en esta jaula de oro esperando a que vuelvan las oscuras golondrinas. La vida está ocurriendo hoy, aquí y ahora, soy una recién casada con un marido que ahora mismo estará haciéndole el amor a otra mujer, pero nadie me ha engañado,

sabía a lo que venía y yo puedo hacer que esto funcione. Y lo voy a hacer funcionar a pesar de todo y por encima de todos», decidió cogiendo otra Almaza de la nevera y marcando un número en su móvil.

—¡Hola, Sonia!, ¡adivina quién soy!

—¿Lola, eres Lola? —contestó sorprendidísima su amiga catalana—, pero ¿desde dónde me llamas?

Una hora después estaban las dos y Miguel, el marido de ella, sentados en una mesa de la discoteca Rock Bottom con una botella de Bombay Sapphire (Lola no se atrevió ni a olerla pues había aprendido la lección) y un montón de cosas que contarse después de tantos años.

Ninguno de los dos daba crédito a la rocambolesca historia que les estaba contando su querida amiga (¿casada con el famoso Faysal que a su vez ya estaba casado?)

, pero se alegraron muchísimo de volver a verla y se juraron a sí mismos que esta vez no la iban a perder de vista ni a permitir que volviera a meterse en problemas.

Después la banda tocó Sweet Caroline, de Neil Diamond, y los tres se lanzaron a la pista a bailar hasta las tres de la mañana, en que el bar cerró sus puertas (así era Dubái, ninguna discoteca abría más tarde de esa hora).

Lola los acompañó a su casa en su coche con chófer.

«Mañana te llamo, y el sábado nos vamos a verte con Hugo y Alba, no sabes lo feliz que estoy de tenerte aquí otra vez», le aseguró la catalana dándole un abrazo.

Al filo de las cuatro de la mañana Lola llegó a su palacio de Al Manara con una sonrisa de oreja a oreja, había estado tan a gusto con ellos…

Qué lujo poder tener amigos en Dubái que hablaban su mismo idioma (en el sentido más amplio de la palabra) y a los que podría recurrir siempre que se sintiera sola.

Además, a Alejandro y Diego también les iba a venir muy bien jugar con niños españoles.

«Y mañana tengo que llamar a Alice sin falta», pensó.

Cuando subió a la habitación y se puso el pijama cogió su móvil para cargarlo y se encontró con un terrible whatsapp de Faysal:

Te han visto esta noche en un bar con otro hombre y una mujer que bebían alcohol bailando con una minifalda como una cualquiera.

Me has avergonzado profundamente, está claro que no eres capaz de comportarte como la señora que eres y no voy a permitir que sigas arrastrando el apellido de mi familia por el fango.

Esta vez no había añadido ningún emoticono.