10
Lola durmió como un ángel hasta pasada la una del mediodía.
Cuando abrió los ojos y se estiró comenzó a recordar poco a poco cómo había disfrutado hasta el éxtasis la noche anterior con su atractivísimo recién estrenado marido, y se sintió eufórica y plena volviendo a sentir sus besos, sus caricias,
su dulzura y las diferentes maneras en que durante horas la había hecho suya.
Esos dedos tan largos, fuertes e implacables, esas manos tan hábiles que la habían manejado como si fuera una muñeca de trapo, la boca recorriendo su piel, su lengua tan deliciosa y ágil, las palabras de ternura infinita que le susurraba al oído con aquel acento árabe tan varonil…
Volvió a imaginarse apretando y arañando ese cuerpo duro y atlético de piel tan morena y no pudo evitar estremecerse y sentir una corriente de placer humedeciendo su cuerpo una vez más.
«¡Dios mío, es la una; mis hijos!», pensó, y un poco asustada se sentó sobre la cama para llamar a la doncella por el teléfono interno (los había llevado el chófer al colegio por la mañana, así que todo en orden).
Entonces sintió en sus nalgas aquella comezón, aquel ardor…
Corrió al baño para mirarse en el espejo.
Tenía pequeñas marcas rosáceas apenas perceptibles ya, pero sintió cómo se calentaban sus mejillas aún más que su trasero por la rabia —«cómo ha sido capaz de atreverse a pegarme»—, y por la vergüenza por haberse dejado amar después de aquella soberana paliza; «no tengo dignidad», pensó.
Se dio una ducha y se puso vaqueros ajustados de Abercrombie, camiseta gris de manga corta de GAP y alpargatas blancas de cuña de Castañer, y bajó en el ascensor hasta la planta baja, donde la esperaba Rogelyn, una de las sirvientas filipinas.
—Buenos días, señora, ¿va a querer almorzar? —le preguntó.
—No, muchas gracias, un té negro con leche será suficiente antes de ir al colegio a recoger a mi hijos.
—El señor ha llamado ya cuatro veces, pero le he dicho que la señora estaba durmiendo y me ha pedido que no la molestara —la informó—.
Y hace un par de horas le han traído este regalo —añadió mostrándole una gran caja roja en forma de corazón llena de bombones al que habían pegado con papel celo un sobre cerrado.
Lola, muy ansiosa, leyó la tarjeta, escrita por Faysal de su puño y letra:
Que estos bombones endulcen tu mañana y te ayuden a perdonarme cada vez que te sientes y te acuerdes de mí (y en ese punto había añadido un dibujo de una cara redonda guiñando un ojo, como la de los emoticonos de los teléfonos móviles). Te quiero, dormilona. Llámame.
Faysal
«Encima con bromitas», pensó Lola, y decidió que por supuesto no lo iba a llamar y que a partir de ahora tendría que irse todas las noches a dormir con su queridísima primera esposa, que ella ya había tenido suficiente.
«Se va a enterar de lo que vale un peine…»
, y mientras se tomaba su té con uno de los exquisitos bombones belgas sonó el teléfono fijo de la casa.
—Señora, el señor Faysal pregunta por usted —le dijo la filipina.
Lola suspiró profundamente, esperó unos minutos y finalmente contestó con un «¿sí?» que trató de que sonara de lo más indiferente.
—Buenas tardes, princesa, ¿qué tal ha dormido mi esposa?
Estabas absolutamente deseable cuando te he dejado esta mañana tan dormida en nuestra cama, ¿qué tal el trasero; te duele mucho; me has perdonado ya; te han gustado mis bombones?
—otra vez esa voz tan grave e irresistible—.
¿Qué planes tienes para el resto del día, mi amor?
—Pues, evidentemente, y después de lo que me hiciste anoche, tener una conversación muy seria contigo, Faysal —le contestó ella de una manera que trató de que sonara muy seca y solemne.
—¿A qué te refieres exactamente, cariño?
Te hice tantas cosas ayer… —y lo dijo con un tono de burla que volvió a subirle los colores a Lola—.
Hoy no vamos a poder vernos, recuerda que es mi día con Fhadila; pero ya le he dicho a mi secretaria que mañana despeje toda mi agenda de la tarde para poder ir a tu casa y bañarnos todos en la piscina, que estoy deseando ver en biquini a mi preciosa mujer.
Luego te llevaré a la cama y hablaremos de todo lo que tú quieras, si es hablar lo que quieres…
—¿Cómo que mañana? ¿Tú te crees que las cosas van a quedar así después de que ayer te atrevieras a pegarme?
Te espero hoy aquí a las cinco en punto, y como se te ocurra no aparecer llamaré a tu abogado, y también al mío, pediré el divorcio y no volverás a verme jamás, ¡te lo juro! —le gritó histérica.
—Pero, mi amor, si solo llevamos un día casados, ¿tan pronto te quieres divorciar de mí, es que ya no me quieres?
—le preguntó muy mimoso—. Entro en una reunión, nos vemos a las cinco de la tarde, pero de mañana.
Te voy a compensar por todos esos azotes que recibiste anoche, te lo prometo, aunque la verdad es que más de la mitad de ellos te los merecías.
Pero sí, quizá se me fue un poquito la mano…
—y lo dijo con un tono de superioridad que acabó ya con la paciencia de Lola—.
Bueno, muñeca, te dejo, que el deber me llama, un beso muy largo, tú eliges dónde. ¡Hasta mañana! —y le colgó el teléfono.
Alucinando, así estaba Lola. No daba crédito a la chulería de Faysal: «Es que esto ya es el colmo».
Marcó su número y le contestó una voz en árabe de la compañía Etisalat diciendo que ese número estaba apagado o fuera de cobertura, así que, cada vez más alterada, llamó a su oficina y se puso una de sus secretarias,
que muy amablemente le dijo que el señor Al Mubarak se encontraba reunido en esos momentos.
Era ya la hora de ir a buscar a los niños, pero la tela áspera del pantalón vaquero le estaba haciendo daño allí donde había recibido los golpes, así que se puso una minifalda blanca de vuelo de H&M y le dijo al chófer que preparara el coche, no sin antes ir a la cocina,
coger aquella cuchara grande de madera y tirarla a la basura sintiendo que le temblaban las piernas solo con volver a verla.
«Hasta las cinco en punto tiene de plazo, si no viene a esa hora me divorcio y me largo de aquí, y aunque venga ya se puede poner de rodillas y pedirme perdón, que tampoco le va a servir de mucho…»
, se juraba a sí misma sentada en el asiento de atrás y cambiando de postura todo el tiempo porque no se encontraba cómoda en ninguna de ellas.
Se puso a pensar en las palabras exactas del abogado de su marido, el tal Mahir al Gazali cuando le aseguró que «según las enseñanzas del Corán, tanto la compañía como la energía sexual deben repartirse de la misma manera entre las mujeres que hubiera tomado como esposas sin beneficiar a una sobre
otra» y se preguntó si a Fadhila le iba a hacer hoy chillar de placer tantas veces como le había hecho a ella la noche anterior.
No podía soportar los celos que sentía al imaginarse la escena y el bello cuerpo que debía tener ella, a pesar de la enfermedad, o precisamente por la enfermedad, porque sería aún más frágil y delicado, y requería más ternura por parte de Faysal.
En ese momento se odió a sí misma por ser tan egoísta, por tener envidia de una mujer que solo le había demostrado generosidad y cariño, un extraordinario ser humano al que le quedaban meses de vida…
Y se echó a llorar de desesperación, porque estaba perdiendo el norte, porque se había casado con un hombre bígamo, porque se había jurado a sí misma cuando salió de la cárcel que jamás volvería a poner un pie en un país árabe y allí estaba, exactamente en el mismo lugar,
porque había sido maltratada por Faysal, y aun así le seguía queriendo y deseando con toda su alma, porque ya no tenía padre y, sobre todo, porque ya no se reconocía a sí misma, ya no sabía quién era.
La gota que colmó el vaso la pusieron los locutores de Dubai 92, que tuvieron la feliz idea de pinchar en ese momento Luka de Suzanne Vega.
Pero como «Dios aprieta pero no ahoga», inmediatamente después los Beatles cantaron Hey Jude, y Lola pensó que tal vez ella también podía «take a sad song and make it better» (o sea, coger una canción triste y hacerla mejor), al fin y al cabo, acababa de llegar a Dubái,
solo llevaba un día casada y quizá no era aún el momento de cargar con todo el peso del mundo sobre sus hombros.
En el colegio los niños estaban bastante animados porque cada uno había invitado a un compañero de su clase a pasar la tarde del día siguiente en casa (sería jueves, así que era el día perfecto, el viernes ya era fin de semana y no había que madrugar).
—¿Nos dejas, mamá? —preguntó Diego—. Max me ha dicho que sí que puede venir, le he contado cómo es mi coche nuevo y quiere que hagamos carreras.
—Y yo he invitado a Chris, que es de Alemania. Se va a traer el bañador porque le he dicho que nuestra piscina tiene tobogán —añadió Alejandro.
—Claro que os dejo, luego llamo a sus mamás (la habían incluido en el chat de madres de cada clase) para darles la dirección y que los vengan a recoger por la noche —accedió Lola muy contenta de que sus hijos hubieran empezado tan pronto a hacer amigos—.
Mañana os recogeré a los cuatro en el cole y directos a casa a jugar toda la tarde, le diré al cocinero que os prepare una merienda muy rica.
Ya en casa, ayudó a los niños con sus deberes (fue incapaz de echarles una mano con el árabe) y los dejó bañarse un rato en la piscina antes de cenar.
Miró el reloj, eran las cinco de la tarde, la hora que le había marcado a Faysal para llegar a casa y acometer la importante conversación que tenían pendiente.
Pero nada, no daba señales de vida, y a las cinco y cuarto tampoco, y a las cinco y media Lola ya se empezó a impacientar y, hablando mal y pronto, a cogerse un cabreo de tres pares de narices.
Pero unos minutos después sonó el timbre de la puerta principal.
«Buf, menos mal», pensó, y corrió a abrir tratando de disimular lo feliz que estaba.
—¿La señora Al Mubarak? —preguntó un chico indio entregándole un paquete—. ¿Puede firmar aquí, por favor?
Dentro había un espectacular biquini brasileño negro con tiras de cuero a los lados, supersexy, y una nota de Faysal:
No puedo esperar a vértelo mañana puesto y arrancártelo luego a mordiscos.
Faysal